Viernes 27 de Febrero de 2026

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�C�an Macrista ser� el gobierno provincial?


En tiempos donde, la educaci�n en todos sus niveles, la justicia en casi todas sus �reas, las administraciones gubernamentales y muchas empresas privadas, menos las de servicios tur�sticos, se toman el tiempo de descanso o de vacaciones, el final de a�o, depar� para la administraci�n Colombi, un mimo simb�lico, una caricia al alma, con chanza chipacera y chamam� entre hombres, el Presidente fue al pago chico del gobernador, no le regalo designaciones, como las que entrego en la vecina Resistencia para la ex Intendente y su ex hombre fuerte, pero hablo unos minutos acerca de esa reparaci�n tan seductora del federalismo de promesa, o federalismo de expectativa, las usinas gubernamentales, aprovecharon para pegar el grito en el cielo, ante el posible Paso Sur�, del ex medallista ol�mpico qu� pensar�a en pintarse de amarillo, y la pregunta obligada, sobre todo en estos tiempos de ocio, de calor y fiestas, es en verdad la pregunta fundamental, que al responderse, podr�a poner claridad, acerca de c�mo le pagar�a el Presidente el acompa�amiento pol�tico del gobernador y si seguir�a el mismo tutelaje electoralista para que el mismo no derrape en arrepentidos K o figuras lejanas a Colombi. Se sabe que la administraci�n Macri, avanzar� con reformas concretas y espec�ficas, adem�s de la electoral, otra de las claves, pasa por la medi�tica, que ya levanto reacci�n, sin embargo, desde el oficialismo nacional ya se dijo que trabajaran por una ley (algo incluso reclamado en los fundamentos de un fallo de la corte por el caso Clar�n) de distribuci�n de pauta oficial. Bien podr�a Colombi en el atardecer de sus mandatos, hacer lo propio en Corrientes.

A prop�sito del Dengue.

S� desde aquella primera vez, que al humano se le ocurri� pensar que existir�a una suerte de avance o progreso de su prole, mediante la tecnificaci�n de los saberes, y le hubiesen profetizado que en pleno siglo XXI comunidades enteras, permanecer�amos en vilo por un virus, cuyo vector es un mosquito, autom�ticamente hubiera renunciado a tal hip�tesis. El problema de aquel pretencioso, ya no es tal, sino es un problema de todos lo que habitamos estas vastas zonas, en donde el estado ha sido usado para las prebendas y prerrogativas de los que detentan poder, en detrimento de pol�ticas que prevengan este tipo de situaciones, situaci�n que agrava el cuadro ante las adversidades que naturalmente debemos sortear como humanos arrojados a un mundo complejo del cu�l solo somos una parte. Sin embargo, el virus, como lo es la falla en un sistema estandarizado de computadoras en red, como nos ha demostrado Hollywood con sus pel�culas, es una anormalidad, es un evento no previsto o no deseado, la noci�n de lo virosico, como aquello que escapa a la media, al hast�o a lo mon�tono, es una forma de salvarnos de los t�rminos inhumanos en los cu�les somos sometidos qui�nes se nos exige obedecer, obcecar y no preguntar, cuestionar o pensar como el poder, o en su deseoso reinado donde nada se piensa, y todo lo que se dice es a partir de ese no pensamiento. El virus, como el Dengue, se transforma en un arma, de todo un ecosistema, que se defiende de su hostigador.

Pornograf�a Democr�tica.

Tal como si fuese el Barrio Rojo de �msterdam, o una muestra verdaderamente vanguardista y art�stica, se inicia la temporada alta del intercambio, crudo, puro, duro y lujurioso, entre los sectores minoritarios que tutelan (por acci�n u omisi�n) a los vastos bolsones de pobres, marginales y excluidos. En nombre del velo protector de lo democr�tico, a resguardo de ese l�tex, s�mil al preservativo y que se traduce en lo cotidiano de la danza grotesca, envalentonada por expresiones guturales que invitan a jornadas dionis�acas completas, para que estos grup�sculos ensimismados en la envergadura de sus colectoras, de la erecci�n de sus vanidades, de sus postureos, de sus candidaturas obturadas de la convicci�n de representar, cojan, las voluntades diseminadas por los latifundios en donde sobreabundan las necesidades insatisfechas, enquistadas en cuerpos inanimados, cosificados y reducidos a la m�nima expresi�n de receptores de efluvios, en una suerte de eyaculaci�n sempiterna o de nunca acabar, el cl�max del goce, se escuchar� no s�lo en el cuarto oscuro en donde se lleve a cabo el acto lascivo, sino en toda la extensi�n de la comarca. La repetici�n, el llevarlo al estadio pornogr�fico, nos corresponder� a qui�nes comunicamos, lo que nos transforma, en m�s c�mplices de lo que pensamos, creemos e imaginamos, de tama�a inmoralidad que en tiempos electorales perpetramos en nombre de la sacrosanta, sagrada y tot�mica democracia actual.

