CULTURA

22 de mayo de 2018

Guerreros del Iberá.

A lo largo de sesudos años de investigación, pudimos demostrar que en ciertas culturas, muy pocas por cierto, se dio un fenómeno que dimos en llamar Parasitismo, al igual que lo que define la ciencia biológica; proceso por el cual una especie amplía su capacidad de supervivencia utilizando a otras especies para que cubran sus necesidades básicas y vitales, que no tienen por qué referirse necesariamente a cuestiones nutricionales, y pueden cubrir funciones como la dispersión de propágulos o ventajas para la reproducción de la especie parásita; el parasitismo social o que nos convoca, se aviene a las mismas características que el parasitismo general.

Medularmente la diferencia consiste en que un subgrupo o clan, ejerce un parasitismo no orgánico, sino más bien cultural o espiritual. Una suerte de enajenación de expectativas, de deseo, de humanidad, un sometimiento subrepticio, camuflado, un colonialismo progresivo y soterrado, que ejercieron en ciertas culturas, un grupo por sobre el resto, generando períodos temporales de aparente calma, pero que finalmente implosionaron llevándose a todos y cada uno de los integrantes de la comunidad, como las marcas que pudieron haber dejado en el paso por el mundo. El caso más paradigmático es el de los llamados “gentereí” en los humedales del confín sur del continente americano. A tal punto llegó la desintegración de esta civilización que durante siglos ni siquiera supimos de la existencia de la misma, recién en los últimos lustros, mediante descubrimientos casi azarosos, tenemos ciertos elementos para reconstruir esta experiencia de la humanidad que, como dijimos, tuvo como una de sus peculiaridades el ejercicio del parasitismo por parte de una clase por sobre el resto de las integrantes de la comunidad. La clase parasitaria denominada “Ahiteba”, colonizó en mente y alma a quiénes no pertenecían al grupo que se identificaba por habitar un determinado lugar en la aldea misma (el lugar geográficamente del centro, más guarecido mediante construcciones de avanzada) y decididamente por ocupar los espacios de poder de la comunidad.

Las víctimas del ejercicio parasitario, unos denominados chimbos y otros gentereí (De acuerdo a los filólogos la acepción podría significar gente baja, gente ordinaria, gente común o gentuza) eran la máscara o la pantalla que sus victimarios necesitaban para ejercer los mandos de la comunidad sin ningún tipo de empacho o de excusa ante lo que claramente era no ya una posición dominante sino un lazo vejatorio e inhumano. El grado de deterioro en la autoestima de estos sujetos que se referenciaban de acuerdo al lugar donde dormían (los chimbos trabajaban en los hogares de los pudientes, pernoctando fuera de los dominios), lo podemos suponer en grado superlativo.  Por tanto no sería antojadizo arriesgar como hipótesis que este sistema devino de una base de sustentación social esclavista. El origen tuvo que haber sido naturalmente el de una cultura, como las de la época en cuestión, que mediante la sujeción por la fuerza, establecieron un sistema férreo y clásico de esclavitud. Lo peculiar es que en el transcurso del tiempo, desarrollaron un cambio de coerción desde los esclavistas hacia los esclavos. Podríamos inferir, que hasta los liberaron físicamente y los anoticiaron de que serían libres, condicionándolos en espíritu, alma y cultura. Será un misterio el develar como pudieron arribar a este grado de abstracción planificado y maniqueo, pero es indudable que surgieron del origen esclavista y en cierto período los dominantes cambiaron los grilletes o el lazo con los que manejaban a sus esclavos por la palabra y la sugestión. El desarrollo de la inteligencia política alcanzada por los Ahiteba debería ser materia de estudio aparte, pues, a diferencia de lo que se acostumbraba, al haber generado una identidad de grupo y tener la noción de los  “otros” no los atacaron, separaron o señalaron como si fuesen sus enemigos, al contrario, los contuvieron y los hicieron útiles a sus intereses sectoriales. Creyéndose superiores, no dudaron en asimilarlos, en hacerlos parte, en incluso orquestarles todo un sistema de vida que supuestamente los trataba en posibilidades a todos con las mismas chances. Los podríamos definir como unos grandes impostores o los mejores en el desarrollo de una cultura en donde el valor primordial ejecutado fue el de la hipocresía. En estos dos extremos, de los dominantes y los dominados, de sus auto-consideraciones o de la puesta en valor de su autoestima como grupos, se puede entender la mancomunión de intereses que los hizo viables como sociedad por un buen tramo del curso de la historia. 

