Lunes 10 de Agosto de 2020

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Los que ayer no querían la reelección de Tato, son los que hoy quieren la de Colombi y los que no quieren hoy la reelección de Ricardo, son los que querrán mañana la de Camau.

En un nuevo acto de impostura y de crasa hipocresía la clase política correntina se apresta a envolver a la ciudadanía en una disputa de toma y daca que nada tiene que ver con las necesidades ni de las preocupaciones de la gente o del pueblo. Hace décadas que el supuesto tema sigue siendo el mismo. Las vergonzosas manifestaciones que infectan los medios de comunicación, que ni siquiera guardan las formas de plantear argumentaciones sólidas, van en el sentido del título señalado; leyes o constitución mediante, hechas a medida de quién ostente temporalmente el poder, para extender esa temporalidad y trocarla en eterna. La única salida posible, es brindarle a la ciudadanía, tal como ocurre en Santa Cruz, Catamarca o Formosa, y como lo hicieron en Misiones y Bolivia, es consultarle al pueblo, mediante plebiscito, si desea o no tener una carta magna que habilite reelecciones indefinidas. Todo lo que se presume más luego este resultado, es decir en la hipótesis de que vencerá el sí a lo indefinido, y que más luego, se vote indefiniblemente al mismo, no deja de ser un juego, perverso y maquiavélico, de una parte del poder, que pugna, con la otra parte que alegará en razón de lo contrario. Mark Twin expresaba que bajar de nivel para discutir con un ignorante, no sólo te reduce a su posición, sino que indefectiblemente te privará de la victoria porque el estulto te ganará por experiencia. No existe ningún bien jurídico mayor, en cuanto a la representatividad que fuerza el vínculo legitimado entre representantes y representados, que el voto popular. El resto es cuento y de los malos. Para peor, con relatores que ya se expresaron en contrario a lo que expresan hoy y que se expresaran distinto mañana, cuando el poderoso de turno, cambie en caso de que así suceda.

Socius fit culpae qui nocentem sublevat.

"El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta". Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó (a diferencia de las esclavitudes modernas en donde la máxima expresión de libertad es que te brinden la posibilidad de ganarte un salario que apenas permita la subsistencia, una suerte de condena para no dar cuenta de lo corto de las cadenas). Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio en los tiempos en que los premios y las distenciones eran tales, y no reductos de la baja politiquería para comprar favores a cambio de caricias a la vanidad. De sus obras queda únicamente una colección de "Sentencias" (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla "iudex damnatur ubi nocens absolvitur" ("El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.") tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla. La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, como pretender borrar con una sentencia la imprescriptibilidad de haber asesinado en nombre y con recursos del estado, o pretender asesinarlo a este, mediante el transfuguismo electoral, o la asonada institucional de haber accedido a un cargo por un partido, frente o espacio político y antes de terminar tal función abandonar tal conducto o carro por cualquier excusa fútil.

La democracia imperial; caso Honduras.

Las elecciones presidenciales que tendrán un ejército de observadores internacionales para legitimar el proceso, contarán con la peculiaridad que el actual primer mandatario (Hernández) podrá ir por su reelección, gracias al poder judicial de su país (al que obviamente se encargó de modificar o conformar) que, manifestación leguleya más o menos, pulverizó la disposición constitucional que impedía la reelección. Ocho años atrás, otro Presidente (Zelaya) hubo de ser destituido por pretender la misma reelección, a la que, a la luz de los resultados, busco en aquel entonces por la vía incorrecta; pretendió un plebiscito habilitante (algo que llevó a cabo Morales en Bolivia y de lo que se está arrepintiendo tras sus resultados) en vez de ir por la senda adecuada; fallo judicial y cobertura mediática-comunicacional. Desde los sectores que pretenden institucionalidad democrática en Honduras, se acuño la expresión de “Democracia imperial” sucede que sienten y padecen, que además de tantos vejámenes, serán víctimas también del europeísmo que los colocara este domingo de elección, como el cobayo de laboratorio, pasible de experimentos de politólogos que ven democracia en lo electoral, que observan división de poderes al encontrar siempre un legislativo que adscribe, con vicio ratificatorio, cualquier empresa que dimane de lo híper-ejecutivos y como siempre, olvidan, en el sentido heideggeriano, que lo radicalmente importante y decisorio, orbita en el judicial. Tal como lo describiera Foucault en sus conferencias, traducidas a libro “La verdad y las formas jurídicas”, el poder judicial nace y se entrona como la mano militari del emperador, del gobernante, que luego devino en ejecutivo y que revolución francesa mediante, se apelmazó, se travistió en un supuesto poder transparente, democrático e institucional, cuando en verdad representa la faceta más caramente oprobiosa del poder entendido como un ejercicio violento y radicalmente autoritario.