13 de enero de 2016
El Víctor Hugo de los Miserables (Una versión contemporánea y Rioplatense).
Sí bien, algunos, los más perspicaces dirán que la humanidad está condenada a transgredir lo impuesto, en caer en esa tentación de la que somos hijos (Sí Eva no hubiese comido la manzana no tendríamos humanidad), lo cierto es que tampoco podríamos caer en otras en donde culminaríamos en la cárcel o el psiquiátrico (si nos dejamos librados a nuestra instintividad por ejemplo) por tanto, esta seductora y contradictoria propuesta de análisis es perfectamente aplicable al atiborrado, de números y guarismos, mundo de la política vernácula donde se dan apreciaciones por doquier, cayendo muchas en extremos, no necesariamente peligrosos, pero si risibles, simpáticos y humorísticos de batallas que nunca han sido tales y en donde nunca estuvo en juego la libertad de expresión de nadie, sino los ingresos ingentes de quiénes usurparon representatividades por acomodar el timbre de voces, que siempre estuvieron al mejor postor, miserablemente.

De un tiempo a esta parte, quizá sea una herencia de los `90 pues supuestamente se la ha combatido, desterrado y denostado a esta década, desde las perspectivas políticas/sociales y económicas, pero no así, en su aspecto esencial o subyacente. Estamos hablando del entramado o del nudo gordiano cultural. Notése que es más que evidente lo que afirmamos, puesto que de un tiempo a esta parte, en ningún distrito del país, al culminar una contienda electoral, quiénes son derrotados,  los protagonistas de las mismas, o sus mariscales, la asumen en su sentido lato. Ha quedado marcado a fuego ese mandamiento de Carlos I, de ese menemato del que los que se alejan verbalmente se acercan proporcionalmente en sus actos y costumbres, que el éxito es la moneda de cambio más valiosa en la tardomodernidad. La necesidad imperiosa de travestir la derrota, el fracaso, lo perdidoso, mediante hermenéuticas de pacotilla, reelaborando un discurso de la buena onda, del hiperoptimismo que en verdad, esconde, agazapado, la perversidad de ocultar la realidad, mediante frases de autoayuda, de la falacia de tomar un aspecto parcial de lo que ocurre como si fuese el todo, y de todas las trapisondas que ofrece el lenguaje y de las que se han servido los políticos más oprobiosos de la humanidad.

El eco de los `90, que nadie combate, sea por complacencia profunda y por ende ocultable o por ignorancia supina o inconsciente, les hace hablar a nuestros políticos y a los que tardíamente o por el conchabo que succionaron o por la borrachera narcotizante de un relato que los enaltecía por lo que lucharon generaciones anteriores,  los pone en el ridículo de que bailen, de que suelten globos o de que se esfuercen en poner buena cara, con la modelo siliconada y noventista de turna,  y de que escondan la profundidad de lo que tienen ganas de decir, y también la obligación, que en el caso de ser derrotados es básicamente el verbalizar que han perdido una contienda perdida.

En verdad lo que se vislumbra, o lo que dejan ver, al mostrarse penetrados por esta continuidad noventista, es el fracaso moral del que no se pueden desentender, el lodo percudido de una historia del que no salen ni aun diciendo que combaten y que gracias a ellos hemos salido.

Ese sistema noventista del culto al éxito, de la superficialidad como amo y señora de nuestras pautas y conductas, son lo que sostienen con el no reconocimiento de una derrota, con el trocar el mostrar un llanto o una lágrima verdadera, en vez de esa risa falsa, exigida por el consultor, por el asesor, editada por el publicista y distribuida por los soplones  en versión comunicadores.

Quién tenga la pulsión de obedecer su esencia  y en vez de actuar como un muñeco de torta, de un arlequín en un circo en medio de la guerra, les hable a sus compañeros/correligionarios/camaradas, desde la efusividad del dolor por una derrota, desde la sinceridad de tal emoción, cagando a pedos porque no a quiénes considere responsables conexos, quizá no se garantice un futuro éxito, pero le estará brindando a quiénes lo escuchen la originalidad más común y silvestre, de ser humanos , de eso que desde los noventa o antes nos vienen robando y nadie, desde la política se ha dedicado a devolvernos.

