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POLITICA

25 de febrero de 2018

Abjurando del Peronismo.

Lo que uno hereda, al pasar a ser patrimonio propio y ante lo difuso que puede resultar, una idea política o principio doctrinario heredado, no necesariamente debe ser continuado tal como se lo recibió o incluso no apartarlo, en caso que se decida, por miedo a violar el ánimo de que quién o quiénes se ha heredado. La pertenencia a un partido político determinado, en un contexto en donde los mismos, acrecientan y agolpan sus crisis tanto de legitimidad como de esencialidad o existencia, debe ser replanteada, más de una vez en la vida, como mínimo una vez al año, no debemos asustarnos del cuestionamiento para rectificar o ratificar una posición en el medio de las movedizas arenas o cenagosas aguas de la política actual.

Lo que nos debería causar espanto y terror es considerar nuestras pertenencias político-partidarias, bajo el imperio de la pasión en una suerte de mirada pura y eminentemente futbolística. Nadie puede dudar tampoco, sobre todo de algo que nos fue dado desde el seno familiar, desde antes que tuviésemos conciencia, que así sea una idea política, la misma genera una ligazón sentimental. Dándole paso al tiempo, podríamos poner el sentimiento entre paréntesis y empezar a indagar.

¿Uno puede heredar la pertenencia a un partido político? En el caso de que así fuera, ¿Se debe conservar, es decir continuar, bajo la férula de esa herencia-mandato  sin salirnos de ella o sin modificarla? Con el paso del tiempo, ¿Qué se mantuvo o que se mantiene de ese partido político que como objeto heredado nos exigió siempre que lo acompañemos, aun cuando vacilábamos de nuestras propias convicciones?

No muchos se valoran, asimismo como a su comunidad, de tal modo, para plantearse algunas, o semejantes, de las cuestiones expresadas. En teoría, en una comunidad democrática, tendríamos que ser propalados, promocionados, para permitirnos estas como tantas otras preguntas, sin embargo nuestra democracia a modo y tal como la concebimos, nos da elecciones, en donde entre tantas cosas que no elegimos, es precisamente el partido político al que podríamos pertenecer o las razones por las que pertenecemos al mismo y no a otros o a ninguno.

En lo que debería constituirse como un “laboratorio democrático” que funciona en otras latitudes de nuestro occidente, deberíamos asistir, voluntariamente, todos los que así lo deseemos para ver en tal lugar, como están nuestros valores que nos hacen pertenecer a un partido o incluso al gueto de la independencia. Es más fácil, como doloroso y angustiante, pese a ser vital, sacarse sangre o dejar orina, para que se nos estudié orgánicamente. En este laboratorio, el planteo es con respecto a nosotros mismos, el indagarnos en relación a nuestros pensamientos políticos, apartándolos del origen de los mismos, es decir así sean heredados o planteados por la indiferencia o por el bombardeo mediático.

En el caso de quién suscribe, herede el peronismo. De infante tuve que hacerme cargo que tal doctrina, filosofía o ejercicio político, le había cambiado la vida a mi padre, y tangencialmente a mí. Creo que devolví con creces aquello que me exigieron. Exigencia por otra parte que no a todos los hijos de, se las realizaron, y en el caso de habérselas exigido, estos se encargaron, muy astutamente, de no darle mucho artículo.

Mi condición heredada de peronista, me privaba de disfrutar de lo cotidiano de un sábado a la mañana o de un domingo a la tarde. Ocluido en la posibilidad de gozar de los bienes materiales a los que podía tener acceso, onerosos para algunos, escasos para otros, pero a mi alcance y posibilidad, que por peronista, desperdiciaba. Por la misma condición se me pegó en las sensaciones del alma, el particular olor a pobre, un perfume, mezcla de letrina con humedad concentrada. La cuestión sin embargo, no pasa por estos tópicos poéticos que bien podrían ser, en verdad lo fueron, carne de diván, en este caso de este suscribiente, como el de muchos otros que heredaron la pertenencia a un partido político, y que se expresan en el peronismo (en sus diferentes vertientes, dado que se concibe como un movimiento, capaz de estar en varios sellos que se dicen peronistas o que se acendren en el peronismo), se encastran en otras ideologías, que a su vez se subdividen en herramientas electorales varias o incluso en la supuesta dispersión que significaría el heredar el ser independiente o a-político.

