CULTURA  28 de septiembre de 2017

Correntinos o enfermizamente nostálgicos.

Arriesgaremos la hipótesis que tenemos el profundo deseo de volver, en vez de Ítaca (que es el regreso, del cual etimológicamente proviene el término nostalgia) a la tierra sin mal. Probablemente y siguiendo la referencia con lo Griego, tal lugar no existió en el plano de lo real, posiblemente opere desde lo imaginario, tal como operó la Atlantis para los inventores de la democracia luego de que así lo narrara Platón. Podría señalarse que a decir del portugués estamos afectados de “Saudade”, es decir esa extrañeza, ese deseo de retornar o de que retorne algo, desde una valoración más sentimental o romántica. Esta podría ser la razón, por la cual en vez de hacer uso de recursos como la inteligencia o la astucia, como lo hiciera Ulises para volver, recurriéramos a la música, a la cítara, al haber creado el chamamé (en el sentido no de su origen, sino de la particularidad con la que se desanda) el rasguido doble o más acá en el tiempo a la cumbia correntina (otra vez, la resignifcación de tal ritmo, dotándolo de elementos melanco-depresoides). Independientemente de las discusiones musicales que se puedan desprender desde las anteriores afirmaciones realizadas desde un profundo desconocimiento en la materia, sólo diremos que el Universo del Chamamé tiene su epicentro en estas tierras. Un chamamecero es más que un poeta, por más que un poeta tenga menos prestigio que un prestamista en la evidencia palpable de que la condición nostálgica del correntino, lo es en tanto cultura, más no así en lo relacionado a lo económico, en donde como cualquier otra aldea occidental no escapa al principio de acumulación y ostentación de bienes materiales.

El fervor, envainado por el almíbar nacarado de lo sentimental, de considerar que alguna vez existió ese lugar imposible de la tierra sin mal, hace que nuestras historias, sencillas, pueblerinas, sean reconvertidas, reconstruidas, como hitos magnánimos de un pueblo elegido, heroico, proverbial. Constituimos para ello, un ejército de historiadores que arman y desarman relatos de vidas de hombres comunes, sin mucho para destacar, dotándolos de heráldicas, de blasones, de convicciones, de las que difícilmente hayan tenido hasta en sus más concelebrados delirios de grandeza.

Hasta aspectos recriminables, o sumamente cuestionables en el curso y decurso de nuestra actualidad, como la condición patriarcal o machista de nuestro acervo cultural por ejemplo, no deja de ser un punto para ser abordado desde otra perspectiva. El supuesto heroísmo de nuestros guerreros, librados en muchas batallas, no podrían compararse con la hidalguía demostrada no sólo en la captura, sino al regreso en su condición de cautivas de esas siete mujeres, que en la llamada Guerra Grande, pusieron, literalmente, el cuerpo y el alma. Los cientos de soldados que partieron a Malvinas, en la última de las gestas bélicas (habría que preguntarse cuando dejaremos de vindicar a quiénes hicieron uso de la fuerza, sea como violencia, agresión, mecanismo de defensa o emancipación, más próceres del pensamiento o la palabra que coroneles esgrimiendo un arcabuz) seguramente no lo hicieron con la convicción firme y clara de defender a la patria. Lo más probable es que la mayoría de ellos, hayan sido condicionados, a ir a tal frente, a encontrarse con la muerte, con la afrenta, con el dolor, sin muchas otras posibilidades que la de agacharse y obedecer. No por una cuestión clasista, de la que prescindimos, pero seguramente si se hiciera un relevamiento de todos los correntinos que fueron a una guerra, la abrumadora mayoría, hubieron de estar, atravesando una situación desventajosa, por no decir, marginal.