¿Cómo no va a doler una derrota?, ¿Como uno puede participar para estar, para tener un lugar y no querer prevalecer, como además de todo esto, se nos animan a decirnos en la cara, que no han perdido, sino que, o siguen siendo mayoría o en algún momento lo serán? Esto sí que es una ficción mucho más grande o al menos compatible con la del 1 a 1, con la de la estabilidad cambiaria y del sueño primermundista, esto tiene que ver con nosotros, con cada uno de los que lee, sueña, piensa, escribe, escucha y participa en la comunidad.

Debemos tener en claro, que la cultura del éxito sigue reinando, digita a nuestra clase dirigente, les pone palabras, discursos, acciones y reacciones ante acontecimientos puntuales y colectivos; una cosa es perder y otra es ser perdedor, pero no por temer a plantear la diferencia podemos dejar que nos hagan caer en la tentación de un mundo donde no hay vencedores ni vencidos, donde todos ganan, licuando y banalizando este concepto, como el necesario e indispensable del de la derrota.

Adherimos y hacemos propias las siguientes palabras de un pensador que trascendió el tiempo y la materialidad, y que seguramente escribió lo que escribió no por la necesidad de un me gusta en el muro de una red social, por la vanidad que se lo publiquen en algún lugar o por un dinero que alguien le podía ofrendar, sino porque tenía la necesidad, auténtica de decirnos algo, esa autenticidad que en nombre del éxito, la sometieron a destierro.

“Es difícil tener moderación con un poder desmesurado. De forma que es incluso para aquellos que son de naturaleza menos excelente una singular incitación a la virtud es estar colocado en lugar en  el que no hacéis ningún bien que no sea registrado y contado y en el que la mínima buena acción atañe a tantas gentes y en el que vuestra inteligencia, como la de los predicadores, dirígese principalmente al pueblo, juez poco estricto, fácil de engañar y fácil de contentar. Hay pocas cosas sobre las que podamos juzgar sinceramente, porque hay pocas en las que no estemos interesados de algún modo. La superioridad y la inferioridad, la dominación y la sujeción, se ven forzadas a una natural envidia y contestación; se han de atacar recíproca y continuamente…Quién no participa del riesgo y de la dificultad no puede pretender el honor y el placer que acompañan a los actos arriesgados. Es lamentable poder tanto que todo ceda ante nosotros. (Michel de Montaigne)

Ante el presente manifiesto, mal valdría el poner nombre y apellido, de quien ha tenido la condena de ser una sombra nominativa del autor de los miserables, por más relatos futbolísticos que se trocaron, como una compra oportuna de millones de dólares con información privilegiada horas antes de que aumentara, en el armazón bélico de una disputa política, agonal, que fue por todo, y que ahora, ante la derrota, se encuentra con la miserabilidad de algunos de sus sicarios alquilados, que desnudan su incomprensión profunda o mejor dicho que develan por lo que realmente iban, por unos mendrugos, que acrecentarán sus pingues privilegios, a costa de arropar, bizantinamente una supuesta revolución que perdió culturalmente (lo que nunca combatió, es decir los noventa) y que en el fango de la derrota, clama, súplica, miserablemente, no ser considerados como tales, sacando a relucir, principios que nunca han respetado ni considerado.

Los miserables, a los corazones sensibles, les generan lástima, ojala encuentre otro trabajo y que gane el doble, que es lo único que realmente le ha importado y defiende, como, por más relatos, replicados por perros falderos narcotizados por pseudo-dogmas, se notó desde siempre, para quiénes han prescindido de todo tipo de fanatismo, cegador por la bacteria de la obsecuencia y las prerrogativas, para entender la realidad política, social y comunicacional. 



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