�De qu� sirve estar cerca o al lado de la gente?

Desde todos los partidos, diversos candidatos y referentes vienen se�alando su preocupaci�n y �ocupaci�n? Ante el clima g�lido del proselitismo que no logra entusiasmar a la pueblada, que siente la obligatoriedad, sin que se le muestre su condici�n de derecho c�vico o pol�tico de elegir a sus representantes. S� bien es un tema conceptual y profundo, que lo venimos analizando desde hace tiempo, lo cierto es que desde la pol�tica, se precisa combatir, en forma inmediata contra esta afecci�n, contra este virus que ataca la democracia (tal como la entienden) y para ello, algunos recurren a la vieja t�ctica de candidatear a lo imposible a alguien que sale por televisi�n, otros a apurar incentivos puntuales (las efectividades conducentes, para no decirle d�divas) y los menos a pensar la cuesti�n desde otra perspectiva, tal vez el virus invasor, sea la expresi�n de libertad, la �nica, del cuerpo enfermo que ni siquiera en forma aut�mata puede crear defensas o anticuerpos. La soluci�n no pasa por derogar las PASO, tal como se sostiene que har� la mayor�a oficialista, dando como prueba, precisamente, un desinter�s social, para ordenar la vida interna de los partidos que son los pilares de la democracia. El problema no se suscita en las formas, en lo metodol�gico, en el envase, en lo nominal, que vendr�a a ser la cuesti�n de los partidos y la norma electoral; lo central, basal y neur�lgico es la pol�tica comprendida desde la l�gica de la representaci�n. De hecho s� usted, se tom� el trabajo de acopiar todo aquello que expresaros los diversos candidatos (muchos de los cu�les si quiera tienen posici�n propia, sino que son reflejos de maquinarias de coaching) se desesperan, temerosa y temerariamente, por estar en contacto con la gente, con el ciudadano, con el pueblo o como lo quieran llamar. Es tan craso el error conceptual que poseen, que s� se postulan como representantes no tienen que exagerar esa representaci�n que van a ejercer. Es decir, es rid�culo que planteen que quieran tomar contacto con todos y cada uno de los ciudadanos, o que traten de visitar a la mayor�a de las personas reunidas, para expresarle que quieren ser sus representantes. El hecho pol�tico de la representaci�n, o el concepto clave de nuestras democracias actuales, tiene que hacerse desde la distancia del pensamiento, de la prudencia que impone la lejan�a, de la templanza que acendrar el no estar al lado del que sufre y padece, dado que de tal manera, el sentido a aplicarse para resolver ello no ser�a ni el adecuado, ni el correcto ni el conveniente. Lamentablemente nuestros pol�ticos creen, consideran que lo importante es estar cerca, d�a a d�a, momento a momento en una suerte de org�a de la proximidad. Dios, es tal, y la mayor�a cree en un dios, porque se maneja en esa l�gica de la abstracci�n, de la distancia, de lo paradojal de la distancia-cercandad.

El tema es el conchabo.

Muchos hombres de acci�n pol�tica (que la ejercen, que la leen, que la comentan o que la desean), equivocadamente, piensan y sienten que los cuestionamientos del pensar, son dardos teledirigidos hacia sus cabezas, y con el manejo, medi�tico y sobre supuestas usinas intelectuales, quieren dejar en evidencia, que el pensamiento cr�tico es s�lo la jactancia de las minor�as, el inconformismos de infantes sociales, que tendr�an que agarrar una pala para no pensar, dado que esta actividad no generar�a, para sus conceptos, nada redituable, socialmente hablando. Que el acceso a lugares de la administraci�n, sea del orden que fuere, s�lo debe ser atendido en funci�n de una suerte de algoritmo en donde el resultante sea revisto por palabras que sostengan lo constitucional de la idoneidad o lo pol�ticamente correcto de la meritocracia (habr�a que ver desde donde se parte y con qu� elementos se compite) no deja de ser un cuento, que bien podr�a ser Chino, pero es el m�s veros�mil de los cuentos occidentales. El conchabo, el �tero pol�tico-social que da a parir a los ciudadanos gobernantes, que los sit�a en el plano distintivo del funcionariado, sea administrativo como representativo, siempre debe ser selecto, reducido, agonal en su definici�n (todo lo otro o los otros que bajo argucias t�cnicas refieren que todos tienen que acceder a, que el estado no es un bot�n de guerra o que esconden sus intenciones pol�ticas y hacen informes a medida), ir en contra de esto, es como no aceptar la ley de la gravedad. Sin embargo, el pensar que las reglas del ?econchabamiento? o de c�mo se enconchaba no puede ser mejorada, es como m�nimo tozudo y poco inteligente. A esto, a perfeccionar estas reglas no escritas, pero sagradas, es lo que se debe dedicar la clase pol�tica que pretenda seguir permaneciendo en la cresta de qui�nes determinan los que est�n dentro del exoesqueleto del molusco (llamado concha) que los protege del afuera o de la presencia del estado en sus vidas.