ANÁLISIS  15 de abril de 2018

El problema no son los nombres u hombres, sino el sistema.

Mientras en ambas orillas del río Paraná, lo político-judicial, se dirime entre disputas acerca de quiénes caerán en la gracia (del ungimiento, como el de ser juez, o aconchabado en el estado que es lo mismo) o en la desgracia de transformase en perseguidos por estos, la crónica de los diferentes medios (que; o son de quiénes ocupan u ocuparon algún cargo en los poderes del estado; o tienen carnales relaciones con sus ocupantes) derraman ríos de tinta para inundar con argumentos, de acuerdo al oportuno interés que estén defendiendo, amalgamando un pacto tácito con todos y cada uno de los ciudadanos que sabemos que muy poco de todo esto es cierto, en el mejor de los casos, tal vez, y con toda la buena voluntad (es decir cuánto percibamos de la que se están llevando en nombre de todos), podemos hacer el esfuerzo para que pueda resultarnos verosímil, al menos una de cada tantas páginas que destiñen con la perversidad de que buscan una verdad inexistente o que no la pretenden de ningún modo. Lo democrático-institucional deviene en un fenómeno estético, nominal, casi azaroso, en donde todo lo que pueda ocurrir, políticamente, esta privado de todo tipo de lógica racional.

“El poder público no es, pues, sino la emanación activa, energética de la opinión pública, en la cual flotan todos los demás usos o vigencias que de ella se nutren. Y la forma, el más o el menos de  violencia con que el poder público actúa, depende de la mayor o menor importancia que la opinión pública atribuya a los abusos o desviaciones del uso. En buena porción de pueblos africanos actuales de lengua Bantú la palabra con que se dice “crimen” significa: cosas odiosas a la tribu, es decir contra la opinión pública”. (Ortega y Gasset, J. En tiempos de la sociedad de Masas. Taurus. 2014. Buenos Aires. Pág. 175).

 

Vanos son los intentos de pretender algo a cambio de anoticiar a los que administran poder, que la traducibilidad instituida, que el cumplimiento del pacto social instaurado, se cumplimenta a expensas de que mayor cantidad de personas, ven subsumida su posibilidad de ser tales, que se las reduzca en archipiélagos de excepción, en donde se decostruyen en escombros, cuando no en escorias, en el mejor de los casos, tomadas como contraejemplo de gigantes mediáticos que lavan sus culpas con notas de color, haciendo el foco en el padecimiento de alguno, o como especímenes sujetos a investigaciones académicas, soporíferas, destinadas al sueño inconcluso de alguna rata de biblioteca. Utilizar el continente Africano, como significante de una realidad pauperizada, puede ser incomodo, como provocador, sin embargo la única intención que nos moviliza a vincular ambos conceptos, es la nítida, clara y contundente, combinación entre una institucionalidad occidental que funciona en términos puros, ascéticos, normativamente inobjetables  y que a contrario sensu, demuestra su cabal incumplimiento, cuando pasa al campo de la acción, cuando la traducción se desmorona en la fatalidad comprobable de la mayoría de los países africanos que se dicen, declaran y manifiestan como democráticos, y que de tal solo poseen la pretensión semántica de la autodefinición.

Desde hace un tiempo a esta parte, África dejo de ser un continente a observar, y sólo se ha convertido en el patio trasero de las aspiraciones truncas de la humanidad. A nivel internacional, los organismos que regulan las reuniones altisonantes, de esa pretensión Kantiana de un gobierno mundial, es cómo si hubiesen instituido una regla no escrita, (son las normativas más complejas a las que acuden los regímenes absolutistas dado que de esta manera sólo los que las instituyen las conocen y por ende el poder de controlar y penalizar le es también absoluto y discrecional) para determinar que de África sólo se pueda hacer mención de sus exotismos diletantes, de sus exageraciones risibles, de niños que mueren comidos por mamíferos acuáticos al caer de embarcaciones que no son tales para ingresar a Europa, o de asaltos precarios a embarcaciones lujosas que recodan sus ostentaciones por la pobreza costera que no pueden evitar. África se ha convertido en esa costa, pero en donde derrapó la pretensión democrática de reinar impoluta e indemne de sus encantamientos,  promesas fictas, engañosas y falsas que sostiene para garantizar la vida privilegiada de quiénes la han instituido y son sus más celosos custodios. Han dejado en tal continente un ejército de pretorianos que están a cargo de la administración del poder, como de sus usinas académicas (en defensa de Hegel, a pesar de Hegel, por ejemplo) que en supuestos términos democráticos, trabajan para la democratización de un lugar en donde la función que tienen es que los niños sigan extrayendo el cacao, en condiciones de esclavos, para costear las ganancias de las chocolateras europeas que las venden a precio de manjar. Todos los recursos naturales extraíbles, pasaron a ser, dependientes, como décadas atrás  lo eran de los diferentes estados colonizadores, de socios locales instalados en el poder que comercian, o trafican, con los representantes del poder real, y que para ello, es decir para no recibir las reprimendas ni de la prensa ni de los organismos internacionales, se envisten, se travisten, se engalanan de atuendos democráticos, que no deberían ser creíbles ni sostenibles para quienes tengan meses de escolarizados, sí es que la escolaridad fomentara o pretendiera la razonabilidad de sus escolares.

