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CULTURA

10 de mayo de 2020

Lectura sugerida: "Existo para vivir".

El presente artículo surge como un resorte que posibilite ahondar en el contenido nuclear de la novela “Existo, para vivir”, considerando que éste aparece, a menudo, implícitamente, y menos veces de forma explícita. La fusión del género de suspense y la reflexión filosófica se produce, quizás inconscientemente, porque ambos comparten un ingrediente primordial: el Misterio. Salvando, por supuesto, las distancias entre una expresión y otra de este misterio, me atrevería a considerar que las preguntas que surgen de los acontecimientos y la búsqueda incansable de respuestas son en ambos casos siempre una incompletitud insaciable. Siempre restan interrogantes irresolubles.

Bien, centrándome ya en la obra, estamos ante un híbrido entre el género de suspense y la reflexión filosófica. Esta última está avalada por citas textuales de literatos y filósofos con perspectivas diferentes, e incluso contrapuestas, de las cuestiones que se abordan. Tales citas aparecen integradas en cursiva en la narración, no como citas al uso, sino referidas en un anexo al final de la novela 

Con la voluntad de no desvelar la trama argumental en la que se ha intentado plasmar la cuestión central, considero oportuno situarme en el núcleo de la novela que se encuentra sustanciado en el título: EXISTO, PARA VIVIR.

De lo anterior se entiende que voy a establecer una distinción, que puede resultar problemática, entre EXISTENCIA y VIDA. Y aquí se halla el meollo de la cuestión.

Hay una tradición filosófica desde la helenística griega hasta nuestros días, que va desde Zenón a Cioran -al menos- en la que lo que denomino existencia no es más que un estado en el que nos encontramos y cuyo mantenimiento exige una lucha por nuestra parte. Es el hombre alguien arrojado al mundo cuyo punto de partida es la existencia, diría Sartre, y cuyo ser o esencia, aquello que devenimos o somos a lo largo del existir, depende del ejercicio de nuestra libertad.

Parafraseando a Mainländer -filósofo del S.XIX heredero de Schopenhauer y del que parece haberse nutrido Nietzsche- la entropía, el caos o tendencia al desorden, es un hecho incontrovertible, es decir el destino mismo del ser.

Esto se evidencia mediante lo que él denomina “la ley del desgaste”: puesto que la civilización MATA, debido a la complejidad de las sociedades, ese desgaste por mantener la existencia, o sobrevivir, exige cada vez un derroche de energía superior, un esfuerzo por no diluirnos, por no dejar de ser, aunque sepamos que, finalmente, la muerte es el no-ser al que inexorablemente nos vemos impulsados. Es decir, la existencia no se da por supuesta, sino que hay que bregar por sustentarla. No venimos al mundo y tenemos la opción de restar estáticos e indiferentes a las fuerzas externas que nos intentan aniquilar. 

Sea, acaso, este necesario sacrificio por existir lo que lleva a creer a los humanos, menos pudientes económica y culturalmente,  que satisfechas las carencias y necesidades que pueden solventarse con bienes materiales, podrán disfrutar de un cierto estado de placidez en su existencia…pero, y aquí coinciden Mainländer y Schopenhauer, solo los humanos más pudientes y bien estantes se aperciben de que al saborear y agotar los placeres que nos proporciona el mundo, la vida se convierte en mera existencia, y queda lastrada por un inaguantable aburrimiento que nos lleva a dos posibles opciones, cuyo propósito es superar el tedio de existir:

1,- Huir del mundo o lo que llaman el retiro ascético -parece ser esta la actitud que adoptó Schopenhauer, de alguna manera- 

2,- Buscar y anticipar la muerte, o sea el suicidio -por la que optó Mainländer al suicidarse a los 34 años-

Es el hastío y digámoslo yael sinsentido o absurdo de una existencia que nos ha sido impuesta y con la que, sea por omisión o por acción, algo tenemos que hacer, la que constituye el problema principal de quien se ejercita en la reflexión crítica; o, como diría Albert Camus, la pregunta por antonomasia de la Filosofía: ¿por qué no me suicido?

Recapitulando: si existir es un estar que nos sobreviene, este permanecer nos exige desgaste y esfuerzo para no dejar de ser, diluirnos en la nada, ¿qué razón hay para que algún humano quiera realmente llevar a cabo este sacrificio, si la constatación es que existir es sufrir, o el dolor es inherente a la existencia y, por ende, la percepción subjetiva del dolor vuelve indeseable la existencia? No parece que podamos querer algo que en sí mismo no tiene más fin que el persistir, a pesar de que el entorno se afane por erradicarnos y, nuestro supuesto instinto de supervivencia nos impulse a protegernos. 

