Viernes 30 de Octubre de 2020

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Precisamos imperiosamente revitalizar la palabra para generar un diálogo político.

“El jefe es aquel que debe hablar. Un jefe ejerce su autoridad con la palabra como el elemento más opuesto a la violencia” (Clastres, P. Chronique des Indiens Guayaki. París. Plon. Coll, p 161). En Francia, Clastres, admirador del Alemán Heidegger y su definición “El lenguaje es la casa del ser, a su abrigo habita el hombre” y otros tanto mediante, han estudiado ciertas comunidades Guaraníes, llevando a estos tener un prestigio inversamente proporcional al destrato que reciben por parte de quienes habitamos próximos a ellos. En su trabajo de campo, vivió con la rama mencionada de la etnia Guaraní, otorgándoles el don, Heideggeriano, de poetas, por el cuidado y la constitución de la sociedad misma, en su substancia como en su autoridad, separadas, mediante lo que luego los occidentales llamaríamos logos, palabra y el entrecruzamiento de los mismos, que es ni más ni menos que el diálogo. Los que habitaron nuestras tierras, en forma primigenia y que son estudiados por la elite intelectual europea, daban valor a la política, desde su acuerdo con la palabra, siglos después, devenimos, desbarrancamos en la noción de que la política es el amontonamiento de sellos, de envases (leáse partidos) que cosifican a los hombres y hacen uso de sus necesidades más urgentes, para hacer demostraciones de fuerza, que son replicadas en serie en donde se privilegia, se promociona el absolutismo de la posición única, el totalitarismo del vínculo mando y obediencia, el verticalismo de la lógica del amo y del esclavo que recluye, que ocluye, que obstaculiza e impide la palabra y por ende la posibilidad de diálogo, como de política.

La necesidad de tener un pequeño Puigdemont ilustrado.

El intervenido gobernante Catalán logró algo que no hizo público y que tal vez tampoco, aún, apoyen la mayoría de los catalanes. Sentó un precedente, que servirá para que en algunas décadas, los mismos que hoy dicen y publican que no logró lo que supuestamente se proponía o que fracaso al intentarlo, hablarán del momento actual que habrá servido para aquel entonces. El orden occidental, pareciera irse hacia el escenario que describe el filósofo (Dugin) de Putin, quién bajo términos más o menos precisos, expresa que la división política futura (inmediata) no será bajo la lógica de los fronteras territoriales y estaduales, sino por vinculaciones, difusas como intrincadas de nacionalidades que con fundamentos atávicos se difuminarán para volver a reunirse. Para ponerlo en términos prácticos que desde nuestro muladar, tengamos en relación a las provincias vecinas, entre cuatro y cinco veces más edad o antigüedad, que contemos con la pre-existencia de una lengua (que forma parte de nuestro idioma oficial mediante ley), una religión, cultura, filosofía y cosmovisión (que podría reunirse en el apotegma de la “tierra sin mal”) no significa que tengamos que salir a pedir por una suerte de reivindicación ancestral (al estilo Mapuche) como tampoco a reunir un grupo de excéntricos que peleen por la tierra (como el ejercito del pueblo paraguayo) pero sí le podría significar al gobernador de estas tierras, las mismas que contienen a Ituzaingó como esa capital de la Nación Guaraní, que tenga elementos más certeros como dúctiles para reclamar recursos coparticipables, obras y contante y sonante ante la Nación.

El legado Yampey: "Protege nuestra palabra, porque, para el guaraní, la palabra es alma” (Yampey, Girala).

Cuando desde estas columnas lo consigamos como “Uno de los siete sabios de Corrientes”, Yampey con su enorme sabiduría musito una sonrisa, tal como nos tenía acostumbrados cada vez que podía recordarnos de la importancia de la cosmovisión guaraní, en su condición de antropólogo cultural, en su calidad de heredero del acervo más preciado de la tierra sin mal, pero por sobre todo, en su calidad y candidez de persona, sabía muy dentro suyo que las cuitas comunicacionales necesitan a veces de títulos que llamen la atención, de hipérboles contundentes, sin embargo el haberlo considerado de tal modo, y en su caso, no era una exageración, en todo caso un humilde reconocimiento. Conocedor del alma humana, y por ende de sus riquezas como de sus miserias, Yampey fue el único de la mesa histórica desde donde nos contemplaba, que rompió el cerco, que tuvo la grandeza y el tino de preguntar que sucedía en-rededor, teniendo en claro que el resto de sus contertulios nunca haría cosa semejante, sin por ello, juzgarlos a estos; “Son así” nos decía con un dejo de tristeza, a sabiendas de lo que podrían estar perdiéndose sus parroquianos de siempre. Al tomar conocimiento de la nota que a modo de homenaje transcribiremos, no fueron pocos los que pretendían ese “título supuesto” de sabio correntino, que nos había surgido el consignar para la vida y obra de Yampey. En medio de la polémica suscitada, muy por debajo nos miró fijo y nos dijo “Levanto polvareda”. Ojala que todos y cada uno de los que hayamos conocido a Yampey, tomemos como referencia su calidad humana, así nos obligaremos a no extrañar su presencia física, pues su legado es enorme, sideral, siendo parte, sin duda alguna, de las páginas más destacadas de nuestra historia.