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22 de agosto de 2026

Sirvientas.

“Por de pronto, a partir de la caracterización de la pregunta por la cosa, hemos alcanzado una indicación indirecta acerca de lo que le es propio a la filosofía, que plantea tal pregunta. La filosofía es el pensamiento con el que esencialmente no puede hacerse nada y por lo cual, necesariamente, ríen las sirvientas”. (Heidegger, M. “La pregunta por la cosa”).

Mi abuela “Lola” casada a los 14 años con mi abuelo Tomás (hijo de Francisco González, nacido luego de la guerra “Guazú” que aniquiló la población masculina de Paraguay) usaba en forma natural y cotidiana el término sirvientas para referirse al personal doméstico de su hogar. Recuerdo que tal uso causaba escozor e incomodidad en mi madre, su nuera, que independientemente de tal encono semántico, como parte de nuestra cultura de tal entonces, no tuvo problemas en tomar como “criada” a una menor de 18 años para que se encargara de las cosas de la casa.

La cita de Heidegger no es una falacia de autoridad. El pensador alemán, como la mayoría de sus apreciaciones filosóficas, hace uso de una frase expresada miles de años atrás ante lo sucedido a Tales de Mileto, cuando refirió que las sirvientas se rieron de él por tropezar en un pozo mientras miraba al cielo para buscar lo abstracto, olvidando, y pagando por ello con el tropiezo, lo práctico.

Precisamente tanto en la pregunta por la cosa, cómo en conferencias tales como “Serenidad”, Heidegger anticipa lo que vivimos en la actualidad; nuestra relación tan lejana, pese a la cercandad, con el objeto, y la distancia cada vez más inquietante, entre el pensar reflexivo o filosófico y el hacer práctico de resultantes o servil.

En el acontecer, de los que aún y pese a todo seguimos pensando, las sirvientas en nuestra cotidianidad algorítmica, no son ni más ni menos que los capitostes que acumulan material, cegados por la propia dinámica, enajenante, sin preguntarse, cuestionarse ni pensar.

También les cabe a los “autores” o quiénes brindan “contenido” por el mero hecho de generar o bajo el método de hacerlo sin más, agotando la energía que consumen (y nos consume) por intermedio de las distintas inteligencias artificiales.

En nuestra investigación en curso, de identificar aspectos homológicos entre la filosofía desarrollada por Heidegger (tan afianzada en lo griego y con tanta repercusión en lo occidental) y la cosmogonía guaraní, encontramos otro determinante punto de encuentro.

Para la cultura que iba en busca de la “tierra sin mal” la justicia penal se entendía de la siguiente manera. Aquel que infligiera un daño directo a otro, era condenado a servir, es decir transformarse en sirviente, por un período determinado, a la familia a la cuál había dañado.

El término, en verdad concepto de “sirvientas” se vuelve a resignificar. Es una categoría que engloba a todos y cada uno de aquellos que lo que prioritariamente hacen es servir, no ya a otro, sino al procedimiento, a la mecánica, a la acumulación algorítmica, que exige y demanda, la anulación del pensamiento reflexivo, del ejercicio de lo filosófico en cuánto no pierde el norte de seguir buscando responder a la pregunta de ¿Qué significa pensar?

La frase originada en el milenario tiempo de los griegos, que recuerda Heidegger, sigue resonando de la misma manera, pese a que ciertos conceptos, se hayan resignificado, una y otra vez.

El pensamiento sigue siendo una atribución en uso de muy pocos y las sirvientas pasaron a servir de personas, a sistemas, métodos y procedimientos.

Tal vez está sea en verdad la desigualdad más grande que la humanidad aún se pudo cuestionar, siquiera poner en evidencia.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

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