Porque de lo que nos ocupamos es de lo que puede ser querido, no del deseo…y querer, con toda la potencia de nuestra voluntad un algo, exige la convicción de que este posee un valor irrenunciable.

Aquí es donde procede repensar la vida o el vivir como algo diferenciado de la existencia, aunque obviamente vinculados, ya que esta última es condición necesaria, aunque ni remotamente suficiente, de la segunda. Fijémonos, además que implícito en el título yace el supuesto de que, si el existir no puede tornarse en vida, la existencia es prescindible: aún más, puede constituir nuestro querer el zafarnos de ella. Ahondaremos pues en la posibilidad de que 1,-la existencia pueda devenir vida. Y después, contemplaremos brevemente el supuesto de que 2,- El existir no puede orientarse a ningún horizonte que lo haga sostenible.

Detengámonos pues en la primera hipótesis, para lo cual procede dilucidar brevemente qué se puede, a mi juicio, entender por vida. Trascendiendo el sentido biológico, lo que aquí indagamos es el sentido antropológico y ético del término, a saber, en qué consiste la vida humana. 

Habiéndola distinguido como un estado diferenciado del mero existir, se impone que esta constituya algo deseable para el humano; lo cual era cuestionable como posibilidad respecto de querer un existir sufriendo. Los pensadores referidos, tal vez por un realismo poco pragmático, aunque resulte paradójico, buscaron formas de escapismo de la existencia, pero no vieron alternativas que pudieran llevarlos a decir que existimos, para vivir.

El motivo sea quizás que el intento de delimitar qué es una vida humana universalmente, esté llamado al fracaso. Y esto porque, aunque recurramos a la dignidad como valor sustancial de toda vida humana, nos tropezamos con la cuestión de qué es o en qué consiste la dignidad, lo cual nos retorna al ámbito de lo subjetivo. Podríamos consensuar que, sin satisfacer las necesidades básicas, como ya hicieron Mainländer y Schopenhauer no hay vida que valga. Ya que, si recordamos, lo problemático de la existencia se halla allí donde lo que exigimos o necesitamos es un sentido, una razón para existir, un “algo” que pueda ser objeto de nuestra voluntad.

A partir de aquí, podamos tal vez desenredar el término dignidad y por tanto el término vida. La dignidad es nuestros días y desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es el valor que tiene cualquier individuo por el hecho de ser humano; es su condición humana la que le otorga un valor propio e igual al resto de los individuos. Bien sabemos que, esta Declaración es un escandaloso papel mojado y que de poco nos sirven las supuestas buenas intenciones si no van asociadas a derechos efectivos, sin los que es imposible llevar una existencia digna y aspirar a vivir. 

Además, tampoco un reconocimiento externo dota de sentido o significado a esa existencia que clama por trascenderse y poder elevarse a vida. 

Tras todo cuanto no podemos decir sobre lo que es vivir o existir dignamente, late o palpita la aproximación más verosímil: la vida o la existencia digna es aquella que el sujeto reconoce como tal. Solo quien existe, a fuerza de gestos por permanecer, puede responder qué tiene de deseable su existencia para que sea vida y valga la pena mantenerla, para seguir disfrutándola y padeciéndola. Ya que quien aspire a una vida sin dolor, está fantaseando lo que desearía, pero no lo posible o alcanzable.

Llegamos pues a la constatación de que solo un sentido o una razón para existir, siempre subjetivo, nos permite afirmar que estamos vivos y viviendo. En ningún momento sostenemos que la vida humana posea un valor en sí misma, un valor objetivo.

Centrándonos ahora en la segunda hipótesis contemplada, a saber, El existir no puede orientarse a ningún horizonte que lo haga sostenible, nos apercibimos de que tan controvertible es la primera conclusión, por subjetiva, a la que hemos llegado, como la segunda que vamos a apuntar brevemente, consistente en:  aceptar con firmeza el absurdo y el sinsentido, tal cual. Esta apuesta por afirmar la existencia como vida desde la crudeza del mismo dolor - identificándolas, por lo tanto- siendo capaces de sostener este dolor mirándolo de frente y sintiendo sus punzadas, a la vez que el júbilo de no sentirnos vencidos, sino de resultar fortalecidos y romper tal vez gritando a carcajadas que “muerto Dios”, solo el que supera lo miserablemente humano es capaz de vivir. Me estoy refiriendo alusivamente a Nietzsche. 

