19 de diciembre de 2017
Sarpullido Inglés.
Volvió a producirse el síntoma. Tal vez en el mejor momento, cuando el paciente, creyéndose sano, amenazó con extraviarse en jornadas dionisíacas de exceso, abotagado de circunstancial sanidad, se sintió envalentonado por la soberbia de haber creído que, sintiéndose vencedor de la enfermedad que lo aqueja, le daría derecho y sobre todo, posibilidad, para parársele a la muerte misma. La fiebre le volvió a subir, el escozor regreso y las remembranzas no sólo que son obvias, sino conducentes. La cuestión de fondo, la enfermedad de base, no sólo que sigue presente, sino que nunca fue tratada ni diagnosticada. A ningún médico le podría alegrar la descomposición de un paciente, sin embargo, muy dentro suyo, a esté, no le convenció nunca la supuesta recuperación, mágica y sin precedentes, del enfermo que creyó que se curaba por tan sólo cambiar de médico, o en el mejor de los casos de tratamiento o medicamentos, sin el debido diagnóstico previo y exacto.

El médico en su intuición de tal y en la humildad de reconocerse limitado, sabía que algo nunca había dejado de estar mal, pese a que en la apariencia, el vigor saludable pretendía indicar otra cosa. La sana convicción de lo irremediable, en este caso, nos concede una ineluctable certeza, cortar por lo sano sería que paciente como médico, tanto como familiares e instituciones medicinales, como la ciencia misma, nos encargáramos, alguna buena vez, de las razones fundamentales de una enfermedad, no que nos matará (es lo de menos, morir es el horizonte obligado) sino que nos hace vivir enfermos; lo trémulo de tener tantos pobres y marginales, a quiénes los beneficiarios del sistema que los enajena, nos creemos en el portento de representarlos con derechos y en el nombre de su dignidad y sus sufrimientos.

No puede, debe, caber posibilidad alguna, para que sinceramente creamos que desde nosotros mismos saldrá la fórmula, el método, el sistema, mediante el cual concibamos un mundo en donde los que no tienen, o apenas lo consiguen, para comer, serán incluidos por un algoritmo que así lo determine.

Son ellos los que podrían, al menos tienen el derecho o la autoridad moral para hacerlo, los que deberían poder hacer algo al respecto. Sin embargo tal culto a la libertad, tal vez en extremo, sea contraproducente. Dejarlos en la intemperie de la imposibilidad no es más que condenarlos a las esposas de una cruel esclavitud, en donde los observamos morir, procazmente o libertinamente. Aquí es donde la aporía nos toma por asalto, algunos no dudan, en armas tomar, es decir realizar cualquier tipo de acción que signifique, soltar al pobre o marginal de tal hesitar, del significativo encadenamiento, para conducirlo a lo que el oportuno liberador considere que es lo mejor. Pese a que esto sea, sobre-representarlo, tutelarlo en demasía, por más que incluso lleve consigo al imposible de respetar el deseo del otro de querer pasar sus días en la inanición más irredenta y disoluta.

El problema se agrava cuando damos cuenta que el deseo surge siempre a partir de cómo repercutirá lo que deseamos en ese otro, para el cual estaremos deseando y al que jamás reconoceremos como fuente de nuestro deseo. Es decir el deseo es nuestro por más que no nos pertenezca. La vida no nos pertenece, sin embargo nos aferramos a la vacuidad de la idea o la sensación de que alguna vez tenga que ver con lo que queramos hacer con ella.

Ese otro que puja por comer, tal vez nos esté devolviendo en la solemnidad de su pobreza, la estulticia descarada de nuestro modo de ser en el mismo mundo en donde ambos no somos ni por asomo las dos caras de una misma moneda o los roles intercambiables de médico y paciente, que tanto entusiasman a nuestras crónicas, como a nuestras ansiedades y expectativas.

El deseo de lo democrático, que recorre todas y cada una de las problemáticas sociales, de las diferentes aldeas occidentales, como ríos subyacentes, no son más que expresiones que ratifican que el deseo es siempre el nuestro, el de las personas que hemos comido, que comemos y que seguiremos comiendo, tratando de apostrofar toda la ausencia de los otros pobres y marginales. En la pobreza de estos encontramos nuestra magnanimidad, en sus ausencias, dolores y quejas, la razón de ser, de nuestras esperanzas y expectativas.

El mayor mal, o la cruel enfermedad, es que a sabiendas que con el remedio democrático, lo único que hacemos es postergar, o sepultar la posibilidad de que el paciente sepa cuál es su afección, sostenidos en la supuesta convicción de que tal vez sea lo mejor que le pueda llegar a pasar, es decir que no sepa que le está pasando, porque nosotros así lo determinados.

Finalmente, tal como la razón de ser de lo deseable, nosotros tampoco sabemos que es lo que queremos, posiblemente, estemos eligiendo, tan solo no ser pobres, de allí que necesitemos esos pobres como reflejo (como presencia disuasiva), para que nos sea un poco más soportable esto de no saber que querer, tan sólo conformarnos con no ser lo son esos otros, a los que sostenemos, para que nos sostengan.

El remedio democrático, en su función de placebo, debe demostrar, cada tanto, su inutilidad para que creamos que deseamos dejar de estar enfermos. Una enfermedad que nos confirma que algún día podríamos vivir sanamente, pero sin prescindir de remedios.

Poder traducir concreta y fehacientemente qué es lo que deseamos (sí ser habitantes de un mundo donde quepan otros, donde estos excedan o donde los necesitemos en grado de parias) tal vez nos conduzca a nuevos sitios en donde la semántica o la nominalidad sea lo de menos y con ellos encontremos el sentido, o la razón de ser en el contenido. La realidad democrática de nuestras aldeas, se parece al enfermo al que diagnostican con “Sarpullido Inglés” de lejos parece sarna, y de cerca es.

  Por Francisco Tomás González Cabañas.-

 

 

 

  



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