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POLITICA

14 de abril de 2016

“El precio que tenemos que pagar por el dinero se paga en libertad”. (Robert Louis Stevenson).

En tiempos en donde, peligrosa y cíclicamente, nos volvemos a disponer a entrar en una nueva etapa crítica entre los representantes y representados (vínculo que nunca se terminó de curar de sus heridas profundas y estructurales), asoma por la cabeza de burdos palurdos, de afortunados petimetres (de los cuáles habría que dar sus respectivos nombres y apellidos, por más que, más temprano que tarde pasen al olvido proverbial) la irracional reacción de pretender matar al mensajero. Claro que no literalmente.

Estos badulaques modernos, atornillados al azar, juegan con sus propias palabras, escasas por otra parte y mal articuladas,  aferrándose a la pueril y vana esperanza que de por vida continuarán enajenando los recursos del estado, de allí que en una comunidad que por su clase política no redactó una ley de distribución de pauta publicitaria, que garantice nada más ni menos que la libertad de expresión, pretendan incumplir compromisos asumidos, de palabra claro está, con trabajadores de prensa, dejando traslucir (porque no tienen ni el valor, ni los conceptos como para plantearlo de frente y cara a cara) una duda deontológica acerca de sí el periodista debe o no cobrar por una nota realizada.  

Por supuesto a que estos seres, la condena de contar con ciertas prerrogativas y por ende posibilidades materiales de ser algo más de lo que serán, anécdotas irrecordables en el cuaderno de la vida, les puede hacer transitar en un infierno espiritual de saberse y sentirse en sus fueros íntimos, unos pobres tipos y por tanto con tal padecimiento no quedaría más que sentir lástima y pena, por estos penitentes existenciales, pero como habitamos en una comunidad, en donde la propia interacción genera, derechos y obligaciones, y sobre todo, para el funcionariado público, el incumplimiento de esto, tanto de sus funciones propiamente dichas como de dar a conocer sus actos, podría constituir un delito, es el que damos por sentada la siguiente situación.

Así como los incumplidores financieros o morosos del sistema, son ingresados al Veraz, los agresores sexuales y machistas violentos circunscriptos a límites de circulación e ingresados también a listados de sospechosos o peligrosos prestos a atentar al orden público y tantos ordenamientos de incumplidores seriales, que desnudan comportamientos abyectos (padres que no cumplen con la cuota alimentaria de sus hijos) avanzaremos hacia la constitución de un padrón de funcionarios y políticos, que incumplen lo pactado (honorarios) con hombres de prensa. Como si fuese el colmo de la paradoja, ciertos pelafustanes, quieren deslizar la duda sí es razonable que se les cobre a quiénes no tienen casi nada para decir, poniendo toda la estructura comunicacional (soporte, tiempo, fotos, inteligencia, palabras) para que aparezcan mucho más interesantes y sustanciosos de lo que realmente son, al punto que ellos mismos se desconocen. No ocluiremos el debate acerca de la deontología periodística, sean estos o sus perros falderos que pretendan cuestionar que una nota, y sobre todo en el contexto donde la ausencia de ley de pauta no garantiza la libertad de expresión y donde nada o muy poco tienen para decir producto de la crisis democrática, debe ser cobrada, casi en forma automática, debitada, casi obligatoriamente, ofrecemos dar la disputa dialéctica en cualquier esquina, en cualquier momento pactado, ofreciendo la ventaja al desafiante de que cuente con el doble de tiempo.

A esta altura, si usted se considera un privilegiado, escogido, tocado o ser especial, por crear, generar y emprender acciones públicas, es porque se encuentra en serios problemas que deberá resolver usted mismo, dado que nadie lo podrá sacar de una posición tan alejada e incómoda con la realidad. Tiempo le llevara y los medios o formas no son precisamente taxativos. En el momento dado, la pared tendrá cierta consistencia y guarecerá a varios, podrá construir toda la vida y dejar el techo para la posteridad o construirlo usted mismo.

Ni el camino se hace al andar, ni conviene que se quede al costado. Todo está hecho, realizado, las modificaciones que quiera o que piense que realiza, solo se encuentran en su cabeza y en las que pueda convencer.

Sí momento a momento, construye zócalo a zócalo, la pared que se ha propuesto, pocas cosas perturbaran su calma.

No será el resultado inmediato que le demanden o la desesperanza que le transmitan quienes lo envidien, elementos que puedan tirar abajo su meta.

Avance sin vacilar, ya se ha respondido varias veces las dudas que le otorgan jactancia a los supuestos intelectuales. Esa etapa, crispada, angustiosa y macilenta le observa la espalda.

“ Movidos por la avaricia, los caudillos del pueblo se enriquecen injustamente; no ahorran los bienes del estado ni los del templo ni guardan los venerables fundamentos de la justicia, que contempla silenciosa el pasado y el presente todo y acaba infaliblemente por castigar. El castigo divino no consiste ya, en las malas cosechas o la peste, sino que se realiza de un modo inmanente por el desorden en el organismo social que origina toda violación de la justicia. En semejante estado, surgen disensiones de partido y guerras civiles, los hombres se reúnen en pandillas que sólo conocen la violencia y la injusticia, grandes bandadas de indigentes se ven obligados a abandonar su patria y a peregrinar servidumbre”. Asombrosamente actual es la descripción de esta Grecia del Siglo VI a.c, que ha perdido la justicia social y padece los señalados sufrimientos. Claro que los Griegos entendían a esta problemática como de índole política, pero inserta en la faz del comportamiento espiritual del pueblo, por tanto encontraban las soluciones dentro de la educación moral, dentro de los ideales y de los valores de la sociedad. Como anteriormente se hizo referencia no generaban una burda e ineficaz acumulación de leyes, simplemente buscaban el punto neurálgico dentro del comportamiento humano del pueblo. No es casualidad que las palabras transcriptas de los pensadores griegos, resuenen hoy como muy cercanas, hasta casi proféticas, pese al paso de más de 2.500 años, las situaciones gráficas son casi similares de lo que padecía aquel lejano pueblo, pero a la vez cercano, con el nuestro hoy en día.

Tampoco es casualidad que casi nadie, en nuestra actualidad se dedique a bucear seriamente en la historia de las grandes culturas como para encontrar similitudes que puedan darnos idea de alguna solución social de fondo. Por tanto es de suma necesidad, seguir hablando y tratar de reconocer la esencia espiritual de nuestro pueblo.

 

Sí uno pretende, establecer una comunicación con un gobernante, y debe para ello, llamar repetidamente sin recibir respuesta, o lo que es peor, hablar, dialogar, acordar algo, y luego ser engañado ante el incumplimiento de lo pactado ¿qué se puede expresar, desde la honestidad intelectual, con respecto a ese funcionario?

Los tenedores de responsabilidades importantes, deben combatir con más ahínco sus miserias personales, los hombres de poder, tienen que evitar que en su actividad laboral, se les filtren las mugres naturales.

Si gobernaran, gestionaran o representaran, sin dormirse en los laureles, sin creerse en los hacedores de la historia, sin necesidad de pisotear al rival, sin tanta complicidad de timoratos, prestos a la pleitesía, si verdaderamente combatieran a la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la corrupción, sin mirar color o apellido, a nadie se le ocurriría observar, cuanto sale la ropa que visten, si son fieles a sus parejas, si se pasan con el escocés o sí necesitan de un papagayo por las noches.

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