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ANÁLISIS

2 de diciembre de 2015

Federalismo en Pugna.

En tiempos de transición democrática (como si nunca fuese lo democrático, nada más que un estado de tránsito hacia un lugar al que nos promete llevar, pero al que nunca arribamos) en donde surgió como eslabón del incordio el siempre trillado tema del federalismo, en que el sistemáticamente se dejó entrever desde tiempos antediluvianos; la falta de ecuanimidad, o el desbalance político, de otorgar mayores posibilidades a ciertas provincias, la expectativa vuelve a alumbrar, por la inercia de la condena a volver a creer y por el inicio de una nueva gestión gubernamental a nivel nacional, que de alguna manera, condicionado, por un fallo desde otro poder del estado, deberá repartir y dar de nuevo.

Sí un habitante de Corrientes Capital, se siente con mayores derechos, o que sus reclamos son más prontamente atendidos que lo que puede suceder con alguien que viva en Tatacua, veremos que ocurre con el primero, al ser comparado con un porteño un individuo cualquiera ante una determinada situación, que lo sitúe en el centro mismo de lo inexplicable o lo falto de sentido, sea un desencantamiento amoroso, muerte de un ser querido, una alegría sobredimensionada, el volar de una mosca, etc, detenta la posibilidad de hacer expresa su incomprensión.

 

Se podrían escribir tratados enteros, con datos estadísticos y con citas de documentos oficiales, para avalar, lo que es conocido y reconocido por todos, pero que sin embargo, pese al paso del tiempo, seguimos arrastrando, cuál estigma diabólico, que podría constituirse, como uno de los pilares, de los males que nos atañen como país.

 

Aún se encuentra vigente la Ley Nacional, impulsada por el ex presidente Alfonsín, para trasladar la capital gubernamental a una ciudad patagónica. Proyecto retomado, por un ex candidato presidenciable, en los últimos comicios, el Dr. Rodríguez Saá, con la variante, de que el traslado se haga a una ciudad cordobesa. Habría que remitirse sí no, a los trámites parlamentarios de ambas cámaras de la nación, o incluso consultar a cuanto legislador nacional haya adquirido la condición de tal, para que comenten, desde hace cuanto (y sobre todo en el punto de la coparticipación federal) se intenta trabajar sobre proyectos, que desactiven, al menos paulatinamente, el centralismo unitario que arrastramos y nos lacera.

 

Claro que esta aquí, nos remitimos, a lo que se puede documentar, y porque no decirlo hasta aspectos sumamente obvios.

 

Pero, como toda acción comunitaria, existe un corpus cultural, que sostiene y subyace, esta realidad lamentable e irresuelta, que nos condena a vivir bajo un régimen de unitarismo centralista, más allá de las declaraciones de la carta magna y de los relatos de los libros de historia.

 

Manifestaciones, acciones y costumbres que traccionamos desde las épocas en donde nuestro país, ni siquiera era conocido por su nombre actual.

 

Hoy, tataranietos de aquellos gestores de nuestro pasado, nos seguimos comportando, bajo los preceptos antagónicos y de confrontación, como los que hubieron de llevar, a los primigenios Florencio Varela, Juan Manuel de Rosas y demás, al espeluznante conflicto sangriento y civil.

 

Es un secreto a voces, que en la actualidad, el hombre del interior es discriminado en todos los sentidos, por un capitalino o un porteño. Incluso más, quién ha nacido más allá de la general paz, sabe y tiene conciencia de su situación de ciudadano de segunda. La calle, el vulgo o la gente, se dirige con términos más concretos y más hirientes. Un Jujeño o Salteño, es llamado directamente Boliviano, otro tanto ocurre con Correntinos o Formoseños, que son calificados como Paraguayos. Llega a tal punto, el aferramiento a las pautas culturales, de nuestro país centralista unitario, que muchas veces se dice, con humor por cierto, que todo lo que este límites afuera de la capital federal, pertenece a la barbarie. Innumerables cantidad de ejemplos, se podrían mencionar y que dan entidad, al pensamiento colectivo, que sostiene, la no concreción de un verdadero federalismo. Habría que preguntarse, que van a buscar los cientos de miles de provincianos, que pueblan las villas miserias del conurbano, para estar más cerca de Dios, dado que este, según el adagio, atiende en la capital. Tendría que preguntarse, usted, caro lector, sí es que habita en el interior, cuantas veces tuvo que recurrir a un viaje, para resolver un tema de salud, estudios, de negocios o de divertimento, a la tan cálida y a la vez unitaria metrópoli. En el caso de que habite en la Capital o sus adyacencias, seguramente ya ha recordado, alguna vez, que al menos pensó con términos despectivos hacia sus coterráneos, nacidos en el interior.

 

Por supuesto que este aspecto fundacional de una república, irresuelto como en nuestro caso, no se solucionará de la noche a la mañana, menos aún si llevamos más de 160 años de continuidad, con el modelo unitario centralista.

