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FILOSOFíA

9 de enero de 2022

Schopenhauer: la voluntad de querer vivir. ANA DE LACALLE

Hay pocos filósofos que, viviendo de su actividad académica, se hayan atrevido a ser tan honestos con su percepción de la existencia humana. Morenos Claros en su obra Schopenhauer, una biografía , expone la misión que el filósofo alemán se atribuía a sí mismo:
“Schopenhauer se presentaba a sí mismo ante los profesores y los alumnos de la magna Universidad de Berlín cual justiciero que venía a devolver las aguas a su cauce natural, y que restituiría para la filosofía la dignidad y la claridad que jamás debió haber perdido. Los ataques al hegelianismo y sus secuaces eran evidentes. Los pasos que debían darse para conseguir tan elogioso propósito los expondría aquel nuevo Don Quijote filosófico de forma contundente y tajante en un curso que, días después, aparecía anunciado en los tablones de lecciones de la Universidad con el pomposo título de Filosofía exhaustiva o doctrina de la esencia del mundo y del espíritu humano.”

Durante tiempo se ha hecho referencia al enfrentamiento que de forma más o menos ostentosa mantuvieron Schopenhauer y Hegel. En el caso del primero las arengas contra el pensador racionalista eran, a menudo, explícitas. Pero al margen de las razones auténticas que le llevaran a ello —tal vez la envidia a Hegel por ser considerado el gran filósofo y maestro de la época, cuestión que quedó evidenciada por la popularidad de las clases de Hegel, frente a la escasez de alumnos de las de Schopenhauer— lo cierto es que Schopenhauer desarrolló su filosofía, calificada de pesimista, con la convicción de que estaba recuperando el lugar para la filosofía en el mundo, frente a especulaciones abstractas que le resultaban estériles para la existencia humana. Así en su legado en seis volúmenes, aquel —quien sería posteriormente gran referente de filósofos como Philipp Mainländer y Nietzsche— vio en la voluntad un querer vivir, un deseo destinado a ser insatisfecho nos decía:

Todos hemos nacido en Arcadia[1], es decir, accedemos al mundo llenos de pretensiones de felicidad y placer, y guardamos la estúpida esperanza de llevarlas a cabo, hasta que el destino nos agarra rudamente y nos muestra que nada es nuestro, sino que todo es suyo, ya que no solo posee un innegable derecho sobre nuestras pertenencias y adquisiciones, sino sobre nuestros brazos y piernas, ojos y orejas, e incluso la nariz en medio del rostro. Luego llega la experiencia y nos enseña que la dicha y el placer son meras quimeras que se nos muestran en lontananza, mientras que el sufrimiento y el dolor son reales y se dan de forma inmediata sin precisar de la ilusión o la esperanza. Si esta enseñanza da sus frutos, dejaremos entonces de buscar la felicidad y el placer y tan solo intentaremos huir del dolor y el sufrimiento tal y como sea posible. “El hombre moderado rehúye los placeres, el prudente persigue lo que está exento de dolor, no lo que es agradable”. Comprendemos que lo mejor que podemos encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si damos con ello, sabremos valorarlo y nos cuidaremos mucho de arruinarlo mediante incesante añoranza de dichas pasajeras o con angustiosas preocupaciones respecto a un futuro siempre incierto que, a pesar de nuestra lucha, recae enteramente en las manos del destino.[2]

Schopenhauer intenta despertarnos del sueño calderoniano: nacemos llenos de ensoñaciones de felicidad y de una vida idílica. Pero el destino, aquello a lo que todo humano se ve abocado, nos sacude abruptamente para que nos apercibamos de que nada nos pertenece, porque incluso lo corpóreo está en manos de ese fato. Somos seres inmersos en una circularidad —heredera del estoicismo— regulada por una voluntad, un querer vivir siempre insatisfecho.  Y es la experiencia, el ir existiendo el que nos permitirá alcanzar la conciencia de que la dicha es algo tan lejano, que casi no puede atisbarse, mientras que lo real es el dolor y el sufrimiento. De esta forma nos hallamos es condiciones de aprender, entre una oscilación epicúrea y estoica, que lo posible es huir y evitar el dolor, lo único que se halla a nuestro alcance. No es casualidad que estas palabras del gran maestro sean de una actualidad rabiosa en un contexto en el que filósofos, sociólogos y psicólogos —por mencionar algunos de ellos— han traído la incertidumbre, la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano como lo universal que, a su vez, nos particulariza en cuanto su intensidad varía según la ubicación en un lugar u otro del planeta. No obstante, la cultura occidental ha recibido en primera persona un revés con relación a su narcisismo cultural y científico. Suceso que no parece habernos hecho más que agudizar el egocentrismo del que ya hacíamos gala. Así, en contra de los pronósticos iniciales de que la pandemia nos haría mejores personas, entiendo que lo poco que se ha podido vislumbrar es que esa mejora se haya producido, ni tenga visos de hacerse real en ningún momento.

