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POLITICA

19 de febrero de 2018

Abandonar el peronismo, fortalecer la democracia.

Sea mediante la nave insignia o nodriza, el pejotismo del sello, o sus múltiples y diversos sucedáneos, mediante los que adquiere su condición movimientista, el peronista debe salirse del significante extenso y por ende vacío, en el que han transformado, su sentimiento político, sí es que algo quiere, pretende o busca, rescatar o resguardar del mismo. Ningún partido podría, en la actualidad, mantenerse vigente más de treinta años. De un gran tiempo a esta parte, las expresiones políticas, sólo se distinguen entre sí, por los colores que usan para pintar los cordones de la vereda, en el más interesante, o revolucionario, de los casos, por cambiar el sentido de una calle transitada o avenida. Las definiciones que otrora se podían dirimir mediante la reunión en la básica, en el comité o en el acto, se toman, en otros lugares y mucho tiempo antes. Discusión para nostálgicos o para teóricos, lo cierto es que las generales de la ley le corresponden a todos los partidos, el presente testimonio en relación al peronismo es a título de ejemplo, de referencia explícita y puntual.

Por supuesto que quienes rascan o mendigan beneficios políticos, por arrogarse la representatividad de una expresión política que defendió los derechos del sujeto histórico “trabajador” que hoy de hecho (es decir sin análisis teórico o reactualización doctrinaria) tendría que defender la posibilidad de inclusión del sujeto histórico “pobre”, no tomará y hasta atacará lo aquí expresado. Sabemos de la existencia de estos y hacia ellos no dirigimos las presentes palabras. Nadie que haya tomado, algún conchabo, o ejercido un espacio de representación bien remunerado, en nombre de los trabajadores, de la inclusión social y de los “cabecitas negras”, podrá asimilar el cabal sentido de lo que expresamos.

Le estamos hablando, al compañero, al que fue eternamente “muchacheado”, al que siempre estuvo condenado a empujar desde abajo el pesado y atascado carro, que siempre llevó en la cima a las mismas vedettes que en la soberbia del plumaje, en el baño de purpurina, y en el exceso de lentejuela, repartieron besos, sonrisas y promesas por doquier, sin reparar que eran en la medida que esos desconocidos y ninguneados las empujaban, contra viento y marea, a más no poder.

Por supuesto que no será fácil, para alguien que toda la vida se consideró peronista, dejar de serlo, para conservar algo, tal vez lo primordial de ese peronismo y por tanto del peronismo. Sin embargo, sí esto no ocurre, sí esto no sucede, el peronismo va, inexorablemente hacia una pendiente que le tiene reservado un lugar privilegiado, en el fondo del mar.

Sí el peronista de a pie, el militante de base, el que puede hacer la síntesis de que lo más importante y lo único que se debe defender del peronismo, es que haga eje, clivaje, que priorice al pobre como sujeto histórico (como antes fue el trabajador) para incluirlo socialmente, la tarea estará más que asignada y uno de los movimientos políticos más interesantes de la historia política argentina, podrá seguir haciendo aportes teóricos, conceptuales, de la mano de sus integrantes, del sudor de sus militancias que se revilatizarán en un  reactualización en una deconstrucción de hecho del peronismo para los tiempos que vienen.

Caso contrario, en tiempos de ciento cuarenta caracteres, de redes sociales, el peronista, el militante, debe ser poco más que licenciado en historia, politólogo, hábil declarante o publicista, mejor dicho todo eso junto y más.

El peronismo al que le han dejado los atorrantes que usufructuaron de sus mieles, debe explicarle al resto de la sociedad, los tres gobiernos de Perón, el menemato y el Kirchnerato. Tarea imposible hasta para un anacoreta que dedica su vida a que estos años sumados se articulen en la coherencia ideológica,  programática, coincidan en números, detalles, anécdotas y que conformen a la mayoría de la sociedad, que en su conjunto no es, ni tampoco quiere saber nada del peronismo.

Como si faltase algo, estas contradicciones manifiestas, o estos retazos en lo que han transformado, los tránsfugas de turno que en nombre del peronismo se dieron la gran vida, últimamente viene dando un giro policial, novelesco, narco-criminal, como nunca antes.

Además de todo, el peronista, con su lomo, con su desazón interna, con sus confusiones y contradicciones a cuestas, debe salir, ya ni siquiera a buscar un voto, sino a sobrevivir en el barrio, en su día a día, para ser acusado con la mirada de cómplices de delincuentes de guante blanco o de facilitadores de la actividad de narcotraficantes.

Tal vez todos y cada uno de los que se sientan o identifiquen con el peronismo, para llevar a cabo esta acción política (abandonar el peronismo, para rescatar, para poner en valor en otro partido o en el sector independiente, la prioridad de incluir a los pobres) necesiten del asesoramiento de un psicológo lacaniano. Lo único que podemos hacer es esto mismo, ponerle palabras, para que lo cifrado en otra área de nuestra mente, sea codificado de un modo que nos lleve a otro resultado.

No nos ha ido bien, ni al país ni al peronismo, con esta versión pragmática, de defender a rajatabla por ejemplo el ingreso al poder,  del peronismo como de otras facciones, mediante las fuerzas armadas. Usando la virtud plástica, de ese primer peronismo, que luego disputo sí en las urnas, con una fuerza política que se denominaba “la unión democrática”, el peronismo, paso de las armas, a las urnas, pero aún no termino de acceder a las libertades que le podría otorgar la democracia.

Menos podríamos expresar en referencia a los posicionamientos económicos, que distintos presidentes peronistas, esgrimieron en su condición de tales, como una suerte de unidad de sentido o un programa lógico que hubo de haberse amoldado con el tiempo. La confusión peronista en términos conceptuales, doctrinarios, como económicos-financieros, se disputan palmo a palmo el primer lugar de los aspectos y elementos heterogéneos que algunos, torpemente o en el tren de su conveniencia personal, pretenden forzar como la unidad en la diversidad de un partido político.

Abandonar el peronismo, o mejor dicho el gueto, la cueva, la ratonera, en la que se pretenden seguir cobijando, un conjunto de malandrines y sinvergüenzas, es el camino que debieran emprender, todos aquellos que sientan que es valioso conservar, sea en otro partido, en una expresión nueva o en la ciudadanía, la idea, el principio, la prioridad, de que los pobres deben ser incluidos y que por ende la principal tarea política es ir reduciendo, en el mayor tiempo posible, los niveles o índices de pobreza.

Abandonando el peronismo, no solo se fortalece la democracia (alejando el concepto que en la dinámica de los hechos impuso también el peronismo que de lo único que se trata es de ganar elecciones), sino que en verdad, se defiende, se protege, se cuida, se preserva la verdadera esencia del peronismo, que al ser tan fuerte y evidente, prescinde de la nominalidad, de la semántica.

Un peronista verdadero, o para ser tal, debe luchar en espacios políticos diversos, para que el combate de la pobreza sea la prioridad, el resto, el declararse, en forma altisonante, diaria, cotidiana, con el pecho henchido, imitando a un gorila, como peronista, habría que dejárselo a los impostores que se malgastaron la herencia peronista, a esos que les compete la general de la psicología que expresa, rotundamente que: se alardea de lo que se carece.

 

  

   

 

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