Viernes 14 de Agosto de 2020

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Residenciales oficiales de la costanera, casillas del pueblo en la costanera

En estos tiempos electorales, se habla y mucho por las características “legislativas” (algunos la quieren acotar a la cuestión temporal, llamándolas desacertadamente “de medio término”), de reformar determinadas leyes (cabría destacar que tanto la defensoría del pueblo, como la pastoral social, han tenido la sensatez de convocar o instar a debate a los candidatos, como se propuso desde siempre en esta tribuna) lo cierto es que a nadie se le ha ocurrido plantearse o al menos indagar en la necesidad que tendría la provincia de seguir solventando y sosteniendo, la cantidad inusitada de residencias oficiales (sobre la Avenida Costanera, la más costosa y coqueta) para ministros y vicegobernador. Investigación acerca de las otras provincias del país, en donde el estado provincial sólo sostiene las residencias del gobernador y no de sus adláteres como en la nuestra. Como si fuese la necesaria muestra, cabal, de las prerrogativas con las que cuentan quienes acceden al poder, a contrario sensu, de las necesidades no satisfechas de muchísimos (ya sabemos que no contamos con datos confiables en ningún nivel gubernamental) correntinos, se ha instalado, como ilustra la gráfica, una casilla en pleno paseo recoleto, en pleno barrio de la sobreabundancia de la política, bien valdría esta elección para que se le resuelva el problema a esta familia, como para que oficialismo y oposición coincidan en “dar de baja” las casitas oficiales de la costanera, como muestra, como gesto, como señal…

La conquista de Hades, en la memoria colectiva selectiva de hoy.

Yo no censuro en absoluto la existencia de este pacto, pero sostengo que hay dos tipos de individuos que jamás debieron someterse a él: aquellos que, sintiéndose más fuertes, no tenían necesidad de ceder nada para ser felices, y aquellos que, siendo los más débiles, tenían que ceder infinitamente más de lo que se les otorgaba. Y el caso es que la sociedad sólo está compuesta de seres débiles y de seres fuertes. Ahora bien, si el pacto tuvo que disgustar a los fuertes y a los débiles, estaba claro que no convenía a la sociedad, y el estado de guerra, que existía antes, debía resultar infinitamente preferible, ya que dejaba a cada cual el libre ejercicio de sus fuerzas y de su ingenio, de los que se veían privados por el pacto injusto de una sociedad, que siempre quitaba demasiado a uno y jamás concedía suficiente a otro. Así que el ser realmente sensato es aquel que, con el riesgo de reanudar el estado de guerra que reinaba antes del pacto, se revuelve irrevocablemente contra él, lo viola cuanto puede, convencido de que lo que obtendrá de estas lesiones siempre será superior a lo que podrá perder, si es el más débil, pues también lo era respetando el pacto: puede convertirse en el más fuerte violándolo y, si las leyes lo devuelven a la clase de la que ha querido escapar, el mal menor es perder la vida, que representa una desdicha infinitamente menor que la de vivir en el oprobio y la miseria. Esas son, pues, las dos alternativas para nosotros: o el crimen que nos hace felices, o el cadalso que nos impide ser desgraciados. Justine o los infortunios de la virtud. Marqués de Sade.