Retomando el texto de Schopenhauer, constatamos que incluso lo corpóreo no es más que la manifestación física de la voluntad de querer, deseo, ansia, anhelo. El término corpóreo ha adquirido actualmente una relevancia significativa en la medida en que las concepciones de lo humano, inclusive las menos materialistas, no pueden prescindir del lugar, el tiempo físico y nuestra manifestación material para entender cómo ser humano con una vida digna. El pensador alemán ya advierte, en la primera mitad del S.XIX, que el humano concreto, determinado por su corporalidad y su espíritu —que constituyen como mucho dos aspectos de una unidad cuya separación es inadmisible para él— está en un mundo concreto sometido a las vicisitudes del devenir, y que tan solo quien se aferra al presente puede encontrar cierto sosiego interior. El cómo vivamos depende de nosotros, de nuestra actitud, aunque aquello que acontezca y nos vapulee solo pertenece al destino. La única lucha es por tanto interna, plasmada en ese eludir el dolor y no en buscar una dicha quimérica. Aquí, cabe aludir a lo que Schopenhauer denomina principio de individuación, que surge como conciencia de uno mismo cuando la voluntad de vivir, como esencia de la cosa en sí, se particulariza como representación del individuo que egoístamente afirma esa voluntad. De ahí que en la medida en la que el entendimiento movido e impulsado por ese querer vivir, no pudiendo zafarse de su singularidad, sea lo único que debe ser: afirmación de la voluntad de vivir.

Como apunta, extensamente, en su obra magna:

Pero, tan pronto como la conciencia del propio yo, la subjetividad, es decir, la voluntad, adquiere de nuevo la supremacía, se apodera de nosotros, en el grado correspondiente, el malestar y el desasosiego: malestar en la medida en que la corporeidad (el organismo, que en sí es la voluntad) se hace de nuevo perceptible; desasosiego en la medida en que la voluntad, por vía intelectual, colma de nuevo la conciencia de deseos, afectos, pasiones y preocupaciones.[3]

O sea, la voluntad es principio de subjetividad y cuando adquiere el domino fluye el malestar de los deseos, afectos no satisfechos, motivo por el cual, dirá el pensador alemán, la negación de la voluntad es lo único que nos sitúa en el desafecto necesario para poder aspirar a la mayor paz y sosiego.

Con la pretensión de simplificar lo que el filósofo pesimista se esfuerza en explicar —y asumiendo el riesgo que implica sintetizar lo complejo—, diría que la voluntad de vivir es el motor, el impulso de toda la naturaleza, y nosotros como cuerpo que somos, estamos bajo su absoluto influjo. Ahora bien, ese querer vivir y afirmación de la pasión, el deseo comporta el disfrute y el dolor, y como no está en nuestro poder el control de lo externo que nos produce unas pasiones u otras, parece que la mejor forma de existencia es aquella que se contrapone a la fuerza e intensidad de un vivir descontrolado y oscilante en lo agradable y desagradable. Dicho de otra forma, la negación de la voluntad de vivir es de hecho, no la negación de la existencia, sino del sufrir y el padecimiento; por ello Schopenhauer concibe que el ascetismo, la indiferencia hacia esa vida desbocada, cultivar el intelecto para que este sea capaz de prescindir de toda pasión, es la vía más benévola de existencia. Paradójicamente, para el pensador alemán, es quien afirma sin reflexión el querer vivir el que asume más riesgo de acabar con su existencia, debido al sufrimiento y al dolor. Mientras que quien niega la voluntad de vivir, lo que niega es el padecimiento y apuesta por la ataraxia, que le permitirá existir como lo que es, un cuerpo azotado por una intensa pulsión, pero que en cuanto ser más inteligente de la Naturaleza está capacitado para templar relativamente esa voluntad subjetivada.

