Viernes 2 de Enero de 2026

Hoy es Viernes 2 de Enero de 2026 y son las 18:09 - Akahatá. Cuento infantil. 10 capítulos. / Quien mal empieza, mal acaba. / "Akahatá" el cuento infantil correntino en clave política y filosófica. / ?La justicia bastarda? en manos del ministro de Justicia de la Nación Dr. Cúneo Libarona. / Le sobran ?machos? al encuentro plurinacional de mujeres. / Es Ezequiel 25/17 Santiago Caputo, no Hegel. / Violados: ¿El fin de la dialéctica? / Un nuevo paradigma gnoseológico. / ¿Es un principio liberal/libertario el comercializar candidaturas? / Encajetados / Las preocupantes ausencias en el debate acerca de adherir a la ley de narcomenudeo en Corrientes. / El voto como única herramienta de disconformidad. / Irresponsables. / El tiempo del desprecio / Apreciaciones sobre la candidatura de Virginia Gallardo. / NEPAR presenta candidatos a legisladores y apunta contra el fraude ?Simbólico?. / Se están generando las condiciones para un fraude en PBA / La moral de una jueza. / El 74 % de los entrevistados creería conveniente cerrar el Congreso de la Nación. / Distinguidos 2025 Comunas del Litoral. /

  • 20º

2 de enero de 2026

Akahatá. Cuento infantil. 10 capítulos.

Peripecias de un niño guaraní.

AKAHATÁ

Capítulo 1. Mboyeré

Todos sabían en el pueblo, surcado por las casas humildes enmarcadas por los senderos de arena, que el brillo de la laguna limpia, escondía un ancestral misterio, que ni siquiera los "arandú" habían podido develar.

Crecía en forma alocada una planta silvestre, cuyos frutos eran el manjar de los animales, y que más allá de su nombre, desnudaba la pasión de un espacio, bendecido por los dioses que pretendían legar a los humanos una tierra sin mal.

Una soporífera tarde de noviembre, Emilce rompió bolsa y ahí nomás llegó Virginia, la partera, que, al cabo de un rato de su oficio, gritó: "Macho".

Acababa de nacer "Jorgito" y con él la esperanza de su abnegado padre Tomás, para que trajera un pan bajo el brazo, dado que la cosecha "no venía buena" de acuerdo a lo le decía y pagaba, su Patrón, el temerario Julio de cinto ancho y sonrisa procaz.

La alambrada de la pobreza se extendía sin parar. Con ella, la resignación de quiénes dentro del cerco, no dejaban de campear el temporal.

Con el privilegio de los que no se detienen a pensar, Jorgito dio sus primeros pasos, dos semanas después de decir por primera vez la palabra "papá".

La tía Beatriz organizó la ceremonia del baño, en la laguna limpia, para que a Jorgito le acompañe por siempre la dicha y que nunca deje su tierra natal.

El tiempo detenido en tal pintura celestial, no podía retratar que el "cunumí" iba siempre detrás, junto a los pollitos de las gallinas, de la pollera de su mamá.

 

Luego de la tormenta de agosto, se presentó en el rancho, la señora Estela, esposa del patrón. Con ropas de ciudad y gesto adusto, luego de sentar a Emilce y Tomás les advirtió: "O la criatura comienza la escuela o me lo voy a llevar".

Caía la noche en Mburucuyá y a Jorgito, sin que se diera cuenta, le habían arrebatado la inocencia y mucho más...

 

Capítulo 2. Payé.

Las campanas de la Iglesia anunciaban las horas últimas del domingo largo. Para Tomás era la señal inequívoca que debía dejar de beber, Emilce, sin embargo, tenía que estar más atenta que en ningún otro momento de la jornada, dado que Jorgito, al escucharlas, salía sin remedio, en dirección a la plaza principal.

El padre Mario, había dormido mal, pensando en las palabras justas y adecuadas que usaría en el sermón. Entendía, con cristiana resignación, que eran las afrentas demoníacas que combatía cotidianamente y por ello aferrándose a una estampita de San Benito, tomó valor sagrado, nuevamente, para que nada malo sucediera.

El comisario, el juez de paz y el dueño del mayorista, ya estaban en la primera fila de los bancos, acompañados de sus respectivas esposas que libraban una batalla silente, sórdida y subrepticia, para destacarse en vestimentas y peinados.

En la plaza, aguardaba el inicio de la liturgia la Señorita Carmen, solterona y con la inveterada costumbre de entender el tiempo a su manera, contaba con la personalidad suficiente para no dar importancia a los comentarios insidiosos que pululaban sobre ella y su determinante rol como maestra de escuela.

La tropilla de caballos, levantaba polvareda al caer la tarde, se complementaba tal espectáculo con el inicio de la misa, a su raudo paso, se topó la misma con la ebullición infantil de Jorgito, que, en su afán de encontrarse con el sonido del campanario, en enredó con el trote de los animales y con ello se aseguró por vez primera, ver las estrellas en sentido lato.

