8 de noviembre de 2026
Una foto de la división política.
La reunión de Madrid logró rescatar el multilateralismo iberoamericano después del fracaso de la cumbre anterior, pero dejó al descubierto las profundas diferencias ideológicas que atraviesan a la comunidad de países que comparten vínculos históricos, culturales y lingüísticos. La conducta de Javier Milei, sus desplantes protocolares y la prioridad concedida a sus aliados políticos terminaron exponiendo otra dimensión del problema: la confusión entre representar a un país y utilizar la Presidencia para promover un proyecto propio. Por Julio Gerez.
La XXX Cumbre Iberoamericana de Madrid concluyó con una imagen que refleja la situación política de buena parte de los países que integran esta comunidad: gobiernos que comparten un espacio institucional, una historia y vínculos culturales y lingüísticos, pero que permanecen cada vez más distanciados en sus prioridades, sus ideas y sus relaciones internacionales.
Lo que inicialmente podía interpretarse como una reunión atravesada por diferencias ideológicas terminó confirmando un problema más profundo. La Comunidad Iberoamericana consiguió aprobar la Declaración de Madrid y recuperar una instancia de consenso que había quedado frustrada en la cumbre anterior, celebrada en Ecuador. Sin embargo, ese resultado no alcanzó para disimular las divisiones políticas ni la ausencia de varios de los principales líderes de los países iberoamericanos, entre ellos Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum.
De los 22 países participantes, solamente diez estuvieron representados por sus máximas autoridades. Una fotografía política que, por su composición, volvió a reflejar las dificultades para construir una agenda común entre naciones atravesadas por la polarización.
En ese escenario, la presencia de Javier Milei adquirió una relevancia particular. No solamente por sus diferencias con el presidente español, Pedro Sánchez, sino por una actuación que terminó convirtiendo su participación en uno de los episodios más controvertidos del encuentro.
EL PROTOCOLO NO ES UNA CUESTIÓN DE CORTESÍA
Milei llegó a España para participar de la Cumbre, pero decidió no concurrir a la ceremonia inaugural en el Teatro Real ni a la cena de gala ofrecida por los reyes Felipe VI y Letizia en el Palacio Real. Tampoco participó de la tradicional fotografía de familia de los mandatarios.
No fueron ausencias menores. Se trataba de los principales actos institucionales de una reunión internacional a la que el presidente argentino había viajado precisamente en calidad de jefe de Estado.
La explicación de su comportamiento quedó todavía más expuesta cuando, en lugar de cumplir con esas instancias de representación, mantuvo un encuentro privado con Santiago Abascal, líder de Vox y uno de sus principales aliados ideológicos en Europa. La reunión se produjo, además, en plena precampaña electoral española, con elecciones generales anticipadas previstas para el 29 de noviembre.
La Oficina del presidente difundió la imagen del encuentro. Milei también se reunió con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y otra dirigente con la que comparte afinidad política.
El contraste resulta difícil de ignorar: el presidente argentino no encontró tiempo para los actos institucionales que reunían a los representantes de las naciones iberoamericanas, pero sí para encontrarse con dirigentes de su espacio ideológico en un momento políticamente sensible para España.
Incluso trascendió que había solicitado una audiencia privada con el rey Felipe VI, que finalmente no fue concedida. Según las fuentes diplomáticas citadas por la prensa española, ese encuentro debía complementarse con una reunión con Pedro Sánchez, posibilidad descartada por la profunda enemistad entre ambos mandatarios.
El episodio deja una cuestión que excede largamente las diferencias personales.
El protocolo no es una ceremonia vacía ni una formalidad reservada a diplomáticos. Es una expresión del respeto institucional entre Estados y de la responsabilidad que implica representar a una nación. Un presidente puede tener diferencias ideológicas, políticas o personales con sus pares, pero no puede convertir esas diferencias en un argumento para desatender las obligaciones propias de su investidura.
Milei volvió a demostrar que le cuesta distinguir entre su comportamiento personal y las responsabilidades institucionales que ejerce en nombre de todos los argentinos.
Y hay algo todavía más preocupante: sus desplazamientos internacionales, presentados bajo el argumento de una agenda oficial, terminan ofreciendo cada vez más espacio a encuentros y actividades vinculados con sus afinidades personales y su proyecto político.
La pregunta es inevitable: ¿qué obtiene la Argentina de esos viajes cuando las prioridades del presidente parecen estar más relacionadas con la construcción de una red de aliados ideológicos que con el fortalecimiento de las relaciones institucionales del país?
UNA CUMBRE QUE CONSIGUIÓ ACUERDOS, AUNQUE NO CONSENSOS PLENOS
Más allá de las controversias políticas, en Madrid se consiguió un resultado que no era menor: evitar un nuevo fracaso diplomático.
La aprobación de la Declaración de Madrid fue posible mediante una fórmula de disociación que permitió a los países suscribir el documento general y, al mismo tiempo, dejar expresadas sus reservas sobre determinados puntos.
Esa salida flexible permitió preservar el funcionamiento del espacio multilateral sin ocultar las diferencias existentes.