Tal y como explica Safranski:

(…) la cabeza es para Schopenhauer una parte del cuerpo. Pues el pensamiento de la cabeza es, en último término, solo una acción de la voluntad. Pero la voluntad que abarca, toda nuestra constitución, se manifiesta en nuestro cuerpo con diferentes grados de fuerza y perceptibilidad.[4]

Esta diversidad de grados es, en definitiva, la intensidad de los placeres o de los más intensos padecimientos del individuo impulsado por su voluntad de vivir. Disfrutes o sufrimientos que puestos en una balanza se inclinan siempre hacia el dolor como una pasión más intensa y que no puede ser compensada por los placeres.

Así, optar por la vida ascética es la vía para una existencia lo más armónica posible, y esto, porque de alguna manera la puerta de salida está vigilada                                               por guardianes terribles como la muerte y sus temores[5]. De esta forma la existencia nos protege de la muerte y viceversa. Porque nos consolamos del sufrimiento existencial gracias a la muerte, y de la muerte con los sufrimientos de la vida, que nos acaban pareciendo un mal menor. Obviamente, cuanto más desapegado está el humano de la voluntad y del sentir que ésta comporta y se orienta hacia esa vida ascética, horizonte que debería tener cualquier humano, logrará que su existencia sea lo más sosegada posible.

Mas, sería insostenible creer que la negación de la voluntad dependiera de una decisión o una elección individual, ya que sería aceptar que es la consecuencia del intelecto o el conocimiento, independiente y capaz de dominarla. Así, la única manera de hacer inteligible la negación de la voluntad es como un acontecimiento del ser, ya que siendo la voluntad todo, no puede ser negada más que por ella misma, como autosupresión.

Es, en definitiva, haber entendido que lo fenoménico es el mundo como representación, y la esencia de las cosas el mundo como voluntad,[6]y que la identidad metafísica de la voluntad como cosa en sí, en esa diversidad de manifestaciones o fenómenos, entre ellos el que deriva en el principio de individuación, se basa en la simpatía —caridad, el amor sexual y la magia— o las virtudes morales de la justicia, la compasión que implican que el que es justo no descarga su sufrimiento en los otros, y el que es compasivo toma sobre sí los sufrimientos destinados a otros. De esta forma, quien está movido por estas virtudes reconoce su ser en los demás, y asume para sí la misma suerte que para toda la humanidad, desprendiéndose del apego a la vida y sus placeres y aconteciendo el momento de la negación de la voluntad de vivir, y desapareciendo la individualidad o el egoísmo propio de esta.

Siendo la voluntad de querer vivir todo, la clave se halla en realizar una hermenéutica de la existencia que nos permita aprehender este principio único desde el cual podemos comprender por qué mantenemos la existencia, eso sí buscando la manera más benigna, y, por ende, cuestionar si ese pesimismo con el que se ha calificado su pensamiento no sería más propio denominarlo realismo. Schopenhauer no se esconde tras quimeras imposibles, y como asevera en su principal obra—citada en este artículo— el filósofo va en su indagación de lo externo a lo interno, por lo que aquello que el mundo es como representación del intelecto debe ser fiel a la voluntad del sujeto, aunque eso conlleve afirmar no solo alegrías, sino el sufrimiento que comporta vivir.

 

[1] Región de la antigua Grecia. Con el tiempo, se ha convertido en el nombre de un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, sobre todo del Renacimiento y el Romanticismo. En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico habitado por una población de pastores que vive en comunión con la naturaleza, como en la leyenda del buen salvaje. En este sentido posee casi las mismas connotaciones que el concepto de Utopía o el de la Edad de oro.

[2] Schopenhauer. A. Parábolas y Aforismos. Recopilación, introducción, traducción y notas de Carlos Javier González Serrano. Alianza Editorial. 2020.

[3] Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación. Vol. II. 420. Pgs.401-402. Editorial Gredos.

[4] Safranski, R. Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía. Tusquets Editores, 2011. Pg. 300

[5] Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación. Vol. II. 664. Pgs.621-622. Editorial Gredos

[6]   Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación. Vol. II. 568. Pgs.569. Editorial Gredos

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