La cuestión pasa, y es lo esencial, que una cultura o una sociedad democrática, debería alentar a todos  y cada  uno de sus integrantes que se cuestionen lo que han heredado. Sí quieren dejarlo de lado, modificarlo o seguirlo como un mandato.

A los únicos que no les conviene que esto suceda, es a los que se reditúan de las cosas dadas, los que están en el pináculo de las decisiones y que para ello, necesitan que el resto, siquiera queramos decidir a qué o donde pertenecemos, ideológicamente.

Ellos con la excusa del dato de color, de la anécdota de la sociedad de los valores y de toda esa discursividad tóxica que lo único que promueve es la promiscuidad y los abusos en donde siempre pierden los más débiles y menos poderosos.

A ellos les conviene decir, que fulano, por ser el hijo de, el nieto o hermano de, es peronista, incluso más trabajan sobre esta pertenencia, hablan de “la gran familia peronista” como sí la política se dirimiese o debiera, bajo el manto de una sábana. Ellos, sobre todo en el presente distrito, en donde no se cansan de perder elecciones desde 1983 a esta parte, negocian en nombre del sentimiento peronista, de la pertenencia peronista y de la herencia peronista. Alardean del peronismo que carecen, y se adueñan de los que confusamente creen que querrán más u homenajearán a su padre, madre o ambos, por decirse que también son peronistas, cuando a los  únicos que están  beneficiando son a esos trúhanes que acceden a cargos y conchabos por decirse peronistas, cuando siquiera están en sus antípodas, dado que ni les interesa saber de lo que se trató el peronismo, lo usan como lo que es para ellos, una herramienta, un instrumento para vivir sin sobresaltos, cuando no enriquecidos y listo.

Abjurar del peronismo, sería, reducirlo a su expresión esencial. En el actual contexto, sería tener como prioridad política, sacar a la mayor cantidad de gente posible, en el menor tiempo, de la pobreza y la marginalidad. Todo el resto es mística o historicismo o sentimentalismo peronista, no debe ser confundido con el peronismo electoral, ese del que se nutren los sinvergüenzas de turno, para tocarle las fibras íntimas a los que pueden tener una relación, sobre todo pasional con el peronismo y en base a tal conexión le pretenden arrancar el voto y girarlo, negociarlo en las mesas de poder.

Ningún partido político que tenga ese “peronismo” como base de sustentación querrá algo mejor para los más humildes. Los herederos del fundador del peronismo, de lo único que saben es de repartirse entre ellos los privilegios y honores de tal fabulosa herencia, no quieres que ingrese nadie más, ni a la distribución, ni a la vida dignidad o inclusiva que represente algo distinto al mundo de castas e intereses en el que han caído y del que no van a salir, hasta que mueran.

Abjurar del peronismo es en caso de haberlo heredado, no llamarse más como tal, para evitar ser negociado por los traficantes de ilusiones que a tal extremo pretenden llevar las cosas que muchos de ellos estarían en condiciones de crear un partido penitenciario con el san Benito del peronismo, abjurar del peronismo, es reducirlo a la máxima, al principio, al adagio, que en el menor tiempo posible, se debe sacar a la mayor cantidad de gente de la pobreza y la marginalidad, y llevarlo a otros partidos, a otras expresiones, movimientos e ideologías que no estén tan contaminadas, semántica como conceptualmente y que respeten, avalen y consideres a seres humanos que elijan algo más para sus vidas públicas que el vivir como un sibarita, derrochando la herencia que le pudo haber tocado en suerte.

Por @frantomas30

 

 

 

 

 

  

 

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