Los acuerdos alcanzados tuvieron un marcado carácter técnico y estuvieron orientados a cuestiones con impacto concreto en la vida de las sociedades iberoamericanas.
Se consolidó la Red Iberoamericana de Reducción del Riesgo de Desastres y Protección Civil, con un sistema de alerta temprana multiamenaza y un plan de acción hasta 2030. También se creó la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial, destinada a impulsar capacidades tecnológicas y modelos de lenguaje en español y portugués.
La agenda incluyó, además, una Carta de Movilidad Académica para facilitar intercambios universitarios y el reconocimiento de estudios de posgrado; una Carta Iberoamericana de Cuidados y Apoyos, y una Estrategia de Cooperación 2027-2030 para orientar los programas de cooperación Sur-Sur y triangular entre los países participantes.
Son instrumentos que, aunque no resuelven por sí mismos los problemas de las sociedades iberoamericanas, ofrecen posibilidades de cooperación en áreas donde las diferencias ideológicas no deberían impedir la búsqueda de beneficios compartidos.
Sin embargo, las discrepancias quedaron claramente expuestas.
Argentina, Colombia, Costa Rica y Paraguay se disociaron del apartado de la Declaración referido al rechazo de las medidas coercitivas unilaterales contrarias al derecho internacional. La Argentina, además, decidió no adherir a la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial ni a la Carta de Movilidad Académica. Paraguay también se apartó de la iniciativa tecnológica.
Es decir, la Argentina no solamente expresó sus reservas frente a determinadas posiciones políticas: también decidió quedar al margen de instrumentos de cooperación vinculados con el desarrollo tecnológico y la integración académica.
La decisión merece una reflexión particular. La discusión sobre el papel del Estado, la regulación tecnológica o el funcionamiento de los mercados puede ser legítima y necesaria. Pero una cosa es sostener diferencias sobre el contenido de una política y otra muy distinta es renunciar a espacios de cooperación que podrían generar oportunidades para universidades, investigadores, profesionales y empresas argentinas.
UNA AGENDA INTERNACIONAL QUE EXIGE ALGO MÁS QUE AFINIDADES
La participación del presidente ucraniano Volodímir Zelenski, quien solicitó asistencia técnica y equipamiento eléctrico para reparar los daños provocados por los ataques rusos sobre la infraestructura energética de su país, agregó una dimensión geopolítica al encuentro.
Por su parte, España concluyó su ciclo al frente de la Secretaría Pro Témpore y transfirió la responsabilidad a Honduras, que organizará la XXXI Cumbre Iberoamericana en 2028.
La reunión de Madrid, por lo tanto, consiguió algo que parecía difícil: mantener en funcionamiento el espacio multilateral, aprobar una declaración conjunta y establecer una agenda de cooperación para los próximos años.
No resolvió las diferencias políticas, pero evitó que esas diferencias terminaran paralizando por completo la institución.
Y allí aparece el contraste con la actuación del presidente argentino.
Mientras los países buscaron una fórmula para sostener el diálogo a pesar de sus desacuerdos, Milei convirtió buena parte de su paso por Madrid en una demostración de afinidades políticas personales. El frío saludo con Pedro Sánchez durante la sesión plenaria, seguido de un discurso en el que volvió a equiparar socialismo y fascismo y cuestionó las agendas progresistas europeas, terminó de confirmar que su participación estuvo atravesada por una confrontación ideológica que excede los intereses concretos de la representación argentina.
Su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, incorporado a su intervención, fue una cuestión de interés nacional que merece un tratamiento propio y que no debería quedar confundida con el resto de sus posicionamientos partidarios.
Porque la política exterior no puede reducirse a una sucesión de gestos de adhesión o rechazo hacia dirigentes que comparten o confrontan con la visión ideológica del presidente de turno.
Un jefe de Estado representa al conjunto de la sociedad, incluso a quienes no comparten sus ideas. Sus viajes deben responder a objetivos diplomáticos, económicos, institucionales y estratégicos verificables. No alcanza con exhibir fotografías, multiplicar encuentros o cosechar adhesiones entre dirigentes afines.
La pregunta no es cuánto se proyecta internacionalmente Javier Milei, sino cuánto de esa proyección se traduce en beneficios para la Argentina.
Madrid dejó una fotografía de la división política iberoamericana, pero también mostró que el diálogo todavía puede abrirse paso cuando existe voluntad de sostenerlo.
La integración no se construye solamente compartiendo una historia, un idioma o una mesa de reuniones. Necesita capacidad de reconocer diferencias, disposición para negociar y responsabilidad institucional.
La Cumbre consiguió preservar ese espacio. El presidente argentino, en cambio, volvió a dejar la impresión de que confunde la representación de una nación con la promoción de sus propias convicciones y alianzas políticas.
Y esa es una diferencia que no debería pasar inadvertida: una cosa es viajar por el mundo en nombre de la Argentina y otra muy distinta es utilizar el nombre de la Argentina para recorrer el mundo en nombre de un proyecto personal.
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