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CULTURA

18 de junio de 2017

Carta cerrada al padre que no tuve y al hijo que no me gustaría tener

Quiero que sepan ambos que ustedes son tan inexistentes como la sociedad que pretendo, sin embargo no por ello me conformare con la realidad parca e insulsa que nos condena a un transitar sin más aspiraciones que las de una acumulación ingrata y estupidizante de bienes pueriles que para mal de males, encierran en una lógica perversa y nimia, a quiénes caen, casi sin resistencia, en embauque tan pacato, que ni la supuesta profundidad de la filosofía (aburrida tribulación de tipos muy raros que hablan difícil) puede zaherir y que la política (el arte de lo posible para pocos) se empeña en legitimar como si fuese lo justo y lo máximo a lo que podemos aspirar.

No estaría en el aquí y ahora (el famoso “dasein” heideggeriano) garabateando conceptos que embrujadamente se empeñan en salir, como si fuesen la parusía, el acabose sexual o tal vez existencial.  Y no pocos, esos nefastos de siempre que abundan, se preguntaran si uno no ejerce posición dominante, al verter una especie de confesión, una masturbación mental o un vómito oportuno ante tantos sapos tragados, que ni un solo lector se merecería tener frente a sus ojos en un espacio como este, tamaña confabulación de sustantivos y adjetivos tendientes a arruinarle o pretender al menos, la supuesta felicidad de alguien.

 Siempre he pensado, que uno no puede ser tan egoísta de creer que todo lo que le pasa, acontece o sucede, no le ha sucedido a nadie, es como sí de alguna manera actuamos las líneas de un libreto pre establecido, y los pocos que caen en cuenta de ello, tienen la posibilidad de esos huecos de felicidad, es decir de correrse un poco de la letra y ser libres por instantes, por espacios muy acotados de puro y real placer. Claro que muchos, se extasían con declamar a la perfección el papel que les ha tocado y eso está muy bien, pero ellos no entran en esta consideración.

De haber sido tal mi caso, jamás me hubiese hecho ni uno de estos planteos y seguramente, debe tener que ver con la afirmación del título, pero los ejercicios contrafácticos en la vida real son excusas, por tanto, uno debe hacerse cargo de aquellas cosas que no ha elegido y con las que debe lidiar a diario.

Siempre he creído, mejor dicho he sentido, un mar revuelto de sensaciones, ante casos de suicidas que de buenas a primeras, o según el relato de la crónica policial a veces apoyada por la familiar, sin ninguna explicación o sin razones aparentes terminan con sus vidas.

Lo angustioso para mí, eso que me invade, que me rebela, que me desborda, no es siquiera la muerte misma, porque en verdad nada es consistente en el fenómeno humano, menos desde la óptica de una crisis existencial, además todos partimos de este mundo o lo dejamos, la forma, la manera y el tiempo transcurrido aquí siempre es lo de menos, lo insensato, lo inexplicable, lo que sí puede modificarse, es la falta de respeto, de consideración, el ninguneo que se le sigue propinando al suicida.

Un suicida no siempre es un boludo, un enfermo, un pobre tipo, un carente de sentimientos y todo ese tipo de adjetivaciones que utilizan ciertos charlatanes de feria, disfrazados de galenos, que dan cursos, conferencias y cátedras, para engordar sus bolsillos o egos, hablando de “cómo prevenir el suicidio”.

Ciertas veces, el tipo que prefiera aventurarse a la nada o al todo del más allá, en verdad está harto del más acá, y ese hartazgo, es mucho más fácil endilgárselo al loquito, al drogadicto, al infeliz, esto que es más viejo que la ciencia, y que muchos pensadores que nos precedieron nos acusarían de plagio, en verdad debe ser reflotado cada tanto, debe salir a la consideración pública, porque de eso se trata la comunidad, de poner arriba de la mesa, aspectos de la misma, que se silencian ex profeso, para no dejar en evidencia, que muchas veces fracasamos en poder brindar certezas o respuestas, y esa supuesta debilidad en verdad debería ser nuestra fortaleza.

No siempre podemos saber que ocurrirá, sea con el clima, con la cosecha, con la política, o con nuestros propios pasos (el famoso ejemplo de que se te cae una maceta en la cabeza), y eso genera una angustia lógica, pues nos  descubre como lo que somos y no podemos tolerar; seres incompletos, contradictorios, inconsistentes.

Esa angustia, que algunos la sobrellevan entregándose a una adicción, está cada vez más penalizada por esta sociedad que te pretende, “sano, productivo y obediente” y que por tanto desprecia a quiénes hacen lo propio con ella.

Claro que despreciarla, es una forma de amor, aquel famoso adagio de que no se odia lo que no se amó, es veraz, y muchas veces, los vanos intentos por modificar ciertas cosas, que caen en fracasos consuetudinarios, llevan a cierto hartazgo, cansancio, aburrimiento, sopor.

Es en aquél instante, ese mismo que nos daba placer pleno, en ese hiato de libertad, esas dosis homeopáticas de sensaciones orgásmicas, que como tales, son tan breves que resultan imposibles de eternizarlas, cuando el potencial suicida actúa y se transforma en estadística, pero la lectura que no se hace, es que en verdad, son los muertos que nos llevamos puestos, todos y cada uno de nosotros, al hacer de este mundo, cada vez más automatizado, cada vez más normado por la costumbre, cada vez más apadrinado por un deber ser, irreal y ficticio que nos conduce a la mansedumbre alienante de vivir encerrados en un sistema que por temor a la desventura nos impide ser libres, palpitar ante lo desconocido y cabalgar la incertidumbre, a fuerza de sobre exigirnos en nuestra creatividad y en el desafío de superar el temor al miedo.

Hubiese sido más fácil hacerme el boludo, claro que sí, pero quizá esa orden que uno quiere cumplir, la esté cumpliendo, la de señalar esto mismo, la de recordar a todos y cada uno de nuestros muertos sociales, que se han ido, ni siquiera incomprendidos, sino dejándonos el mensaje que aún no hemos decodificado que somos una sociedad que a costa de alcanzar tantos logros materiales, tecnológicos y científicos, está plenamente desbordado de comprensión, de humanidad, de sentido social y colectivo, en el sentido más amplio de ambos términos.

No sería necesario filosofar, o estampar citas filosóficas para argumentar esto mismo, mucho menos, entrar en el terreno de la política para dar muestras de lo que señalamos.

Basta con que usted mire un poco más a su alrededor, quizá a una distancia tan cercana que no puede vislumbrarla con exactitud, algo le está pasando a ese sujeto, y no requiere precisamente de discursos moralizantes, de ejemplos referenciales, de retos, de penalizaciones, de certezas o de seguridades, a veces un ser humano se siente tal, con un abrazo sincero, desnudo, apacible, de quién con ello también le está diciendo, no sé de qué se trata esto y de si vamos o no por el camino correcto, pero en la medida que se pueda estaremos juntos para enterarnos.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

 

 

  

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