Se despertó, luego de un indeterminado tiempo, bajo el mismo sonido de campanas, pero esta vez dentro de la escuela. La señorita Carmen tomaba asistencia. A Jorgito le costaba seguir el curso de la clase. Muchos dirían, que se debía al golpazo de aquella tarde cuando el canto de los sirirís anunciaron algo más que la tormenta. Cuando en el pizarrón la maestra escribía los números y signos, Jorgito buscaba entre el dulzor del ñangapirí, las hojas del Ambay o las ramas del Timbó, esas extrañas expresiones, que eran fundamentales para la vida, tal como recordaba con insistente autoridad Carmen, quién acalorada por la menopausia, canjeaba falta de paciencia por firmeza ejemplar.

La niña María de las Mercedes, la única con doble nombre y doble apellido, hija del doctor, de piel blanca como la pureza de la virgen, cumplía años y festejaría en el club social. Su "santo ara" se celebraba a toda gala y orquesta incorporándose al calendario de las fiestas oficiales de uno de los tantos pueblos, bajo el patronazgo de San Antonio.

Emilce, en pleno uso de su instinto maternal, sentía, con la fuerza de las intuiciones sin explicación racional, que Jorgito no tendría que estar en la celebración, pese a los deseos fervientes del niño que jugaba con María de las Mercedes, a las sonrisas y miradas entrecruzadas, en medio de los números, las fechas de batallas y los límites geográficos que ofrecía la escolaridad.

Aquella noche, llegó Tomás, luego de revocar las paredes del comité. "En unos meses se va a votar y vamos a volver a ganar" fue la frase que fungió como orden por parte del patrón, que, acomodado siempre con los ganadores, conocía a la perfección el arte de no perder. Jorgito, cumpliendo el ritual ante la llegada de su padre, fue impulsivamente a sus brazos, para jugar a la "luchita". Abortó Emilce la rutina, tal como la naturaleza cuando interrumpió su segundo embarazo y la dejó yerma. "Caté de ma´la guaynita, no va a ir a la fiesta" expresó con frialdad.

La calle principal del pueblo, cortada por la camioneta de la policía, se engalanaba con la banda musical oficial. El club social decorado por elementos varios llegados especialmente de la capital, aguardaban la llegada de los gurises. La fiesta se extendía hasta el mundo virtual. El intendente municipal había subido los saludos oficiales a María de las Mercedes. Nunca nadie supo cómo, Jorgito se las ingenió para estar. Llevaba en sus roídos bolsillos unas plumas de cabureí a modo de regalo. Sin embargo, e inesperadamente, la sorpresa sería otra y mayor. Mabel, la hermana de Carmen y curandera del pueblo, vio por primera vez en los ojos del niño, la señal que esperaba durante años...Jorgito mediante, los arcanos se abrieron, para nunca más cerrarse y con ello la historia tomaría otro rumbo, otro color, de exigencia y sacrificios, inusitados...

Capítulo 3. El pombero.

 

Las sirenas de la patrulla policial, sonaban esporádicamente. Por lo general anunciaban la llegada de un visitante ilustre, o un asunto urgente que generaba zozobra en el pueblo dónde la existencia de dios, permitía que no todo estuviera permitido, obrando por intermedio, del personal policial, por ejemplo. Marcelo, el dueño del transporte privado que viajaba diariamente a la capital, estaba fuera de la casa de Emilce. Su rostro desencajado justificaba la presencia del oficial Sandoval, mano derecha del comisario, que bajó raudo de la patrulla.

Los sábados para Jorgito eran especiales, no sólo porque no debía despertarse temprano para ir a la escuela, sino que, además, era el único día, que su madre, luego del almuerzo le dejaba tomar contacto con el teléfono móvil, para que se aventurara en el mundo virtual. Crepitaban los naranjales, irrumpiendo la silenciosa siesta de Mburucuyá, al llegar Marcelo para dejarle a Emilce azúcar, yerba y harina a granel.

Tomás, los sábados aprovechaba para hacerse unos mangos más y se iba temprano al pago Arias, para labrar la tierra, y encontrar con ello, la justificación perfecta para que todos los días sean iguales o semejantes, forma coherente y razonada para que la desdicha no gane lugar y se transforme en temerario desencanto.

Emilce al despedir a su marido, hombre que la había iniciado en todo sentido, aprovechaba las primeras luces del sábado para hacer la limpieza profunda, lavar las sábanas y dejarlas al sol secar. A media mañana al despertar a Jorgito, luego de hacerlo desayunar lo dejaba con su teléfono celular y ella iniciaba el fuego para el almuerzo.

Para andar su siesta, Emilce le contaba a Jorgito, que, en tal horario, el "pombero" hacía de las suyas, bajo lapidarias advertencias cómo: "No có vayas a salir, tenes que dormir no ma, si te encuentra despierto el pomberito va a querer jugar todo por vos".

Pasaban breves minutos para que, dicho lo cual, con estricta puntualidad, llegara Marcelo, que entraba sin golpear, descargando la mercadería y mucho más.