 

Al menos debería constituirse en una bandera, que sea mucho más que proyectos o buenas intenciones, como lo hasta aquí demostrado por nuestra dirigencia en este punto. Incluso debería ser un desafío para intelectuales e historiadores, que siguen pugnando por defender el accionar de diferentes héroes. A la altura de las circunstancias, cabe preguntarse, lamentablemente y en defensa de un verdadero federalismo, sí no hubiera sido mejor que el proyecto llevado a los anglo-franceses, por el unitario Florencio Varela, resultara triunfante, por sobre la, supuesta, política de unidad federal, que forjó Don Juan Manuel de Rosas. 

 

Ahora bien, la forma más común de expresar la incapacidad misma de poder encontrar argumentos plausibles, como para contrarrestar la situación alógica o de sin sentido, es básicamente el escapar a los métodos tradicionales de lo argumental o discursivo. Ya que la situación extrema que lleva al hombre a situarse en lo inexplicable (lo podríamos llamar también ¨ nada espiritual¨) es precisamente un crudo mostrar de la falta de elementos argumentales o discursivos, que el ser humano atraviesa, necesariamente, en determinadas circunstancias. Podríamos generalizar diciendo, que estos estrepitosos momentos, son una muestra acabada de la imperfección del hombre.

 

La respuesta entonces que un individuo vierte ante la peculiar situación, es en su momento, melancólicamente lacrimosa.

 

Aunque puede que el llanto, en estos tiempos que corren, se encuentre ridículamente explotado. Afirmamos esto amparado en la creciente y progresiva ignorancia que día a día millones de babayos tienden a acumular (no sabemos si es un nuevo deporte).

 

Esta actividad tan llamativa logra esclavizar al individuo conduciéndolo a un estado de incomprensión, y con ello a una magnífica catarata de lágrimas.

 

Demás está decir que existen cosas que racionalmente no tienen explicación. Las cuales son específicas y puntuales. Lo que las transforma en exigentes, desde la perspectiva del conocimiento que uno tenga y la reflexión que pueda llegar a hacer.

 

De todas maneras el hombre (y bien vale un llanto estruendoso esta afirmación) se detiene en obstáculos sencillos, que la razón no los puede superar a causa de la obnubilación por parte de la ignorancia, no permitiéndose plantearse las cuestiones realmente inexplicables. Este proceder los lleva a un lastimero y quejoso pedido ante una supuesta divinidad. Divinidad que en el caso de que exista, solo atiende o existe, como para proteger a sus criaturas de las verdaderas preguntas sin respuestas, que desembocan en la sensación de falta de lógica o de sin sentido.

 

Los demás interrogantes, vacuos, risibles e insulsos, el creador los deja a sus fetiches en la tierra, los clérigos, la iglesia, como para que estos no lo estorben permanentemente con sus rezos y oraciones, vacías de contenido espiritual.

 

No vamos a caer en el simplismo de afirmar “Creo en dios, más no en los curas”, dado el arrojo y la sapiencia tanto de pontífices (como Juan Pablo II) como de simples padres (Mujica, Farinello), pero sí afirmamos con solvencia, que desde la Iglesia, se podría actualizar, asimilar y reconvertir el dogma a los tiempos que corren, a los efectos no sólo de evitar ridiculizaciones, equívocamente calificadas como anticlericales, sino a los fines de llegar con mayor integridad hacia los creyentes.

Sí la curia hubiese transmitido con claridad y profusión el Eclesiastés, la literatura no hubiera necesitado un Schopenhauer o un Nietzsche, no existirían en la actualidad, tantos gualichos, tanto sanador, tanto entierro, tanta agua traída del cerro de los mil colores.

Sí un habitante de Corrientes Capital, se siente con mayores derechos, o que sus reclamos son más prontamente atendidos que lo que puede suceder con alguien que viva en Tatacua, veremos que ocurre con el primero, al ser comparado con un porteño. Por si no queda claro, veamos qué pasa con este último con respecto a un paulista, dentro del concierto latinoamericano, observemos que sucede con este, en relación a un parisino, para no mencionar como se sentiría en comparación con un norteamericano, dentro de la esfera internacional.     

Quizá la revolución, el progresismo, que enarbolan determinados militantes de causas perimidas, y desarrollan, no por casualidad, en grandes ciudades, tenga más que ver con encontrar desde formas y maneras, hasta sistemas institucionales, que subsanen el apotegma “dios está en todos lados, pero atiende en la capital”.

 

Para algún desprevenido, la democracia nació como sistema en la Grecia Antigua, donde las “Polis”, eran pequeños conglomerados, organizados políticamente e interrelacionados. Una lástima, que desde aquel entonces, la única acción en relación a tal ineluctable realidad, sea la de realizar “programas de descentralización”.

 

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