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CULTURA

10 de junio de 2018

Quemando libros.

Hace no mucho, el finado Walter Olvano, me había contado que producto de su poemario, en honor a Paul Celan (presentación a la que no habían asistido ni diez, lo que es usual en el mercado de las afamadas ferias), tuvo un entredicho con un librero local, merced a que se le hubo de ocurrir y más luego, verbalizar, que los autores correntinos debían tener un apartado especial, en esa, como en todas las librerías, a los efectos de promocionar o destacar a los escritores correntinos. Me reí, le dije que estaba más cerca de propiciar, una quema de libros, como una suerte de protesta contracultural, para demostrar que en verdad muy pocos, o casi nadie lee, y que quemando libros, sería la forma más contundente de señalar la gravedad de la situación que nos toca atravesar. Imagínate, lo insté, a fogonazos, los propios escritores quemando nuestros libros, para denunciar la indiferencia hacia el objeto libro y el mal uso del significante cultura. Walter se asustó, abrió grande sus ojos, le dije que lo compartiera con ese grupo de lectores de Borges, en los que asistían, otros que también se dedicaban a escribir, después de sus obligaciones profesionales, para inflamar la vanidad o por lo que fuere, pero escribían, cada tanto, al fin. Se me vino a la mente el brujo, Oscar Portela, quién llevaba con estoica dignidad su condición de escritor, mendigando anti depresivos a los que se decían sus amigos, pero nunca cercenándose libertad por unos mangos. Aún no había ingresado a la tierra sin mal Girala, pero sin embargo, los oportunistas de turno, lo habían usado para supuestos homenajes, regalándole trofeos de cartón para gacetillarlo en días del libro, del escritor, del intelectual, para seguir aquilatando, litros de tinta que volcarían luego, en el conversor de esos vanos bienes (las devenidas de aquellas hogueras de vanidades del monje Savonarola), en un buen lugar en listas electorales, para seguir manejando la cosa pública, y olvidar, seguir en tal olvido proverbial, al libro, a sus hacedores y a la cultura que de esto se desprende.

Todo sigue igual, no sé porque algo tendría que cambiar, sí los mismos de siempre, no han perdido sus prerrogativas. Sí los olvidados eternos, no pueden o no quieren, otra realidad. Otra vez, ¿para qué hacer la heroica?, ¿de qué ficción literaria, habrá salido eso de la moral, de la dignidad?, ¿en qué lugar del planeta, o del alma, se premian las supuestas buenas acciones? O el triunfo de los que perdemos, que nunca llega. La desventaja de no creer en un más allá, me respondo, ¿qué sentido tendría ir por el bronce, en una provincia que no sale del barro? En donde un prestamista tiene más prestigio que un poeta.  Me desgarro con una nueva inquietud,  esta vez no tengo respuestas.

Me acercan el diario, ¿importa cuál? Las mismas noticias que en los veinte noticieros, que en las treinta y seis páginas de Internet, que en los cientos programas de radios, gacetillas impresas, que también inundan mis correos, museos de minucias diarias, como alguna vez lo definió un escritor argentino.

Un nuevo programa, que no se va a terminar de cumplir, o quizá sí, pero que no solucionara ciertos problemas de fondo, que acarreamos desde tiempos antediluvianos, pero vamos, es un nuevo intento, como si fuera un muro, que se alza, con la posibilidad de que se caiga, para luego volverlo a levantar. El mito de Sísifo, era así, nada más que con la piedra, con razón, los griegos fueron los primeros demócratas, y aún hoy, no podemos encontrar una versión superada de organizarnos políticamente.

No tenía ganas de pensar, sin embargo no hice otra cosa, tenían razón las señoras de antaño, entre los que no piensan y los que pensamos en una sociedad que no quiere pensar, no existen diferencias.

Tal como publicar o no publicar, este texto, lo mismo da y esa es mi mayor felicidad. No soy en la medida que un funcionario, inveterado succionador de la ubre estatal, me lo certifique mediante un papel (trofeo, o diseño avant premie de tergopol o algodón) apenas, en la cotidiana, como insufrible acción de ponerle palabras, las que nos circundan, las que nos hacen humanos, a las cosas que nos suceden,  a diario.

Como esta elección antidemocrática, que desde tiempo, se hacen desde las cumbres del poder, los actos “chipaceriles” las chipaceadas del poder, la palmada en el hombro, el aplauso de los cortesanos, las fotos de los gacetilleros, el día del libro, de la letra, de  la coma, para olvidar las políticas públicas que alienten la lectura, que promuevan editoriales que inviertan en el valor del que escribe, que genere y se propicie, a partir de esto, la libertad de pensamiento y de acción crítica, para que seamos mejores.

 

  

Tu escritor.

 

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