De acuerdo a manifestaciones que fueron recogidas y asimiladas por la cultura guaraní (la que absorbió indudablemente elementos sustanciales de estos sucesores suyos y que ameritaría otra investigación) hubo de existir una clara muestra de lo que acabamos de señalar mediante la relación que generaron con los denominados intelectuales u hombres de la cultura. Los gentereí poseían una alta estima, daban un valor superlativo a la suma de años, al alcance de la ancianidad. Sí bien esto es una particularidad de las culturas antiguas (siempre el perdurar con el paso del tiempo, ha sido como una referencia ante la condición sempiterna del hombre, ante lo ineluctable de su finitud el logro de permanecer en ese transcurrir en el tiempo), en este caso quienes eran representantes de una tercera generación, es decir alcanzaban el abuelazgo, decididamente eran consultados recurrentemente y por lo general, más allá de que tuviesen o no capacidad o trayectoria en el mundo de la cultura (como generadores de expresión mediante un instrumento o la palabra) los depositaban en esta suerte de gueto que les daba un lugar en la sociedad, en ese intersticio, patrimonio de los chimbos, a mitad de camino, o de lugar en verdad, entre los dominantes y dominados. Como vimos, los chimbos eran los siervos, que prestaban toda clase de servicios y a cambio de ello, recibían como premio, el permanecer unas horas en los lugares magnificentes de los Ahiteba, en sus castillos, en sus círculos de actividades tan distinguidas y limitadas para el resto, de quiénes gobernaban a esos otros con el hipnótico poder de la sugestión. La funcionalidad de los hombres de la cultura, fue decisiva y determinante para el desarrollo de ese poder hipnótico. El ropaje que le brindaban a esos ancianos que no tenían, en la mayoría de los casos, nada más interesante que ofrecer que su proximidad con la muerte, no era producto de la casuística (más adelante incluso utilizada por los jesuitas para dominar a los guaraníes) sino más bien la acción premeditada para la dominación.

 Como se ha observado en otras investigaciones acerca de esta cultura que nos ocupa, una de sus festividades más importantes era un baile de disfraces y máscaras, con cantos y bailes incluidos, que reproducían o imitaban a animales o fenómenos de la naturaleza. La otra, que se daba incluso en lapsos próximos de tiempo, era una suerte de concurso de una cantata o estilo musical que los identificaba. Bajo este ritmo, que lo generaban con instrumentos de viento y con expresiones de sus intérpretes que podían incluir gritos o voceos amatorios o desafiantes, aglutinaban a muchos integrantes de la cultura e incluso de visitantes de otros lugares. Estos dos hitos o festividades, como todas, manejadas, organizadas y controladas por los Ahiteba, fueron consagradas como los hechos culturales en sí mismos. Cualquier otra actividad que refiriera a expresiones del alma, mediante la palabra o instrumentos que no tengan que ver con lo señalado, no eran consideradas acciones culturales e incluso quiénes hubiesen tenido la infeliz idea de desarrollarlas, seguramente hubieron de ser censurados y perseguidos. Los ancianos designados como hombres de la cultura, tenían como tarea el sacralizar estos hitos, incrementar las proezas que se podían alcanzar mediante el participar en las mismas, narrar en todo momento y lugar, las bondades de las mismas y señorear en tal sitial de la expresión del alma, que de acuerdo a los dominantes, eran solo patrimonio de estos ancianos que hablaban, escribían y pintaban lo que el poder les exigía que hicieran pues le debían lo que eran a quiénes manejaban no sólo los elementos concretos del poder público sino también las cuestiones abstractas de un pueblo enajenado en sus perspectivas, posibilidades y deseos culturales y espirituales. Estos perros del Hortelano o Cancerberos, fueron los precursores de los intelectuales del feudalismo, que no se distinguían de los siervos comunes o de las criadas que limpiaban las heces, más que por el servicio de divertimento que prestaban, pues la reafirmación de la colonización que ejercían no eran percibidos por estos seres, en la mayoría de los casos, carentes de talento, inteligencia, creatividad y gracia.  Cumplimentaban su rol, porque así les habían asignado, sin posibilidad, ni deseo de que realizar con sus vidas de acuerdo a los dictados de una libertad auténtica proveniente de la esencia del alma. Se estima que de los gentereí que fidedignamente hubiesen querido desarrollar una actividad cultural, entendida en su sentido lato, además de enfrentarse a la indiferencia y a la persecución por parte de estos mediocres enraizados por los dominantes, tuvieron que desarrollar una suerte de camuflaje o de acción que pasase inadvertida para el presente en el que les toco nacer y desarrollarse. No se descarta que en años venideros las investigaciones para conocer algo más de esta cultura sorprendente, pueda deparar novedades ingentes en relación a uno de los grupos, sin dudas más afectados, por el desarrollo de esta forma de vida social y política sumamente clasista, elitista y limitante para quiénes no fuesen funcionales a los amos y señores del poder.