Se fue dando, sin querer y sin pensar. Olía a perfume, a diferencia de Tomás, siempre transpirado y los domingos exudando la mezcla fuerte de tabaco y alcohol, que tanto rechazo natural generaba en Emilce que prefería no verbalizar.

Esos silencios tácitos, que la siesta ayudaba a enhebrar, tejían la esencia misma del lazo social, en pueblos dichos donde la hipocresía es parte de la moral.

Jorgito, una de esas siestas que llegaba en ancas, tras el abrumador viento norte que descargó una ligera lluvia, se despertó sin más. Cómo quién va a realizar algo prohibido, a hurtadillas, salió de su pieza sin revocar.

Entendió todo sin ninguna clase previa de educación sexual. Lo que sus ojos observaban no se lo podía decir ni a mamá Emilce y mucho menos, a papá Tomás. Ese día sería para él la fecha más importante de su infancia y significaría un antes y un después para aquella familia de tierra adentro en la tierra sin mal...

Capítulo 4. Conejo Blanco.

Nadie desconocía en las oficinas superpobladas del funcionariado estatal, que programar una actividad en un pueblo del interior, no llevaba más que escasos segundos para organizarlo y ejecutarlo.

Ese 13 de junio, desde el ministerio de educación y el instituto de cultura, enviarían especialmente a un funcionario, para festejar al patrono de Mburucuyá, con la performance artística "Jorgito en el pueblo de las maravillas".

Antes del amanecer llegó el profesor Cáceres al salón de usos múltiples, dónde lo esperaban todos los alumnos de todas las categorías y divisiones. Más preocupado por regresar, antes de haber llegado, dio curso a su intervención.

Este cuento actuado, nace de haber leído "Alicia en el país de las maravillas". Esta reversión, en homenaje a mi hijo Jorge, se las ofrezco con todo corazón para ustedes.

En el principado filosófico de la Boca, por instrucción de su gobernante el tiempo no transcurría. Bajo una disposición oficial, el calendario se había detenido el 22 de noviembre. Todos los días eran ese día y para diferenciarlos, cada tanto y en caso de extrema necesidad, se le agregaban nombres de cosas. Por ejemplo, sí el príncipe a cargo consideraba que sus gobernados en ese momento debían dar cuenta del malhumor, regía entonces el 22 de noviembre-frutilla. En cambio, sí debían exteriorizar amor, encanto o gratitud, se consideraba el 22 de noviembrealmíbar.

La hechicera y esposa del príncipe, era la única que sabía la verdadera razón de semejante decisión.

En los tiempos que el tiempo transcurría, habían tenido un hijo, precisamente un 22 de noviembre. Criado con mucho amor y ternura, se cuenta incluso con exceso e intolerable intensidad, el niño al cumplir la mayoría de edad, tomó la decisión de partir del principado, para seguir tomando decisiones, alejado de la mirada de sus padres.

Desde ese entonces, en el principado filosófico de la Boca, todos los días eran ese día. El tiempo quedo detenido, no transcurría, los que transcurrían eran los habitantes de allí que no tuvieron demasiados problemas o preocupaciones para adaptarse a la medida de gobierno.

En el afán de seguir de cerca a su hijo, por más que estuviese lejos, el príncipe estableció tal medida, para que en el momento que deseara regresar, sea siempre su cumpleaños y de tal manera brindarle el festejo a toda pompa y orquesta.

La hechicera, había creado un método, por intermedio de pájaros que establecían una comunicación con el heredero, y durante mucho tiempo, tanto ella como su esposo el príncipe, pudieron sobrellevar la ausencia.

Llegaban noticias de todo tipo, de los diversos lugares y de las tantas acciones que llevaba a cabo el nacido el 22 de noviembre.

El principado en verdad, dependía de las aventuras y desventuras del evadido. Sí a este le había ido bien, La Boca era una fiesta, caso contrario, se disponía el cierre de parques, plazas y demás espacios públicos, como confiterías y espacios privados.

Un 22 de noviembre, el transcurrir en el tiempo, afectó al príncipe especialmente. Ni él mismo lograba distinguir todo el momento, cada vez más extenso de la partida de su hijo, con quién sólo mantenía vínculos mediante el canto de los pájaros. Sin decirle nada a la hechicera, algo muy poco habitual, resolvió juntar a sus principales asesores en el Palacio de Plácido Martínez que era la sede de gobierno. Allí los integrantes de la secretaria de inteligencia, conformados en el grupo “Santa Clara” crearon un plan, a consideración de ellos, infalible.

Se ponía en marcha el operativo “Conejo Blanco” que regresaría, en el tiempo que fuese al evadido.

El plan establecía que rigieran en la mayor cantidad de países del mundo, la “otrocracia” que era el sistema de gobierno que imperaba en el principado filosófico de la Boca. De esta manera, ante tal amenaza, los distintos organismos internacionales en los que se agrupaban los países, solicitarían al hijo díscolo que fuera hasta su tierra a convencer a su padre, o en el peor de los casos, destronarlo.

