27 de septiembre de 2026
Peronismo muerto, pensamiento vivo.
Tras una entrevista televisiva, brindada por uno de los pocos filósofos argentinos (no sólo vivo sino de nuestra historia general) hablamos de Alberto Buela, recortes del mismo fueron citados por el hábil estratega Santiago Caputo en la plataforma X y tal microclima, como pocas veces antes, facilitó el convite de que pensemos, más allá del impacto de frases provocativas y extrapoladas, en la situación conceptual en la que navegamos.
Para quiénes tenemos el gusto no sólo de conocer a Buela, sino de haber sido distinguidos con su predisposición a llevar actos de pensamiento en conjunto (recuerdo una visita que nos hizo a Corrientes, y haber brindado la conferencia superando un accidente automovilístico que padeció en el camino con impactos en su cuerpo) no nos puede resultar una sorpresa su cometido, filosófico, de hacer pensar a la concurrencia bajo sus definiciones tan contundentes, pedagógicas y alejadas del corset de lo políticamente correcto que es norma de un tiempo a esta parte y por la cuál nos encontramos en terreno yermo para el pensamiento.
La categoría de “rara avis” en la que se encuentra desde hace décadas Alberto Buela, dentro del submundo de la academia y de la subcategoría de titulados en filosofía, lo encuentran en el espacio de la política práctica, vinculado al peronismo como un sentir nacional o al justicialismo como una filosofía política.
Para los integrantes de las plataformas virtuales, muchas veces limitados en condición de residuos de lo humano (dado que se amputan por pocos caracteres la posibilidad de pensar) la etiqueta de “peronista” que le achacan a Alberto la suman, a la tan despreciable e irracional, que le cargan por tener determinada cantidad de años, en el clímax de la estupidez de considerar que algún humano tuvo la posibilidad cierta de elegir cuando nacer.
Buela, se enfrenta a todo lo que ocurre, luego de sus declaraciones, con la grandeza de que, a ninguna persona bien plantada en la vida y con cierto carácter le pueda molestar las tonterías que viertan virtualmente, por el simple hecho de expresarlas sin más sentido que el perorar onanísticamente.
Retoma una definición expresada por otros peronistas históricos como Julio Bárbaro, sentenciando una verdad, incómoda cómo todas, dentro del campo “nacional y popular” acerca de la muerte conceptual del peronismo (en su caso, aristotelicamente fundamentado en la “no existencia del mismo”). A sabiendas incluso, que tal como ocurriría después, podría ser usada por lo más granado de los que se sitúan en la vereda contraria.
Alberto demostró el rol, necesario e indispensable, del filósofo, tantas veces cuestionado y catalogado como fútil e innecesario, por responsabilidad en parte también de los mismos que nos dedicamos a pensar.
Se sentó en un programa de televisión, terreno poco propicio y hostil, para pensar, y haciendo gala de sus artes oratorias, generó en la audiencia de la que era parte y la posterior de las redes, un interés inusitado para la filosofía general y la filosofía política en particular. No aburrió, no se jactó de sus laudos intelectuales, y mucho menos se traicionó, en concisas definiciones conceptuales, arriesgo para darnos la posibilidad de pensar.
En primer lugar demostró, que en los medios, también puede caber la filosofía. Sí sabremos, nosotros, la exclusión “ab initio” de tantos amigos de los medios que nos dicen que nadie lee, que a nadie le importa pensar y que casi nos invitan a que, en vez de enviarles textos, les pasemos fotos, de nuestras partes púdicas para ser parte del escenario de lo publicado.
En segunda instancia, envió un mensaje para adentro del campo político del cuál no reniega, en verdad lo recordó. Hace tiempo que Alberto trabaja para juntar y mostrar a los pocos argentinos que aún pensamos la política. La reactualización doctrinaria del justicialismo es una deuda de los peronistas que se sienten tales, para resucitar al peronismo conceptualmente muerto, no sólo tras el ingreso a la inmortalidad de Perón, sino al acabóse de la sociedad industrial (es la discusión teórica que tengo el honor de tener con Buela, en mi humilde opinión el sujeto histórico del peronismo dejó de ser el trabajador y debiera ser el pobre). Finalmente y cómo si fuese poco, hizo política desde el distrito de la palabra. No tuvo empacho ni miedo, de ser usado, cómo lo fue, tras sus declaraciones, dado que básicamente de eso se trata lo político. Jugar a que te usen, para usar. La dinámica de la dialéctica en su estado más puro y acabado.
Una clase magistral televisiva, de filosofía, de política, de peronismo en tiempos de oclusión del pensar, de cancelaciones implícitas, de cobardías hegemónicas, una demostración cabal del rol del filósofo en la vida pública, un legado inapreciable, por el que, entre tantas cosas, jamás vamos a olvidar el paso de Alberto Buela por nuestras tierras.
Por Francisco Tomás González Cabañas.
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