 

Hasta aquí una realidad nada fuera de lo habitual para los que no se contentan con relatos de superhéroes, series de ficción que alientan a la reflexión de todo aquello que no nos ocurre o que se divierten al observar a veintidós millonarios que corren detrás de una pelota (A decir de Borges). Lo paradójico, el leitmotiv del presente artículo es que, esta pretensión de engaño contumaz, se ha vuelto tras sus creadores, tal como si fuese un boomerang, retorna, risueñamente en un paso de comedia, en lo que se denomina como crisis de legitimidad, como afectación democrática en Occidente, o lo que nosotros denominados, al observar este fenómeno como la Africanización democrática.

“El Estado, como todas las instituciones humanas que son meros medios, tiende a su propia abolición. El fin de todo gobierno es hacer superfluo el  gobierno. Sólo es libre quien quiere liberar a todos los que le rodean, y los hace realmente libres por un cierto influjo, en cuya causa no siempre se ha reparado. Bajo su mirada respiramos más libremente; no nos sentimos ni intimidados ni reprimidos ni oprimidos por nada; sentimos un deseo poco común de ser y de hacer todo lo que el respeto a nosotros mismos no nos prohíbe”. (Fichte, J. G “Algunas lecciones sobre el destino del sabio”). 

Este idealismo, que impone un orden moral, un imperativo categórico, nos insta, a que sostengamos como pretensión a colosales mentiras. Ingenieros, disfrazados de políticos que dicen que construyen grandes obras faraónicas, cuando en verdad no salen del plano.

Cualquier país, incluso sus declaradas capitales simbólicas, centrales o neurálgicas para el sistema instituido, posee una masa crítica, que representa casi un quinto de la población promedio que vota a políticos que se declaran xenófobos o neonazis, escudándose en pseudo-propuestas, en donde siempre, el otro diferente, estigmatizado, es el responsable de los males que le aquejan a la población conceptualizada como decente o pasible de ser gobernada por estos señores provenientes de un olimpo atestado de seres superiores. Esta situación que bien podría ser una muestra más, del craso fracaso, rotundo, de esa educación disciplinaria, tendría que blanquease, bien vale el término, y en clave Maltusiana proponer, que demográficamente el mundo no es posible en sus actuales dimensiones y proporciones. Sí este fuese el problema, es decir casi estadístico, o matemático en verdad, se debería proponer tal como ocurre en culturales ancestrales, que el hombre a una determinada edad, concluya voluntariamente su estadía en la tierra, pero no en los actuales términos en donde en todo un continente la expectativa de vida no llega a los 50 años y en otros roza los 100 (básicamente porque en el medio se origina el sufrimiento y el padecimiento que es mucho más lacerante y cruel que  la muerte en sí misma, que sólo es eso) sin embargo esto no tendría consenso entre los estamentos internacionales y los dueños del entretenimiento hecho noticia. Es muy difícil, o cruel vender la realidad contundente de nuestra limitación. Somos Kantianos en cuanto a lo general para imponer un imperativo categórico (la trampa están en que los que imponen no cumplen o pueden transgredir) pero no para aceptar la incomprensión del noúmeno o que algún día la vida nos dice basta para siempre.

 

Esta es la razón del porque el sistema democrático, es tal como la religión, una cuestión de fe. Un dogma, mero y huero, que cada vez, generará mayores índices Africanos, entendido este significante como el breviario de números raquíticos en cuanto a igualdad de oportunidades, de cumplimiento de expectativas y de la garantía del goce de la posibilidad de libertad.

 

Es notorio como el supuesto avance en términos democráticos de dictaduras africanas travestidas, (porcentajes en los parlamentos de participación femenina, referéndums que dan participación a la población en temas de estado) se corresponde con la Africanización de las democracias occidentales más tradicionalmente instituidas (líderes que se presentan a reelecciones que van por las dos décadas, autoritarismos electorales, políticas públicas que en vez de integrar, proponen el desintegrar el excluir, el desgranar) que tienen como objeto la de pauperización de lo que no estaba depauperado.

 

Hablar de cualquier gobierno estadual, provincial o incluso municipal del sitio que se escoja en Occidente, es narrar las desventuras de facciones Africanizadas instituidas en el poder, que sojuzgan a las mayorías, bajo excusas democráticas. Lo único que varía es el color, el olor, la historia y la prensa de sus protagonistas. En esto no hemos cambiado, seguimos siendo tan manipulables como antaño. A un dictador negro que se precie de democrático no le creemos, lo tratamos con indiferencia o en el mejor de los casos nos produce risa. Sí el hombre es blanco, sin embargo, no creemos que sea dictador, trabajamos para él o en el mejor de los casos nos da tanto pavor que ni lo pensamos. La humanidad vuelve a reducirse a criterios estéticos, manejados políticamente, claro está, como siempre, como nunca.

 

El presente es un extracto de la obra "La democracia africanizada" (Editorial Camelot) que el autor (Francisco Tomás González Cabañas) cede para su publicación como artículo, solicitando en el caso de que aplique la cita de esta aclaratoria.

Link de vídeo de comentario: https://www.facebook.com/100001874161796/videos/1962857057120081/?id=100001874161796

“Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida”. (Pizarnik, A. “El deseo de la palabra”.)

 

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