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ANÁLISIS

8 de enero de 2016

A propósito del Dengue.

Sí desde aquella primera vez, que al humano se le ocurrió pensar que existiría una suerte de avance o progreso de su prole, mediante la tecnificación de los saberes, y le hubiesen profetizado que en pleno siglo XXI comunidades enteras, permaneceríamos en vilo por un virus, cuyo vector es un mosquito, automáticamente hubiera renunciado a tal hipótesis. El problema de aquel pretencioso, ya no es tal, sino es un problema de todos lo que habitamos estas vastas zonas, en donde el estado ha sido usado para las prebendas y prerrogativas de los que detentan poder, en detrimento de políticas que prevengan este tipo de situaciones, situación que agrava el cuadro ante las adversidades que naturalmente debemos sortear como humanos arrojados a un mundo complejo del cuál solo somos una parte. Sin embargo, el virus, como lo es la falla en un sistema estandarizado de computadoras en red, como nos ha demostrado Hollywood con sus películas, es una anormalidad, es un evento no previsto o no deseado, la noción de lo virosico, como aquello que escapa a la media, al hastío a lo monótono, es una forma de salvarnos de los términos inhumanos en los cuáles somos sometidos quiénes se nos exige obedecer, obcecar y no preguntar, cuestionar o pensar como el poder, o en su deseoso reinado donde nada se piensa, y todo lo que se dice es a partir de ese no pensamiento. El virus, como el Dengue, se transforma en un arma, de todo un ecosistema, que se defiende de su hostigador.

Lo que conocemos como estructura social, es más bien un sistema, anatematizado de la subjetividad, es decir vivimos para él, estamos alienados ante el mismo, somos un engranaje, el número necesario de la estadística, nada es tan complejo de comprender, es como cuando el virus en el software de la máquina irrumpe, o en nuestros cuerpos, no tiene tratamiento, ni causa, origen, mucho menos razón de ser, sucede, como la vida y la muerte, se lleva puesto el sistema, por más que este se regenere rápidamente, la acción virósica es el último vestigio de las pretensiones libertarias.

 

Necesariamente debemos darle, al menos en este apartado, razón a los estructuralistas, todo es un sistema, o que ha sido diseño, en verdad que lo hemos diseñado, como para no ser, para guarecernos de la aventura de vivir sin bastones simbólicos, ni paraguas que nos dejen, supuestamente indefensos, cuando en verdad son los techos que ponen límites a nuestros vuelos, necesariamente limitados y limitantes.

El hospital, donde se nace y se muere, luego el jardín, el colegio, la facultad, el trabajo o fábrica, y como descanso la televisión.

En caso de no ser beneficiado por ese “sistema” caemos en la cárcel, el psiquiátrico, el refugio, finalmente y para todos el cementerio.

Sistemas donde reinan, un conjunto de reglas, en donde se desarrollan juegos de poder, relaciones, en donde supuestamente interacutamos desde nuestra individualidad, pero en verdad no, sólo actuamos como marionetas, de ese gran sistema que habla, desde nuestra supuesta libertad.

Reflexionar, como estamos inducimos a ser nada más que una pieza del colosal engranaje, se puede observar en una práctica, instintiva y fundamente, que creemos que nos posiciona como seres libres; la sexualidad.

 

Sin embargo, nos proponemos demostrar, que precisamente sí analizamos nuestra propia sexualidad, caeremos en la cuenta, de que también ese sistema nos determina, recurriremos a Foucault, en la Historia de la Sexualidad, que citamos a continuación párrafos del mismo que consideramos singularmente reveladores:

 

 

“Toda esa atención charlatana con la que hacemos ruido en torno de la sexualidad desde hace dos o tres siglos, ¿no está dirigida a una preocupación elemental: asegurar la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma  de las relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora?

