ANÁLISIS  14 de junio de 2017

Convicciones o Conveniencia.

Los que no creen en verdades, sino en circunstancias, es decir quienes no tienen principios sino intereses, se dirigen indefectiblemente a donde calienta el sol o donde sopla el viento, por tanto no pueden ir a otro lugar que no sea el exitismo que propone nuestra posmodernidad. Razón por la cual, quieren ganar discusiones y no discutir, quieren destrozar al contertulio y no llegar a un entendimiento. Estos hombrecillos de poca monta, se dicen experimentados, se jactan de peinar canas, cuando en realidad acopian fracasos, tiran arriba de la mesa, el colosal saco de su derrotero, envestido en probidad por la mera y ridícula suma de años o de símbolos que detenten u ostenten algo que denote una suerte de pasado por más que no haya resultado este exitoso o auspicioso.

Para todos aquellos, sin importar en que sean dependientes de psicotrópicos, víctimas de la infidelidad, malhumorados crónicos, abstemios sexuales o lo que fuere (dado que con ello caeríamos en las descalificaciones que nos proponen) no les indicaremos que la autoridad se funda en la razón y mucho menos le haremos ver que los consejos de ancianos han sido suplantado por los asilos, simplemente hay que regalarles las victorias que creen tener, de lo contrario serían aún más infelices de lo que se muestran, buscando algo tan vacuo como ganar en una conversación, bajo la argucia de la experiencia.

 

Es mejor una confesión, antes que el arrojar una sentencia de experiencia como un sablazo para que el inexperto tema hablar.

 

Estuve recordando mi primera vez sexual. Contaba con trece rozagantes años, y con unos irrefrenables deseos de llegar al acceso carnal. Un compañero de curso, repitiente y por ende algo mayor, entendido en la materia de las profesionales del sexo, nos llevó, con dos compañeros con ganas de similar intensidad que la propia, para debutar, a los fines de que nos hiciéramos hombres. Las prostitutas nos trataron como niños, entre ellas se burlaban por nuestra evidente condición de púberes. De los tres primerizos, yo fui el que paso a la habitación con la mujerzuela en primer orden. El detalle estaba en que yo era el más pequeño en edad de todo el grupo. Producto de haber comenzado la primaria a los cinco años, por una suerte de precocidad que me acompaña, desde que tengo uso de razón. La misma etiqueta, que me marcó en la facultad, en el trabajo, en el ámbito político y en el ámbito literario. Es como si yo estuviera condicionado por mi juventud, a vivir como joven. Cuando la escisión cronológica, que existe con mi cabeza, me produce ciertos conflictos. Muchas veces percibo las miradas prejuiciosas de diferentes personas, que al ver mi rostro, piensan automáticamente en irresponsabilidad, inexperiencia, falta de calle, falta de preparación y demás. Cualidades negativas que me endilgan, por el simple hecho de haber nacido en una determinada fecha. La típica clase de gente, con el pensamiento simplista y primigenio, que asocia vejez con sabiduría. Tipos que toman lo peor de la antigüedad, de griegos y romanos, que hacían culto al consejo de ancianos o sanedrín. Yo tengo en claro que en mi niñez el proceso de maduración fue una especie de per saltum, una escalada astronómica, pero a su vez, también siento que muchas veces, entro, en la actualidad, en una especie de aceleración, de vértigo, como si estuviera compitiendo contra el tiempo o contra alguien.

Tiempo me llevaría comprender, que una cosa es hacerlo y otra cosa, es sentirlo al hacer.

Un ejemplo muy claro es cuando lloramos, la cultura machista siempre ha dicho que llorar es cosa de “maricas”, veamos:

El llanto, como atributo natural del hombre, es un querer decir simbólico. Palabra camuflada orgánicamente. Comunicación rebuscada. El llorar es sintéticamente un transmitir o transmitirse un clamor extremo. Este, apunta a la necesidad de una respuesta de tal condición puramente lógica como inexistente.

Es decir que un individuo cualquiera ante una determinada situación, que lo sitúe en el centro mismo de lo inexplicable o lo falto de sentido, sea un desencantamiento amoroso, muerte de un ser querido, una alegría sobredimensionada, el volar de una mosca, etc, detenta la posibilidad de hacer expresa su incomprensión.

Ahora bien, la forma más común de expresar la incapacidad misma de poder encontrar argumentos plausibles, como para contrarrestar la situación alógica o de sin sentido, es básicamente el escapar a los métodos tradicionales de lo argumental o discursivo. Ya que la situación extrema que lleva al hombre a situarse en lo inexplicable (lo podríamos llamar también ¨ nada espiritual¨) es precisamente un crudo mostrar de la falta de elementos argumentales o discursivos, que el ser humano atraviesa, necesariamente, en determinadas circunstancias. Podríamos generalizar diciendo, que estos estrepitosos momentos, son una muestra acabada de la imperfección del hombre.

La respuesta entonces que un individuo vierte ante la peculiar situación, es en su momento, melancólicamente lacrimosa.

Aunque puede que el llanto, en estos tiempos que corren, se encuentre ridículamente explotado. Afirmamos esto amparado en la creciente y progresiva ignorancia que día a día millones de babayos (búsquenlo en los diccionarios, si aún conservan alguno) tienden a acumular (no sabemos si es un nuevo deporte).

Esta actividad tan llamativa logra esclavizar al individuo conduciéndolo a un estado de incomprensión, y con ello a una magnífica catarata de lágrimas.

Demás está decir que existen cosas que racionalmente no tienen explicación. Las cuales son específicas y puntuales. Lo que las transforma en exigentes, desde la perspectiva del conocimiento que uno tenga y la reflexión que pueda llegar a hacer.

De todas maneras el hombre (y bien vale un llanto estruendoso esta afirmación) se detiene en obstáculos sencillos, que la razón no los puede superar a causa de la obnuvilación por parte de la ignorancia, no permitiéndose plantearse las cuestiones realmente inexplicables. Este proceder los lleva a un lastimero y quejoso pedido ante una supuesta divinidad. Divinidad que en el caso de que exista, solo atiende o existe, como para proteger a sus criaturas de las verdaderas preguntas sin respuestas, que desembocan en la sensación de falta de lógica o de sin sentido.

Los demás interrogantes, vacuos, risibles e insulsos, el creador los deja a sus fetiches en la tierra, los clérigos, la iglesia, como para que estos no lo estorben permanentemente con sus rezos y oraciones, vacías de contenido espiritual.

 

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