Como toda historia no oficial, no comprobable, o que venturosamente puede pertenecer al reinado de la imaginación, de acuerdo a quiénes relatan la existencia de esta peculiar cultura, la misma hubo de terminar, de implosionar, en virtud a una terrible guerra intestina que se desató en un momento dado, por circunstancias desconocidas, pero que podemos suponer arraigadas en las profundas divisorias en la sociedad misma, la versión más fuerte (increíblemente de los pocos relatos existentes que dan cuenta de esta cultura difieren en cómo terminó sus días) señala que el desarrollo cultural del sector más acomodado, encontró una forma de adivinación del futuro, una suerte de oraculismo infalible, el descubrimiento exacto de los hechos que inevitablemente sucederían. Se vieron tras siglos imposibilitados de borrar sus huellas en la humanidad, observaron incluso, nuestro tiempo actual, en donde mediante la tecnología uno puede comunicarse sin tener nada que decir, seguir existiendo en la red, pese a estar físicamente muerto, destruir un texto interponiéndole sonidos, ruido, o vinculaciones con la excusa de crear un neologismo, una subclase de literaturidad, recrear sensaciones, mediante interfaces y considerar que son más auténticas que las verdaderas, pero lo más triste para ellos es que en tal episodio se vieron esclavos de sus propias acciones y omisiones, cayeron en cuenta que todo lo que realizaban sería analizado, una y otra vez, por motores de búsqueda, por expertos en generalidades abyectas, se sintieron banalizados y enajenados en sus convicciones más profundas. Decidieron proyectar este futuro nefasto para sus consideraciones. Todo el pueblo o la comunidad estuvo ese día, que fue el último para ellos, que cumplieron con ese objetivo de no ser presa de la repetición o reiteración estupidizante de las cosas. Su legado fue el dudar de que hayan existido, nos dejaron como testimonio una lección invalorable, ir en la búsqueda de estos antepasados, no mediante nuestros medios tecnológicos, o de nuestras excusas inventadas para no preguntarnos lo trascendente de la vida, sino que develemos las palpitaciones de nuestro corazón, que desguacemos los temores de nuestras pesadillas más funestas, que nos desprendamos de las ficciones mentales a las que nos aferramos para salir del presidio de la incertidumbre, haciendo esto, los encontramos, nos encontramos. Porque al vivir estas sensaciones tan intensas, somos lo único que jamás podremos modificar ni nosotros, ni lo que creemos, que es un vanidoso conjunto de vocablos que se articulan en frases, oraciones, párrafos e historias, y las mejores, o las más cercanas a nuestra esencia, no están frente a una pantalla, sino en la boca de un corazón exultante, o en la mano de un prodigio que relate con ferocidad mental lo sucedido, haya ocurrido o no, pues como vimos, o sentimos, eso hace tiempo ha dejado de tener importancia.

Los datos duros, matemáticos, estadísticos, nunca son objetivos ni cruciales, pero ciertamente, que, variables más o variables menos, históricamente, nunca nos hemos destacado en el corpus nacional, sea por deudas estructurales, tanto sociales como económicas, que nunca nos han saldado o por lo que fuere, más allá de algún dato de color, como el que señala que somos la primer provincia que paga, de acuerdo al cronograma, a sus empleados públicos (los que por supuesto están en cantidad por sobre la media nacional, como muchos otros estamentos o tópicos estadísticos).

Cuando se estudian los procesos políticos, siempre los mismos se dan dentro de un contexto geográfico-cultural, mucho más amplio que el señalado por los límites de un país. Desde la siempre tradicional posición que se da en llamar “crítica constructiva” que algunos señalan como una naturalidad en lo comunicacional, consideramos prudente el avanzar en dar razones de ese concepto.

Ahondar en los aspectos negativos de la o de lo, político, por la artera estrategia de “sacar unos pesos” al mejor estilo de una práctica extorsiva, puede ser el perfecto caldo de cultivo para que ciertos desquiciados, se aprovechen de tal esmerilamiento y  se asienten en lo profundo del Iberá y levanten una bandera con una frase demagógica, para subvertir el orden en nombre de supuestas causas nobles y atendibles.