Si el sexo está reprimido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de él, y de hablar de su represión, posee como un aire de trasgresión deliberada…

Quien usa ese lenguaje hasta cierto punto se coloca fuera del poder; hace tambalearse la ley; anticipa, aunque sea poco, la libertad futura. De ahí esa solemnidad con la que hoy se habla del sexo. Cuando tenían que evocarlo, los primeros demógrafos y los psiquiatras del siglo XIX estimaban que debían hacerse perdonar el retener la atención de sus lectores en temas tan bajos y fútiles. Después de decenas de años, nosotros no hablamos del sexo sin posar un poco: conciencia de desafiar el orden establecido, tono de voz que muestra que uno se sabe subversivo, ardor en conjurar el presente y en llamar a un futuro cuya hora uno piensa que contribuye a apresurar.

 

Interrogar el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar

 

Al hablar tanto del sexo, al descubrirlo desmultiplicado, compartimentado y especificado justamente allí donde se ha insertado, no se buscaría en el fondo sino enmascararlo: discurso encubridor, dispersión que equivale a evitación.

 

Al menos desde la Edad Media, las sociedades occidentales colocaron la confesión entre los rituales mayores de los cuales se espera  la producción de la verdad: reglamentación del sacramento de penitencia por el concilio de Letrán, en 1215, desarrollo consiguiente de las técnicas de confesión, retroceso en la justicia criminal de los procedimientos acusatorios, desaparición de ciertas pruebas de culpabilidad (juramentos, duelos, juicios de Dios) y desarrollo de los métodos de interrogatorio e investigación, parte cada vez mayor de la administración real en la persecución de las infracciones y ello a expensas de los procedimientos de transacción privada, constitución de los tribunales de inquisición: todo ello contribuyó a dar a la confesión un papel central en el orden de los poderes civiles y religiosos.

Durante mucho tiempo el individuo se autentificó gracias a la referencia de los demás y a la manifestación de su vínculo con otro (familia, juramento de fidelidad, protección); después se lo autentificó mediante el discurso verdadero que era capaz de formular sobre sí mismo o que se le obligaba a formular. La confesión de la verdad se inscribió en el corazón de los procedimientos de individualización por parte del poder

 

La noción de sexo aseguró un vuelco esencial; permitió invertir la representación de las relaciones del poder con la sexualidad, y hacer que ésta aparezca no en su relación esencial y positiva con el poder, sino como anclada en una instancia específica e irreducible que el poder intenta dominar como puede; así, la idea "del sexo" permite esquivar lo que hace el "poder" del poder; permite no pensarlo sino como ley y prohibición. El sexo, esa instancia que parece dominarnos y ese secreto que nos parece subyacente en todo lo que somos, ese punto que nos fascina por el poder que manifiesta y el sentido que esconde, al que pedimos que nos revele lo que somos y nos libere de lo que nos define, el sexo, fuera de duda, no es sino un punto ideal vuelto necesario por el dispositivo de sexualidad y su funcionamiento. No hay que imaginar una instancia autónoma del sexo que produjese secundariamente los múltiples efectos de la sexualidad a lo largo de su superficie de contacto con el poder. El sexo, por el contrario, es el elemento más especulativo, más ideal y también más interior en un dispositivo de sexualidad que el poder organiza en su apoderamiento de los cuerpos, su maternidad, sus fuerzas, sus energías, sus sensaciones y sus placeres. Se podría añadir que "el sexo" desempeña otra función aún, que atraviesa a las primeras y las sostiene”

Los virus o la acción virósica no tienen, como las acciones del sistema, una lógica que responda a los mismos, es decir no tienen un mismo “patrón” un virus, es en verdad y en términos sociales un tipo que piensa, un tipo de mente abierta en una sociedad conservadora, un político que pretende construir desde el llano y con convicción, un tipo que pone sus condiciones, se juega por ellas y hasta incluso muere, el virus no depende de resultados, no va por resultados, puede generar un resfrío, un borrado en un computadora, un poema en una cárcel, o la muerte como se la generó a Foucault, pero nada más alarmante que no ser parte del sistema, poder salirse de él, no nacer para vivir determinado y actuando un papel, como una marioneta, sin alma, sin sangre, sin odios ni alegrías, sin hidalguías ni miedos, se necesitan más virus, bienvenidos sean.

De no ser esto así, jamás nuestra salud podría estar en vilo por la picadura de un mosquito, en su apariencia insignificante y en su multiplicidad, intrascendente.

 

 

 

 

 

 

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