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8 de octubre de 2026

La comunidad organizada entre la sociedad y el estado.

Asoma, entre los resquicios que permite el hermetismo del algoritmo, una incipiente consideración a conceptos fundamentales, que bien valen la pena destacarlos y fomentarlos a los efectos de un incremento en la consideración pública.

El predominio de las diversas expresiones políticas que se reconocen en el liberalismo y sus diversas fases o facetas, no discuten, como signo de unidad la expresión más mínima posible del rol del estado. A diferencia de su contraparte, la izquierda y sus distintos significantes, la ciudadanía compite en una sociedad de mercado o de negocios, en la versión opuesta al estado presente a los efectos de garantizar la mayor cantidad de expresiones en las que se reconozcan los integrantes del pueblo. Una suerte de comunismo en cuotas que nunca llegará a conformarse.

Alberto Buela mediante, algunos descubren, otros recuerdan, una de las tantas singularidades de la “argentinidad”, que independientemente del acuerdo o desacuerdo que nos genere, los que nos dedicamos a la filosofía política no podemos dejar de lado.

Hablamos de “La comunidad organizada” presentada en el congreso de filosofía de Mendoza de 1949, implementada política y parcialmente (hasta el golpe de estado de 1955 bombardeos a la plaza de Mayo mediante) y constitucionalmente en 1951 en la Provincia del Chaco.

La democracia hegemónica y el olvido de lo comunitario.


Así como tiene el que usa y no el que acumula, la confusión entre noción y realidad creó la ambivalencia entre lo particular y lo general, y la difícil interacción de la que somos producto como resultante.

El orden simbólico, que se manifiesta en la falta, en todo aquello que no está presente, determina la inercia de la que somos víctimas como victimarios.

Es fácil hacer visible en una alegoría, metáfora o imagen este conjunto de palabras difíciles, que para muchos será la injustificable soberbia de una pluma que incordia con saberes preexistentes y para muchos menos la prueba irrefutable de sus pobrezas intelectuales.

La forma más lineal y directa de pretender tapar la falta que nos constituye (de haber nacido sin razón alguna y morir sin saber qué ocurrirá) es la de negar las mismas o la de hipostasiar la presencia.

Es precisamente lo que hizo Hegel, de acuerdo a la lectura de Marcuse con el estado; “La urgencia por preservar el sistema predominante lleva a Hegel a hipostasiar el estado como un dominio en sí mismo, situado por encima y aún opuesto a los derechos de los individuos. El estado tiene una autoridad o fuerza absoluta. Le es totalmente indiferente que el individuo exista o no” (Marcuse, H. “Razón y revolución”. Alianza editorial. 1997. Barcelona. pág 200). Este procedimiento rudimentario, consagró la obra singular de la filosofía del derecho, deificando el hegelianismo, a pesar de que es mucho más que tal apartado del que se instituyó como el todo.

Como toda teoría que se ofrece como posibilidad para hacerse efectiva, encontró un contexto histórico. En aquel momento lo fue la revolución francesa (que contratismo mediante, alumbró la representación directa dividida entre los que se sentaban a la izquierda o a la derecha del centro) hasta el imperio napoleónico. El certificado de defunción extendido para el sistema feudal.

Nació de tal manera, el estado de derecho, se entronizó bajo la férrea disciplina que impondría la academia tras la “filosofía del derecho” el anular u olvidar la indagación por el orden simbólico, cuestionar precisamente las faltas constituyentes como las continentes y agacharnos sin más bajo la vara de lo normativo.

Tal como lo hicieron con los griegos (especialmente con Platón y Aristóteles) escondieron de Hegel su valoración por la monarquía hereditaria para en tal ocultamiento generar o degenerar en un estado de derecho “democrático”.

Se dieron en Europa las experiencias fascistas y comunistas que ordenaban las masas desde la noción misma del valor y peso del estado por sobre las mismas. El giro democrático, surgió, bomba atómica mediante (la prevalencia de la fuerza) por parte de los EE.UU. que a diferencia de lo que sucedía en Europa, organizaba su “polis” desde la consideración de su cuerpo societario o sociedad civil, administrando sus competencias y contradicciones mediante la adquisición de resultantes mayoritarios, sea en el campo económico o electoral-institucional.

Tras la caída del muro, más que el triunfo del capitalismo, la democracia se constituyó como significante amo.

Sepultado como otras experiencias de organización política, en distintas tribus del globo, la comunidad organizada que propuso el “justicialismo”, tuvo la perspicacia de haber querido ser parte de lo occidental. De allí que se formuló para un congreso internacional de filosofía y se expresó con el atrevimiento de una tercera posición. En un territorio nacional, que se provincializó (actualmente Chaco), su constitución reconocía la legitimidad de origen de los actores o integrantes de las organizaciones libres del pueblo (comunidad organizada) para que ellas mismas (mediante elección entre sus diversas colegiaciones) conformaran una cámara de representantes en igual medida que la tradicional votada por el pueblo.

El reconocimiento a tal intermediación, disloca la consideración tradicional de representación y por ende de lo democrático. La comunidad que se organiza, debe participar del estado y definir de acuerdo y luego, su valor, peso y tamaño.

El epicentro no está situado en una sociedad donde prevalezcan las leyes, sean o no de mercado, ni tampoco en nociones de pueblo subyugados por la dimensión del estado. Filosóficamente es el reconocimiento del ser gregario, de que uno es en tanto el otro lo reconoce en un momento dado.

Alexander Dugin observó esto mismo al plantear la cuarta teoría política. Que es ni más ni menos que la tercera posición en ruso y sobre todo cuando define al capitalismo no como un sistema sino como una religión.

El dios muerto fue reemplazado por el consumo activo. Del estado se pasó al espíritu. De la metafísica al esoterismo. La idea es volver a las preocupaciones comunes, o del sentido común o comunitario.

No se trata de desempolvar libros viejos, tampoco de resucitar muertos o inventar fantasmas. No estamos haciendo política, al menos por ahora. Simplemente nos pareció interesante el proponer la presente reflexión.

El concepto de comunidad organizada, no es de izquierda ni derecha, posee fundamentos filosóficos, tuvo su anclaje constitucional, redefine lo democrático, piensa el estado en su inevitabilidad consecuente y no en su inicio condicionante, más allá de su principal hacedor y su quehacer político, no deja de ser una noción surgida en la Argentina y no estaría mal que la pensemos en nuestras condiciones actuales.



Por Francisco Tomás González Cabañas.

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