1 de octubre de 2026
“Por el bien de todos, primero los pobres” Andrés Manuel López Obrador.
Un amigo, de esos pocos con los que me vinculé mediante las palabras y el pensamiento, viene a verme y me dice que se está muriendo. Con sólo verlo me alcanzó a entender que las palabras sobraban y nuevamente con ello, la nefasta sensación del dios ausente, de sus promesas vanas y que muy poco en esta tierra se ajusta a la promesa, a la expectativa siempre incumplida, y al maldito deseo, en su furibunda complexión de que sólo es eso, un anhelo al viento destinado a marchitarse en un desierto yermo.
Debo salir de la conmoción inmediata, no sólo por su hidalguía y sabiduría cuando me expresa que de eso se trata de aprender a morir y que él se encuentra en ello. Más que nada por su solicitud expresa, de que cuando ocurra lo inevitable, lo recordemos en su pensamiento, más allá de sus acciones humanas y de lo tantos (sobre todo los cobardes) que dirán del amigo después de muerto.
En la obligación de alejarme de mi primera reacción, que me asola, de irme al mar, bien lejos, y estar allí departiendo con Iemanjá hasta que me aburra definitivamente por el fin de los tiempos, vuelvo a mi circuito, la suerte de prisión que me pude forjar para bajo la construcción de un sentido, tolerarlo todo hasta que dé mi cuerpo.
Salgo del cómodo lugar de víctima y me convenzo, que es lo que me gusta, lo que pude elegir y que más allá de obstáculos, de persecuciones y de impedimentos, acá estamos en vísperas de nuestro segundo congreso de filosofía política, a realizarse en México, para abordar la pobreza, que es el aspecto principal, según mi entender, a la que debe abocarse la filosofía política en su encuadre republicano y democrático de los últimos tiempos.
Acostumbrado a lidiar con la sensación oceánica y disponerme con ello, a ingresar al mar iracundo y embravecido, atestado de sargazos y de nocivos elementos, nadar contra las corrientes inexpugnables con formas de los apoyos que no aparecen, de los mensajes que no responden, del silencio de algunos que considerabas amigo o compañero, tragando agua mirando al cielo, brazada a brazada, sabiendo que la costa aparecerá en cualquier momento, como mandato del ferviente deseo, o en su defecto que cuando culmine la faena la misma te encontrará en el clímax del intento.
En la navegación virtual de la plataforma menos esperada, encuentro un vídeo, recientemente subido por el ex presidente de México. Andrés Manuel López Obrador, con su libro “Pueblo” habla del humanismo mexicano y que toda su labor, ahora teórica, puede resumirse en una frase “por el bien de todos, primero los pobres”.
Llegué a una costa, aún antes del congreso. Hace más de una década, con mi libro “el voto compensatorio” planteé una readecuación del contrato social con una reforma jurídico/electoral a los efectos de hacer plausible la compensación obligada, para que alguna vez entendamos, que primero deben ser los pobres y luego el resto.
Tras años de predicar con ello en el desierto, entendí que no iba a alcanzar con mi individualidad y humano cuerpo. Casualmente fue en México, dónde me encontré con mi alter ego, fundé una escuela de pensamiento, un club de filosofía, hicimos seminarios, encuentros, fortaleciéndonos en tiempos aciagos, cómo el pandémico, logramos cruzar el atlántico y llevar a Barcelona nuestro grito “indio” de que la pobreza sea tratada cómo lo prioritario tanto en lo práctico cómo en lo teórico, y en su maridaje o hermanamiento.
¿Podrían importar entonces, los compromisos impagos por las crisis recurrentes, las astillas cada vez más dolorosas del paso del tiempo, la renovación del judicial que aún no llega para la jueza más corrupta e ilegítima, la muerte detrás de la madre y del amigo, si ya el mensaje, a manos de un ex presidente (mucho más allá de su ideología y actuación en el ejercicio del poder) dónde casualmente realizaremos nuestro segundo congreso, afirma lo que afirma acerca de la pobreza, cómo si fuese uno de los nuestros?
De esto se trata, nunca se nos presenta la realidad como la pretendemos, aún incluso, cuando varía el viento para bien y nos hace llegar antes de tiempo.
Asumir que no sabremos que ocurrirá y pese a ello desearlo fervorosamente, es el dilema en el que cómo tantos, me encuentro.
Veremos que pasa y cómo nos trata la playa a la que hemos arribado, antes del congreso y a días de su pronunciamiento.
No tendremos problemas tampoco en salir nuevamente al mar abierto, en caso que así se requiera para seguir buscando sentido, la balsa, otra playa que nos brinde descanso y armonía momentánea ante la vida y su desconcierto.
Por Francisco Tomás González Cabañas.
COMPARTIR:
Notas Relacionadas
Comentarios
Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno.
Seguinos
3794399959