A todas luces el operativo, más allá de las dificultades de su estricto cumplimiento, conllevaba la única alternativa certera para que, otra cosa sucediera, que incluso era más importante y determinante que el regreso del hijo y que los deseos de sus padres.

Los dioses, que, sin regir los destinos de los mortales en la tierra, tenían además del poder de observación, la facultad, de intermediar, cada tanto, de intervenir, sin que nadie supiera a ciencia cierta, ni pudiera confirmar, la existencia, incluso, de los mismos.

La extraña disposición, de que un lugar dado, el tiempo no transcurriera, sino que los humanos lo hagan en tal concepto detenido, en este caso en una fecha, el 22 de noviembre, tenía más que preocupados a todas las entidades divinas. Los mortales, mediante tal disposición, empezaban a pensar más de la cuenta y de acuerdo a la sospecha de varios dioses, esto les podría permitir en breve, llegar a la condición divina, creando con tal posibilidad la finalización de los mundos, tanto el terrenal como el divino.

Finalizó el profesor Cáceres el cuento, con el reparto de bolsitas con golosinas. Quedo perplejo, cuando el hijo de Tomás y Emilse, no acepto el regalo y sin haber entendido nada o habiéndolo entendido todo, le dijo con enojo y determinación: ¡Jorgito soy yo!

Capítulo 5. La pilarcita.

Rompía el silencio el acorde chamamecero. Surgía desde la inmanencia misma del arenal apostrofando el tiempo. Quedaría marcado a fuego el 12 de octubre, cuando desde el rancho universal el golpe se hizo muñeco.

"Akahatá, akahatá" le gritaba Emilce a Jorgito mientras a fuerza de cintazos lo doblegaba con férrea voluntad. En tales bucles, dios se ausentaba por largos momentos y permitía que todo lo impensable tomara cuerpo.

El ejercicio, frecuente, de tal violencia natural se expresaba como una forma de comunicación entre las generaciones, indistintamente de las capacidades económicas o culturales que cada unidad familiar pudiese haber adquirido. Jorgito, pecando de irreverente por exceso, al no comprender las consignas escolares que le imponían como tarea, no sólo que nos las cumplía, sino que las enfrentaba con burda displicencia. Su cuaderno de lengua era un manojo de dibujos grotescos, el de matemáticas un anotador incomprensible de signos varios.

Sin embargo, lo que más sacaba a Emilce, con la complicidad tácita de Tomás, absorbido por el trabajo y la bebida, era que el niño no cumplía siquiera con las reglas mínimas del hogar arrumbado en la periferia de una provincia postergada en el embrujo de una ensoñación parroquial.

Mataba el tiempo Jorgito, desobedeciendo metódica y puntillosamente, todas y cada una de las indicaciones que las normas y buenas costumbres, se establecieron como leyes provenientes de leyendas inobjetables e incuestionables.

No dormía siesta, pretendía usar el teléfono móvil y acceder a internet, jugaba al fútbol en la huerta, y junto a sus vecinos, entre las que se destacaba Pilar, la hija de Marily, la modista del pueblo, atrapaban animales y espantaban pájaros, ni el crepúsculo detenía las travesuras de la "gurisada" que de acuerdo a los adultos ya tenían ganada la estadía en el averno.

Se dijo y así quedo expreso en el oficio judicial, que fueron las ruedas de un coche de inocente movimiento, que detuvo el tiempo en la infancia de Pilar y convirtió la conducta naturalizada de someter a golpes a las criaturas en una tragedia sin igual que seguramente luego, se convertiría en museo.

Nadie más hablaría de los detalles de aquello. La historia oficial impondría, con violencia narrativa y un feroz impedimento a dudas o preguntas, que el 12 de octubre se había producido un accidente, convirtiendo en ejemplificadora leyenda a la niña de las muñecas y de los muñecos.

Jorgito no pudo llorar a su amiga. Se le aparecía en sueños. Durante años vivía pendiente del encuentro con la almohada, antesala y paso previo a las andanzas de niños libres en el sofocante arenal, oasis de escape y fuga, tanto de ranchos, casillas y casas de material, dónde mediante golpes, sometimientos y encierros la obediencia se establecía como imperativo categórico del modo de comportarse tanto afuera como adentro.

Tras algunos veranos en la radio del pueblo, un comunicador, leyendo las noticias del mundo, por alguna extraña razón, se preguntó en vivo y en voz alta ¿Qué pasó con Pilar? Ese fue su último programa, a los pocos días nunca más se supo de él. El silencio es salud, se repetía en la escuela, en el hospital, en la iglesia no por casualidad, antes de ingresar a Mburucuyá se debe pasar por el cementerio...

Capítulo 6. Las cautivas.

Los ladridos ensordecedores de Toribia y Jacoba, las perras de raza alemana que habían encontrado cobijo, luego de ser abandonadas por sus dueños, en la casa de Jorgito, se apagaron para siempre aquel lúgubre y lluvioso 11 de julio.