En la batalla de San Lorenzo, la historia, que destiñó el color de piel del Sargento Cabral, le otorga la frase épica de que murió contento batiendo al enemigo, en una carta de su General, otro correntino (al que se le otorga el paroxístico reconocimiento de lo bélico, como el Santo de la espada en el afamado afán de aplaudir a rabiar a nuestros generales de guerra y pedir en base a sus triunfos, a fuerza de lágrimas y sangre, una tierra de legalidad y paz) o nacido en (habría que determinar cuanta correntinidad le correspondió al haberse ido a otras tierras a formarse de tan pequeño, desarrollarse en todo sentido y finalmente morir) que verdaderamente hizo historia, también con la palabra. Es decir, el adujo, probablemente en un arrojo de expresividad poética (“No puedo prescindir de recomendar particularmente a la familia del granadero Juan Bautista Cabral natural de Corrientes, que atravesado el cuerpo por dos heridas no se le oyeron otros ayes que los de viva la patria, muero contento por haber batido a los enemigos” San Martín, carta a la Asamblea) lo que tal vez fue una muerte común o en otras condiciones, distintas a las que quedaron perpetradas en la historia oficial.

Pero una historia, la que no nos es narrada, la que se silencia en los círculos académicos, en las redacciones periodísticas, en los espacios comunicacionales, la que ocluida en instituciones formales, en recintos informales, reverbera, regurgita, musita, tenue, pero progresivamente, escapando de la composición musical, evadiéndose del poeta, constituyéndose en un fantasma peligroso, para el intelectual o profesional orgánico, ese que vive, respira y siente, por los dictados del oficialismo de turno, qué le dice, cuándo, cómo y porqué. A este que es el escriba escogido, que cuenta con todas y cada una de las prerrogativas de la sociedad a la que servilmente, sirve, valga la redundancia, los compases de la música del estado, le imposibilita escuchar algún tipo de voz que sea disonante. Nublado en vista, a decir platónico, cuando sale de la caverna y se topa con la luz de la claridad, prefiere regresar.

Embelesado en esa tradición atávica, redimensionada, masterizada, recargada,  seduciendo a su público, construyendo correntinidad, fecunda la tierra de nostalgia. Mediante los sones musicales, la tradición oral de la historia, nos cuentan, nos leen, nos escriben, nuestra hidalguía, nuestros valores, y todas las virtudes, habidas y por haber, que solo tendremos, si es que retornamos a esa tierra sin mal, sí es que nos parecemos a aquel pasado, sagrado y  totémico.

Pero claro, eso nunca fue tal. Opera en el plano de lo imaginario. Es un imposible. El temor a salir de la caverna, para no toparnos con la claridad, nos condena a esta oscuridad. Todo los relatos se dan dentro de este contexto.

La correntinidad, siempre ha sido y lo seguirá siendo, hasta que no salgamos de tal caverna cultural, una característica que dota a unos pocos cientos o miles de hombres, que adornan historias más o menos contadas, y mejor cantadas, que sin empacho alguno, o para evitar romper los lazos de lo tácito de una servidumbre voluntaria, crean sus gestas heroicas en base a la mantención de cientos de miles de otros a los que someten a la pobreza, a la marginalidad, a la indignidad.

La correntinidad es ser cómplices, por acción u omisión, de este latrocinio. Todo lo otro, guerras, historias, gestas, poemas, cantos, y por supuesto, fiestas (sean chamameceras o electorales) vienen después, mucho después.   

Esa construcción arquetípica que podría estar generando esa añoranza de la tierra sin mal, nos debe hacer cargar con todo ese mal en cada uno de nosotros, de allí que no la volvamos a tener a tal tierra o no la encontremos jamás, hasta que no nos desprendamos de este mal, que nos negamos a ver, poniendo como excusas, nuestras gestas históricas, nuestra supuesta condición valiente, nuestros dotes poéticos y musicales, para mirarle al pobre a los ojos, darle una palmada en la espalda, y con majestuoso cinismo, espetarle a su alma crispada de hambre: “Así no mae, pue chamigo!”    

Por Francisco Tomás González Cabañas.

   

         

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