Hablamos de los famosos “idiotas útiles” esos hombrecillos que se creen más importantes e inteligentes de lo que son y que mediante sus pingues intereses materiales (la extorsión de la que hablamos), podrían estar abonando, argucias, para que posibles desquiciados, locales o importados, se aprovechen de la horadación de lo democrático.

En nuestro caso, el dudar de esta tesitura (cuento, relato, obra, leyenda como se quiera llamar) es precisamente ahondar en los aspectos positivos, para regenerar los lazos entre representantes y representados y con ello, galvanizar la legitimidad, la teórica como la práctica.

Pero no se trata de “salvar la ropa” de cada cuál, sino de que esta cuestión sea verbalizada, la tengamos presente para alejarla.

La misma no puede ser objeto de estudio exclusivo de los ciencistas políticos o los académicos, dado que organismos internacionales que regulan lo político, lo económico-comercial, lo vivencial (salud, expresión-comunicación, etc) amparados en la declaración de los derechos universales del hombre, acotados en sus maniobras fácticas o prácticas, por tanto que solamente condicionan desde lo teórico o teorético, por la autodeterminación de los pueblos, encuentran en el logos occidental, dialógico o que dialoga, de un tiempo a esta parte, con el oriente, adormecido o aletargado por el opio de la razón instrumental impuesta por aquel occidente en los periodos de conquista, no han resuelto este dilema trascendental que vincula dos continentes, dos expresiones de ser ante el mundo; la latinoamericana y la africana… el erario público, que sostiene cada una de las universidades de estas partes del mundo, deja de estar presente en otros ámbitos, tan o más necesarios para la mayoría de estos pueblos, es decir, el pupitre de la universidad y el pizarrón, significa y representa una anestesia menos en un hospital, una puerta menos en una casa para una familia indigente. Sin querer significar otra cosa de lo que afirmamos simplemente queremos preguntarnos y preguntar. ¿Cómo le ha devuelto la filosofía esta inversión a su comunidad? ¿Le ha brindado acaso un sistema político, educativo o social nuevo? O ¿Ha fomentado cierto onanismo intelectual, en donde en el mejor de los casos, como subproducto o como resultante brindó tanto a su comunidad como a la comunidad internacional, no sólo decenas de miles de tesis doctorales que duermen el sueño de los justos en libros que nadie lee, sino también doctores que colonizados en sus conceptos eurocentristas no colaboran o contribuyen para que pueda darse la posibilidad, que desde las aulas o fuera de ellas, pensemos en términos más relacionados con nuestras características y peculiaridades culturales?”.

Un intelectual que se sale de su ámbito natural, con lo que ello le podría conllevar, posibilita que esa discusión se dé en el ámbito de la política, de lo político.

Es decir que cuando se planteen las necesidad de consagrar derechos, de encontrar un modelo más acorde a lo que somos, en el día a día, no se ponga como finalidad, la frase fetiche o ilusoria de que se lo pretende hacer “para transformar la realidad para bien, o para que todos vivamos más felices”, esos eufemismos a los que la política se ve tan conteste.

Los políticos, deben dar cuento de lo indispensable que se ha transformado el pensar en la política, no en los términos académicos o teóricos, sino en su ejercicio, en su práctica, en la capacitación de dirigentes y referentes, en la profundización de la participación ciudadana, en que en tiempos de oferta electoral, los elencos estables (o que sean siempre los mismos) sea más lo extraordinario que lo ordinario, y en tantas cosas más que debe surgir precisamente de esa intensidad del pensar la política desde el hacer.

No debemos esperar que la irracionalidad de los enajenados de turno, apuntalados por los idiotas útiles de siempre, nos den sorpresas desagradables, como la tan temida en el título, o como la, lamentablemente, más asequible, de robos o saqueos en nombre de la necesidad de pasar las fiestas con mayores recursos que los brindados por el estado y sus administradores.

Es hora de que la política piense, porque cuando por tiempos no lo hace, los que no piensan toman decisiones, por lo general siempre desacertadas, vindicatorias y en algunos casos, subversivas y antidemocráticas. Como aquellos guerreros del Iberá, que de acuerdo a los lugareños y baqueanos son los verdaderos dueños de esa tierra, en la que hemos caído de prestado y tenemos la obligación de al menos devolverla tal como la encontramos.

 

   Extraído de dossier de Escuela Correntina de Pensamiento. Acendramiento teórico y teorético de autores como: Portela, Yampey, González Cabañas, Coria García entre otros.

 

 

 

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