La lealtad canina, como tal vez otras lealtades, más fidedignas y ejemplares en los hogares dónde la pobreza se explaya a sus anchas, había atravesado una nueva prueba de fuego en Mburucuyá.

Habiendo ingerido comida envenenada no resistieron los pocos minutos para un desvanecimiento que se convertiría en el temible sueño de la eternidad, al que la vida en todas sus expresiones, nos tiene reservado como destino final y fatal.

Lloró Tomás, profusamente, como siquiera hubo de llorar ante la partida de Enrique, su padre, hombre de pocas palabras y de sobrada acción, que había perdido la vida en una reyerta pueblerina, nunca esclarecida por la justicia, que allí tampoco sabía de tiempos e inexorablemente siempre fallaba.

Emilce en pleno ejercicio de rol de madre, postergaba, ante situaciones críticas, sus sentimientos y sensaciones, para mostrarse firme y aguerrida ante su hijo. Con impactante serenidad, le avisó a Jorgito, que el dios de los animales convocó a las perras al maravilloso cielo canino y colocándolas en una bolsa de arpillera, tras santiguarse, las dejó a la vera de un espejo de agua para que la naturaleza hiciera lo suyo.

Jorgito crecía a rebencazos en sentido literal y figurado. Apenas podía determinar su edad en números, sin embargo, su breve tránsito en la tierra, estaba marcado por una inusitada intensidad que tampoco era capaz de comprender del todo.

Cautivo del tiempo y de las acciones que transcurrían en el mismo, era invadido por la extraña sensación de que muy poco podía hacer ante lo que le ocurriese. Su madre que se transformaba con el cinto, que era totalmente otra con Marcelo el visitante de los sábados, se unía en tal extrañeza con su padre, que se convertía con el alcohol y que esa triste noche de Julio, tras la muerte de las perras, develaba su aspecto más vulnerable e infantil.

Cautivo en la escuela, con las enseñanzas que se le obstinaban en imponer, cautivo en las siestas por figuras legendarias como el pombero que le infundaban terror y miedo, cautivo por los sonidos que escuchaba y por los silencios aún más atronadores y resonantes, Jorgito, en el arenal, en su pueblo, estaba sin saberlo, pero sintiéndolo como nadie, también cautivo de sus autoridades y gobernantes.

La voluntad cercenada es aún más efectiva y recalcitrante, cuando sucede a toda hora y momento, en cada instancia nimia y cotidiana, es más determinante y palmaria, cuando impera omnímoda y sin miramientos, cuando abusiva y petulante se aprovecha de niños, mujeres y enfermos.

Ninguna historia oficial recordaría esta guerra sórdida y desigual que libraba Jorgito, como tantos otros, en el arrabal olvidado de un pueblo, que no para pocos, era la composición alegre e inocente de un dios benévolo...

Capítulo 7. Carnaval.

La combinación de sonidos festivos que se emitían desde el club social, marcaban el fin del tarde y el inicio de la temporada de carnaval. Tiempo dónde el sacarse o ponerse la careta representaba la acción trascendental de un pueblo, que, por un par de fin de semanas, conjuraba de tal manera, su insoportable y anodina forma de ser ante el mundo.

No había quién, no practicara con enjundia y demoníaca vitalidad los diversos compases, o en su defecto, no confeccionara los trajes, atestados de lentejuelas y plumas, preparara los carruajes adornados y vestidos para la ocasión, o ultimara detalles para dejar engalanada la calle principal para que todos se dieran cita en las noches mágicas en la que los pobladores, abandonaban, obedeciendo el ritual, su carne determinada y habitual, para mostrarse ante sí y ante los otros de una manera distinta y adversarial.

En tal juego de disfraces, Jorgito entendería que su ropaje natural le había concedido a su piel la tonalidad marrón. A imagen y semejanza del color de la laguna, de la arena mojada y del común de sus deposiciones, que cuando se producían sin control o accidentalmente, su madre le comunicaba, con fútil resignación a su padre "el gurí se desgració". No advertiría nunca que la misma palabra se empleaba cuando una joven perdía la virginidad y casi todo el pueblo daba cuenta de ello, ante la gravidez posterior, y que por tanto, la desgracia se consagraba en un embarazo sin el sacramento previo del casamiento, cómo también en no ser de piel blanca, o ser marrón.

Para Tomás como para otros, la oportunidad festiva significaba un horizonte válido para tomar con mayor justificación. Luego de faenas vinculadas a embellecer el pueblo, el escape inercial a la opresión, brindaba una ventana segura para que Baco, de quién nunca supo escuchar, hiciera de las suyas, en el cuerpo inundado de alcohol y con ello, el padre de Jorgito, olvidara, al menos por breves instantes que no huiría nunca de su irredento destino de peón o chaperón.