Decía Rafael Sánchez-Ferlosio, sin olvidar que la felicidad no es esa burda satisfacción con la que a menudo la confundimos:

“Una vida feliz no pregunta por su sentido, porque se siente fin en sí misma, no está en función de nada, lo que quiere decir que ella misma es su propio sentido, o lo que al cabo viene a ser lo mismo: una vida feliz es una vida sin sentido. Solo la vida infeliz pregunta por el sentido, porque no lo halla en sí misma, y piensa que su infelicidad debe consistir en estar en función de otra cosa que sea su sentido, y pregunta ¿dónde está mi sentido? Pero si acepta que se le pague con la moneda del sentido, el sacrificio de quedarse donde está que es precisamente el lugar de la carencia, no hace más que añadir a su infelicidad la de ser víctima de un fraude”

Rafael Sánchez Ferlosio. Páginas escogidas. Random House.

Parece que es la carencia, la necesidad, la que nos lleva a plantearnos por la felicidad o el sentido. Y que, desvelada la ausencia de sentido alguno, solo nos quedan las dos opciones mencionadas: o buscar “razones” para seguir existiendo que nos den la fortaleza para seguir, o bien masticar el absurdo o la nada con la arrogancia de que vamos a poder trascenderlas. Somos, pues, herederos de un nihilismo que afrontamos o pasiva o activamente. Dicho de otro modo: o nadamos en la nada braceando y conformándonos con puertos falaces, pero que nos distraen; o nos erigimos en sujetos con una voluntad capaz de poder lo que quiere, es decir aceptar ese absurdo que es existir y por lo tanto una vida que consiste en regodearse reiteradamente en el dolor para situarnos más allá de este, y ser capaces de permanecer en la dialéctica displacer-placer que tensa la vida. 

Quizás optar por una u otra dependa de un coctel de emociones y razones difíciles de desentrañar.

Para ir acabando, desearía plantear otro problema que se deriva de lo dicho: Si la existencia nos viene impuesta, si nos vemos obligados a decidir desde la nada, para actuar por continuar como existentes -porque la no-acción ya es una decisión- y habiendo rebuscado incansablemente, no hallamos nuestro sentido, ni nuestra la razón que nos dé vida ¿Quién debe poseer la potestad absoluta sobre nuestra permanencia o marcha definitiva del mundo? Para mí la respuesta resulta obvia: debería legislarse el suicidio asistido, ya que garantizaríamos el buen morir -eutanasia- para quienes nos han hallado el Vivir. Esta demanda se deriva de la constatación de que hay personas que existen, pero que para nada viven, y eso solo puede juzgarlo uno mismo.

Lo expuesto hasta aquí ha eludido intencionadamente el término “felicidad” que, como invención moderna, podía haber frivolizado el calado de lo que puede significar “vivir”, no reductible a una noción hedonista mal concebida o a un sentir fugaz, como ya explicitamos que había que tener en cuenta para leer las palabras de Ferlosio.

No obstante, para finalizar lo haré con una cita de Lipovetsky, uno de los pensadores a mi juicio más clarividentes de lo que se ha dado en llamar la postmodernidad -entendido como el tiempo que habitamos- El fragmento pertenece a su ensayo “La felicidad paradójica” y creo que mostrará el por qué no hemos simplificado, ni utilizado a lo largo de la novela el término felicidad.

“Imaginemos por un instante que nuestro mundo se libera de la “tiranía” de la felicidad ¿Serían más felices los individuos? Lo dudo. No sufrimos porque un mecanismo perverso nos haya convencido de que debemos ser felices: el fracaso, la soledad, las heridas emocionales, el hastío, la pobreza, la enfermedad, la muerte de los allegados, estas experiencias comportan infelicidades al margen de toda imposición ideológica y del “deber ser feliz” en concreto. Desde que el individuo se libera de las coacciones comunitarias, es inevitable que su búsqueda de la felicidad vuelva problemática e insatisfactoria su existencia: tal es el destino del individuo socialmente independiente que, sin apoyo colectivo ni religioso, afronta solo y desprotegido las pruebas de la vida” pg. 324. Ed. Anagrama compactos

Ojalá, esta introducción sirva para identificar cómo tras cada acontecer se halla en discordia esta confusión que pretendemos zanjar aquí, entre Existencia y Vida.

 

 

A la venta en:

Web de la editorial

https://www.terraignotaediciones.com/catalogo/libros/existo-para-vivir/

Aquí tenéis sinopsis de la novela y currículo de la autora.

Amazon

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