ANÁLISIS  22 de junio de 2015

El Mosquito contra el elefante

Tal como el enfrentamiento Bíblico entre David y Goliat, la lucha de Sebastián Castalión contra Calvino, o el mosquito contra el elefante, se constituye en acabada muestra de como la humanidad, de tanto en tanto, escoge a ciertos hombres para dar esas disputas que dotan de sentido siglos de existencia humana. Sí la política solo fuera realizada desde el funcionariado, desde la “oligarquía de los cargos” o el aparataje de las estructuras, las elecciones tendrían que volverse a resolver como en los años del “fraude democrático”, al menos existen algunos, que enarbolan las ideas, los proyectos y las propuestas, por sobre lo efímero de los hombres y nombres.

Cerrado el plazo de la elección nacional, para la inscripción de los nombres de los precandidatos, resuena en aquellos, la queja de un tiempo a esta parte, que pueden esbozar un pensamiento hacia su comunidad; la calidad de los políticos, que con descaro, cada vez más desfachatado, estampan sus nombres, por la egolatría de verse en afiches, escucharse en el éter de las radios, leerse en los portales, o por la ambición de hacerse de unos pesos de más ante la posibilidad de arribar al cargo. Y esa pregunta, que pierde fuerza ante la evidencia, se construye como resistencia silenciosa, casi como resilencia social, en caso de que existiera un concepto así, entonces y ante la proximidad de un nuevo cierre de nombres, esta vez para las de concejales, y advirtiendo que probablemente ocurra lo mismo, aquellos con esa molestia social de pretender que sus políticos aumenten su nivel cívico, podrán encontrar en los retazos de la historia grande, algunos ejemplos que dan sentido, a las luchas que parecen Quijotescas, imposibles y con un resultado cantado. 
Todos conocemos el acto de Fe que hizo David, al enfrentar al gran Goliat, nada mejor que recurrir a la Biblia como para recordarlo con precisión, pero de esa historia, se desprendieron varias más, con connotaciones religiosas, pero también sociales y políticas, es el caso de Sebastián Castalion contra Calvino o El Mosquito contra el elefante:
“Castalión, — y ésta es su inmarcesible gloria — es el único de todos estos humanistas que avanza resueltamente al encuentro de su destino. De modo heroico, se atreve a alzar la voz en favor de los compañeros perseguidos y con ello se juega su propia existencia. Totalmente libre de fanatismo, aunque amenazado a cada instante por los fanáticos; en absoluto libre de pasión, pero con una firmeza tolstoyana, alza, como una bandera, por encima de aquellos furibundos tiempos, su declaración de que ningún hombre debe ser forzado jamás en sus opiniones y que sobre la conciencia de un ser humano no le es lícito nunca ejercer violencia a ninguna potestad de la Tierra; y como esta declaración no la formula en nombre de ningún partido sino en el del imperecedero espíritu de la humanidad, sus pensamientos, lo mismo que algunas de sus palabras, han quedado por encima del curso de los tiempos. Siempre, cuando están formulados por un verdadero artista, conservan su sello los pensamientos de un universal valor humano, que trascienden por encima de todos los tiempos; siempre son de mayor duración las declaraciones que enlazan al mundo entero que las particulares, doctrinarias y agresivas. Como modelo, sin embargo, para todas las generaciones posteriores debería ser conservado el valor, no por nadie imitado y digno de serlo, de este hombre olvidado. Pues cuando Castalión, a despecho de todos los teólogos del mundo, llama a Servet, víctima de Calvino, un asesinado inocente; cuando contra todos los sofismas de Calvino arroja estas inmortales palabras: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina sino matar a un hombre"; cuando proclama, en su Manifiesto de la Tolerancia, de una vez para siempre, (mucho antes de que lo hagan Locke, Hume, Voltaire y de modo mucho más magnífico que ellos) el derecho a la libertad de pensamiento, entonces este hombre, como prenda de sus convicciones, se juega su vida (Stefan Zweig).”
La verdad, que sí a uno no se le heló la sangre al leer esto, sino se le humedecieron los ojos como mecanismo espontáneo, si no le palpitó el corazón o sus pulsaciones aumentaron, si como acto reflejo no se le hincho el pecho, o por un instante no deseo ser este paradigma de la libertad, pese a lo que tuvo que padecer para ello, entonces seguramente usted se sentirá identificado con quienes piensan que gravitaran mediante la intrascendencia y lo efímero de un par de carteles donde salen con risa forzada, rentando pegadores para ello a los efectos de acrecentar un ego que va como barrilete sin cola, a cualquier cuarto oscuro, bajo cualquier denominación o partido, acompañado o no con cualquier otro pelafustán de la misma condición, avalando una orgía de pretensiones altaneras y pedantes de hombres del tamaño de una billetera y del contenido de una cuenta bancaria, que eyaculan satisfacción al escucharse, verse y leerse en lugares a los que sólo acceden por oblar, esas sumas que los terminan encadenando en un circuito en donde quedan expuestos, al eslabón más triste de la cadena, cuando el acto eleccionario finaliza.
La comunidad, el pueblo, la gente o como los quieran llamar, conoce a estos hombres, los recibe hasta con lástima, los aprovecha  en cuanto a la pingue materialidad que ofrecen, no los rechaza por caridad, no los insulta por educación, pero los tienen recontra junados, saben que son los que dan vueltas como los caranchos ante la carroña, o los modernos correambulancias o los rompehuesos, saben que no son muchos los David, los Castalión o los mosquitos, pero también son conscientes que existen y que no necesitan mucho más que voluntad férrea y coherencia en el accionar para dejar en evidencia a los impostores, a los elefantes, carentes de alma, de sentido y de espíritu, al menos político.
  

  

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