Para Juan Ramón, el peluquero, sin embargo, el carnaval se constituía en los momentos más felices y dichosos que la existencia le otorgaba. En ese puñado de días, daba rienda suelta a su otro yo, que ocultaba torpemente y sin eficacia, el resto del año, cuando peinaba y maquillaba a las mujeres de Mburucuyá. Sacaba para entonces a "Marilú" del ropero y la convertía en una estrella de la festividad.

Tanto el Intendente, el comisario, y demás autoridades del pueblo, hacían denodados esfuerzos, para que sus respectivas esposas no notaran las reacciones espontáneas que sus cuerpos emitían ante las seductoras contorsiones del peluquero que dejaba ver al desnudo sus gráciles piernas y glúteo. Responsabilizaban a las copas de más y al ambiente carnavalesco por tamaña afrenta a la hombría y por no poder dejar de mirar aquello que dios y las buenas costumbres determinaban como expresamente vedado.

Pasaría un nuevo carnaval y con ello el período dónde este tipo de digresiones, como otras, se dejarían pasar anecdóticamente, para que se consolide como máxima irrevocable la permanencia inalterable de la pobreza material y espiritual.

Estallaban las redes sociales con los respectivos posteos de lo maravilloso que todo había sido. Para Jorgito lo singular fue su encuentro en tal carnaval con Francisco, el hijo del diputado, que por primera y única vez pisó el arenal, ataviado con su remera oficial del equipo de Boca Juniors y unas zapatillas de marca americana, de blanca e inmaculada piel como el vestido de una quinceañera o casamentera, le dijo a Jorgito; "Vení, vamos a jugar".

Aquellas horas de divertimento infantil entre dos seres únicos e irrepetibles, que de acuerdo a la norma instituida, tendrían los mismos derechos consagrados y con ello, iguales oportunidades quedarían registrados en el espíritu de Jorgito de manera imborrable.

En lo indómito, impensado y azaroso de tal experiencia de lo humano, que escapó de los procedimientos, de las formas, de lo establecido y normado, se consolidaría la actitud iconoclasta e irreverente de aquel niño huérfano de dioses y padrinazgos que sin saberlo, dejaría un nuevo testimonio de los pasos dados de un nuevo "akahatá" que de tanto en tanto se le escapan de las manos a los celestiales que juegan con nosotros a los dados.

 

Capítulo 8. La Tierra sin mal (ni bien).

Tronaba el cielo aquella madrugada de fines de Mayo. El aguacero que se desataría se tornaría lapidario. Esteban, el farmacéutico del pueblo, al ver los primeros relámpagos, dejó la comodidad de su habitación para dirigirse por dentro del hogar hasta la puerta que lo conectaba con la farmacia. Era cuestión de minutos que llegara doña Norma una abogada que, como la mayoría no ejercía la profesión, costeaba sus gastos mediante una designación en el estado y acudiría sin dilación a buscar sus medicamentos.

Figura clave y emblemática, Esteban había heredado el local, el oficio y hubo de continuar con la formación profesional familiar para distribuir las drogas lícitas y sobre todo, desandar los laberintos de trámites y expedientes, en los que muchas veces quedaban los fármacos, supeditados a las autorizaciones de obras sociales y entidades de contralor. Nadie desconocía las buenas artes y consagrada disposición del farmacéutico que de alguna u otra manera se las arreglaba para remediar los obstáculos varios que se interponían entre el consumidor y la medicación.

Jorgito, fiel a su costumbre, estaba fuera de su casa, le llamó la atención que antes de llegar a la esquina, se prendiera la luz de la farmacia. Miró el cielo encapotado y amenazante, lo cuál le dio más valor y decidió esperar que la puerta se abriera, para pedir los caramelos de menta que tanto le gustaban y que en verdad estaban destinados a menguar los dolores de garganta.

Norma era la segunda hija de una familia de profesionales. Siguiendo, más que su deseo, la tradición familiar, había logrado culminar en la capital la carrera de abogacía. Sin embargo lo determinante en su vida, y que la llevaba a ser dependiente de barbitúricos, era que nunca pudo desatar una traumática experiencia amorosa que la condenaba a ser la segunda mujer o la mujer no oficial de un hombre mayor que ella, que había conocido en sus tiempos de estudiante universitaria.

Fruto de tal romance o vinculación clandestina, había nacido Marcos, un joven que para tal entonces vivía en Buenos Aires, sin ningún contacto ni con su madre ni con su padre, luego de que este le consiguiera un departamento y un trabajo estable.

Esteban tenía a su primogénita culminando la carrera de medicina, al benjamín, durmiendo aún con su madre pese a su edad. Había encontrado cómo divertimento, o remedio efectivo para salir de la rutina que lo hubo de atrapar, confeccionar, secretamente un cuaderno de anotaciones, dónde dejaba constancia, puntillosa y prolija, del consumo de los fármacos de cada uno de sus clientes y en un tercer apartado, dejando rienda suelta a su creatividad, jugaba a diagnosticar. En una línea se podía leer; Arnaldo/Viagra/Impotente. El valor confesional de tal objeto, superaba con creces la memoria del cura que para sí, se jactaba de ser el único en conocer cabalmente todos los secretos del pueblo.

