ANÁLISIS  10 de febrero de 2018

La enchamigada nos está matando.

Conservar el valor social de “enchamigarnos”, de haberlo extendido del ámbito social al político, de correrlo a un status totémico, en donde siquiera puede, debe, amerita o lo que es peor, es castigado, penalizado el criticarlo, el cuestionarlo, el ponerlo en análisis, para ver cuánto nos da y cuanto nos quita, es una de las peores tragedias cotidianas que reafirman la marca, a sangre y fuego, de nuestra correntinidad que nos hace valientes para morir, como cobardes para vivir. Como definición, conceptual, podríamos apuntar que enchamigarnos, es un verbo mediante el cual, acendramos, profundizamos, amalgamamos, nuestro marco de relaciones, constituyendo una suerte de cerco, de gueto, faccioso, endogámico, de cuatro avenidas, de partido chico, de elite, de club selecto, de camarote vip, de sillas en primera fila, de acceso a conchabos en poderes del estado varios, que como contrapartida, la que es obviamente negada, silenciada, obviada, admonizada, y por lo que los pocos, que aún señalamos estos costos, somos perseguidos, apartados, señalados, excluidos, estigmatizados, tiene como problemática esencial, y en progreso, que cada vez más, esos otros que no forman parte, o que lo hacen desde lugares indignamente terciarios, van constituyendo una multitud, que ya no tiene a donde huir (a toda una cantidad poblacional de la provincia hemos expulsado, haciendo honor a un pasado que impulso las desapariciones de negros como aborígenes) y qué empieza a pensar seriamente en que pasaría sí reclama por lógica que la tierra de la que nos creemos dueño, también les corresponde, les pertenece y por ende, exige a fuerza de razón los lugares, los espacios que a los otros, desvergonzada como descaradamente, les viene sobrando e inconvenientemente les genera excesos y problemas de abundancia que les privan de vivir placenteramente con lo que poseen.

Tener que argüir que poner parientes, desde el poder, a mansalva, que desde hace siglos constituye la práctica, nefasta para sociedades abiertas, plurales o democráticas, como nepotismo, es una acción normal, común, y que no debería generar ruido, dado que en las cimas del manejo de la cosa pública, se necesitan personas de confianza, es el síntoma de esta grave enfermedad que, silenciosa como gravemente, nos carcome en nuestra humanidad.

Primero porque se lo reduce al pariente, aconchabado, acomodado, al nivel de cosa. Es decir, se lo encierra tanto en el número que percibe, que por más que sea alto, jamás lo podrá traducir en algo que le brinde libertad, dado que siempre tendrá por encima al que lo puso, discrecionalmente, así este muera, habitara tal condición en su conciencia. No conforme a esta prisión, en que en nombre de la parentela se lo encierra, se lo “defiende” públicamente, bajo un argumento tanto falso, como vergonzante. Llega a tal lugar de privilegio (en un occidente que como problema principal se debate entre su incapacidad de generar empleo como en su obligación de hacerlo, ¿la debería seguir teniendo?) por la mera “capacidad” de ser confiable. Es decir, desde ese poder, de esa familiaridad de la que se lo nombra, se le esta diciendo que la única capacidad que tiene valorable, es la de ser confiable. Por tanto, en caso de que realmente tuviese capacidades notables o destacables, no se dejaría “usar” por el poder familiar que lo nombra, más allá de sueldos y prerrogativas. Sí verdaderamente fuese alguien a considerar, se haría valer por ello mismo, no por su única capacidad, que se está premiando de ser confiable.

Sí esto hace el poder con los suyos, con sus más íntimos, imagínese lo que hace con los que considera amigos o conocidos, que vendría a hacer el segundo círculo de la lógica de la enchamigada, donde en el tercero de los círculos habitan los otros, los que son llamados en tiempos electorales, y tratados a los bolsazos para sostenerles la expectativa, cumpliéndoles solo cerca de las elecciones, con algo de mercadería,  con suerte corte de chapa o vales de supermercado.

Esos amigos o entenados, son los que forjan esta idea de una Corrientes familiar, enchamigada, en donde la buena onda debiera circular, tal como circulan las prerrogativas y los privilegios, pero incluyendo a los que no están en la lista, y que deben obcecar, mansa y resignadamente, al asado, al tercer tiempo, a las tribunas populares del carnaval, a las afueras del anfiteatro, para aplaudir a rabiar a los que comen, a los que mandan, a esos ídolos de pies de barro que se sostienen en la gran estafa de hacernos creer que la enchamigada nos está llevando a algo bueno o positivo, cuando nos entierra cada vez más en una suerte de chauvinismo que nos hace intolerables hasta para el vecino de al lado.

Como muestra de lo expresado, tenemos a mano lo que se viene trabajando desde hace tiempo en relación al Chamamé y su futura designación en la Unesco como Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, presentado en París, y difundido por todos y cada uno de los que queremos comprarnos la enchamigada como el premio que nos da el Dios Tupa, por sostener una de las regiones en donde más cantidad de personas viven bajos los índices de pobreza sin chistar.

Sí usted ingresa al siguiente link de la Unesco: https://ich.unesco.org/es/listas/ podrá ver como nosotros estamos viendo, que la lista, en la que ingresará el Chamamé, no es tan selecta, mínima, reducida o privilegiada. Desde el “Paloy” Uzbeco, pasando por la danza “Isukuti” en Kenia, y llegando al canto “Ca trú” de Vietnam, son cientos y casi miles las expresiones culturales que UNESCO viene destacando como patrimonio inmaterial de la humanidad.

Esto no significa que este mal o que estemos en contra, al contrario, es lo que muchos querrán hacer entender, para descalificar, y ningunear nuestra mirada. Lo que estamos expresando es que este logro, este trabajo, esta conquista internacional, llegará en grado mínimo, ínfimo u homeopático, al correntino de a pie, al chamigo que desde generaciones la viene pasando mal.

A esto apuntamos, conque la enchamigada, debe, fijar sus energías, en tratar de constituirse en un marco amplio, inclusivo, integrador, no en las cuatros avenidas, pequeñas y excluyentes en donde siquiera las familias del poder pueden disfrutar de tales privilegios (como vimos solo lo hacen los cabeza de familia, o pater familias, que cosifican a sus íntimos, para ponerlos como serviles , destacando su único valor de ser de “confianza” para el mandante) sino en una comunidad que tenga como premio, como referencia, el haber reducido, o al menos trabajar en ello, la pobreza y la indignidad que de ella se desprende.

Sí a esto apuntamos, los premios, los destaque internacionales, los títulos de que somos capital de nacional, mundial, del chamamé, del carnaval o de lo que fuese, no los tendríamos por andar mendigándolos por el mundo, sino porque realmente nos lo merezcamos y lo más importante de todo, nuestros hijos, sean más pobres o más ricos, tendrán lo que hoy no tienen, la posibilidad de ser libres y de elegir, habiéndolos sacados de las prisiones que hoy habitan, una llamada pobreza y la otra confianza, los elementos más deleznables y nocivos de una correntinidad enferma o enchamigada.

   

  

 

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