Jorgito al ver entrar a Norma a la farmacia ingresó tras ella, raudamente, y sin preguntar. Además de los caramelos, que había ido a buscar le llamó la atención el cuaderno que Esteban celosamente guardó en el cajón ni bien dió cuenta del acceso de los visitantes. Producto de ese impulso de accionar precipitadamente y sin razón aparente, que nunca sabría explicar, se hizo del libro de anotaciones y partió raudamente a su casa, justo antes que se desatara el temporal.

"Ningún medicamento cura, no te vayas a olvidar, apenas sirven para aliviar lo que tenemos que transitar" le dijo solemne Esteban a su clienta, mientras guardaba en su cartera la caja de fármacos. "Y yo que pensé que estábamos en la tierra si mal" respondió Norma, sin que nadie supiera si tal afirmación la hubo de expresar con un dejo de ironía mordaz.

El temporal azotó Mburucuyá. El agua desbordó catastróficamente las estructuras del pueblo, sin embargo la filtración mayor se hubo de originar con la llegada del cuaderno de Esteban a las diferentes autoridades de todos y cada uno de los estamentos del arenal. El estrago doloso de tal correntada de narraciones íntimas e indiscretas, golpeó con fuerza a nivel político, social e incluso judicial.

En ninguno de los campos o ámbitos dónde tales palabras corrían intempestivas, las podían detener o cercar. Mucho menos, calificar o determinar, si aquello podía considerarse enteramente bueno o malo. En tal afán, las sólidas estructuras de lo que está bien o mal, habían permeado, indefectiblemente y para siempre.

Capítulo 9. El milagro de la cruz.

Sonaba insistentemente el teléfono de Emilce, quién antes de que el llamado terminara alcanzó a atender. Tuvo que dejar de preparar el almuerzo para ello. Le comunicaron una noticia que cambiaría el curso de vida de Jorgito.

Sí bien su intuición maternal, algo le indicaba desde el alumbramiento mismo, en esta oportunidad se terminaría de convencer que su hijo padecía una enfermedad, de acuerdo a lo que entendió, que lo hacía tan inquieto, desaprensivo e incapaz de cumplir con lo que le decían o señalaban.

Sobraron los términos médicos que ponían aún más distancia entre el hecho y la comprensión. Alcanzó a entender la contundencia de la anomalía y que la misma no tenía cura ni tratamiento efectivo. Atino, al colgar, a llamarla a su hermana Beatriz para que buscara en internet la única de las tantas palabras raras que pudo retener: autismo.

Lloró. No tanto por angustia o preocupación, más que nada fue un corto llanto dónde se confundían la liberación y la abnegación. Decidió no decirle nada a Tomás y con ello y sin darse cuenta, abjuró de haberlo conocido.

Jorgito a su inocencia por edad le sumaba por tal condición que era catalogada clínicamente, un transitar libre de preocupaciones que tuvieran como condición necesaria y suficiente la validación de los otros. Su forma de actuar prescindía de la imperiosa ratificación del mundo de la autoridad.

“El milagro de la cruz” se le vino a la cabeza a Emilce, que en una procesión en la que participó, supo en tal entonces de la fuerza ciega de ese dios, que repelió a los indios insurgentes mediante un rayo fulminante, el mismo que obró el milagro navideño para que naciera su único hijo, a quién finalmente y producto de sus acciones incomprendidas se lo crucificó.

Claudio el joven profesor de educación física y técnico del equipo principal de fútbol del pueblo, era hermano de la médica que había diagnosticado a Jorgito, mediante los invasivos y férreos procedimientos al que previamente y durante meses, habían sometido. Para él, sin embargo, y sobre todo luego de la muerte de sus padres y el encono por la herencia que ello había generado con su hermana, el singular niño de Mburucuyá era un igual, definirlo era limitarlo y en la cancha del arenal, como si fuera poco, movía el esférico como pocos.

El 3 mayo de ese año, en virtud de la conmemoración del feriado fundacional de la Ciudad de Corrientes, se invitó a diversos equipos a participar de un torneo en la capital. La inmensidad de la urbe, no perturbó a Jorgito quien se destacó en grado sumo en el campo de juego. “Es un distinto” concluyó Claudio, y al regresar al arenal con las fotos y los posteos en redes, revirtió aquel pronóstico tan científico como temerario, para alegría de Emilce que dejó de asociar a su hijo con la enfermedad y para goce de Tomás que por vez primera pudo pensar que mediante su hijo podría alcanzar otro tipo de vida al correr en estadios de fútbol de ciudades que apenas podía intuir que existían.

De aquella maldición del diagnóstico médico a la bendición de la consideración del distinto, pasaron pocas semanas, tensión que se sostendría durante años y que, en verdad, afectan a tantos y por cuyas oscilaciones las contradicciones en las unidades familiares, en los pueblos y en las sociedades, avanzan o retroceden, o mejor dicho, acontece, sucede, representando sin dobleces lo más puro y esencial del fenómeno humano.

El 25 de mayo, en oportunidad de otro feriado, se entregaron los premios logrados por el equipo de fútbol. El intendente municipal luego del discurso institucional y político, invitó a Jorgito que diera unas palabras. Subió para ello al palco donde estaban todas las autoridades, al ver entre la multitud del pueblo reunido a sus padres, se puso nervioso, al punto de no poder contener las ganas de orinar y para ello se apretaba fuertemente el vientre, recordó que cuando ello hacía, su madre lo regañaba diciéndole “deja tu chilo, Jorgito”, al tomar el micrófono con ambas manos, no pudo continuar resistiendo las ganas y junto a sus palabras “perdón me estoy meando” orinó profusamente al intendente que tenía a lado y al pueblo que como siempre, estaba debajo.

22 Capítulo X. Diondo.

 

 Presagiaba el nítido y elocuente silencio, que acallaba el cantar de los pájaros y toda manifestación de lo animal y humano, que tras la siesta mortecina la música se ocluiría para siempre en el nal de un concierto sepulcral para que las voces descansen de los cuerpos. 
 
 El hedor de Jorgito, desde su nacimiento, había sido una característica que compartía con tantos otros, cuyas familias tampoco disponían de los recursos su cientes para dispensar gastos cotidianos en productos de aseo. En sus primeros años, sus deposiciones se acumulaban por largo tiempo al punto de, muchas veces, cristalizarse y al ir creciendo, nunca supo del uso del desodorante. Emilce lo bañaba de seguido, y antes de entrar a la escuela, le pasaba un gajo de limón por sus sudorosas partes. 
 
 La fermentación de su cuerpo, sumado al barro que atestiguaba sus travesuras y el humo del brasero, lo envolvían en tal fragancia de pueblo. La misma que era combatida sin miramientos por los pulcros e inmaculados del arenal. Que sin pensar, creían que esta como el resto de las decisiones que tomaban tenían que ver con lo propio, cuando en verdad, a penas si tristemente, replicaban, repetían lo de otros, lo ajeno. 
 
 “Diondo, olor a guiso”. Le decía Pedrito, el de mejores notas en el grado, hijo del presidente de la sociedad rural. Todo lo que su familia obtenía del campo, lo usaban para imitar o asemejarse a los usos y costumbres de las personas en la gran ciudad. 
 
 A Jorgito, sin embargo, nada de esto le hacía mella. Siempre ocupado en escuchar el canto de las aves, imaginar posibles vidas anteriores de las mismas, y a tiro de ese afán precipitado, que cada tanto lo llevaba a accionar de un modo imposible de descifrar para quiénes se guiaban por los códigos pétreos de lo establecido. Esta actitud desinteresada hacia tales veredictos de los demás, irritaba en grado sumo, a quiénes lo caracterizaban, lo diagnosticaban y calificaban

Era inminente la instancia de la penalidad. Más temprano que tarde, la sanción ejempli cadora, debía erradicar la anomalía, que carcomía las sólidas bases de lo que no se desvanece en el aire. Dio cuenta de la gravedad de la situación, la sabiduría y contemplación ancestral. A su modo y manera, incomprensible e inconcebible para lo normado y procedimental, actuaría para contrarrestar.

Ardía la siesta en Mburucuyá aquel 6 de noviembre. El mutismo estrepitoso de los acordes silentes iniciaron la sinfonía que aún se escucha cuando habla, grita, canta o actúa, en cualquier lugar, un “akahatá”.

Desde el parque nacional dieron la alarma. Uno de los ejemplares de Guacamayo, que había sido reintroducido por una fundación, fue ultimado producto de un disparo de una gomera.

Fatigaron la verdad con pruebas. Había un único culpable. A Tomás se lo ve en los rostros de los sedientos de justicia que beben para no recordar semejanzas ni olvidar diferencias. A Emilce se la ve en las grandes ciudades, resignada y abnegada, creyendo en el progreso y llevando en el rostro la marca de las que cedieron a la indignidad.

Jorgito en una mezcla o “mboyeré” cognitivo, escuchó, pensó, imaginó que el Guacamayo, en nombre de lo ancestral le había pedido que lo libere. Que no podía seguir tolerando que se usara su cuerpo para hacer negocios, de una supuesta acción bene ciosa para la humanidad, que signi caba una inversión de recursos que podían destinarse ante tanta orfandad alimenticia a otras prioridades, antes que recrear, forzosamente, el avistaje oneroso de turistas llegados de lejos.

Nunca más se lo vio. Pero todas saben, que cada vez que irrumpe de forma abrupta, con nitidez, un fuerte hedor, es Jorgito que nos recuerda que el olor, incluso a podrido, habla más de quién lo huele y percibe que del lugar de dónde salió.

Ad in nitum.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

COMPARTIR:

Comentarios

Escribir un comentario »

Aun no hay comentarios, s�� el primero en escribir uno!