Domingo 19 de Septiembre de 2021

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8 de julio de 2021

El bizarro mundo de los publicistas en los tiempos de la despersonalización de la subjetividad.

La Coca Cola de marca pasó a símbolo, por tanto así en vez de mencionarla explícitamente, usemos el eufemismo o genérico de “gaseosa saborizada”, estaríamos incurriendo en una tontería. Por más que ésta se encuentre socialmente aceptada. Una prueba es que una gran parte del círculo rojo de publicistas afamados, seducen fácilmente a los profesionales de la seducción que son los políticos. Les hacen creer que el afiche que devino en virtual, debe ser llamado por el anglicismo “flyer” y sí lleva tal o cuál combinación de colores, y el candidato sonriente pese al barbijo de ocasión, tendrá dos puntos porcentuales más que su oponente.

Envalentonados en un derrotero de las presunciones, de las falacias “creativas” y mal habidas, el perfil de estos “encantadores de serpientes” se resume en que son los que intentan convencer que mediante sus ardides publicitarios la Coca Cola venderá mucho más. Niegan el valor del producto o de la cosa en sí, vendiendo la hipérbole de sus acciones que se reducen a decidir sí el vaso que contiene la bebida debe ser ancho o largo, de color o transparente y sí la palabra fetiche o el anglicismo “slogan” debe ser disfruta o emociónate. Existe una gran gallardía en este timo declarado y manifiesto. De hecho la palabra “bizarro” en verdad u originariamente significaba valentía, la dinámica del lenguaje le cambió el significado para que en la actualidad represente algo así como insólito, raro, cuando no desagradable.    Son valientes en proponer la marejada de sofismas con las que incautan a los dos extremos que propone la dialéctica hegeliana. En verdad desconocen, que no convencen de nada ni a los amos y mucho menos a los esclavos, sólo están convencidos ellos mismos de las obviedades travestidas de creatividad dotada de genialidad que dicen plantear para los diferentes tipos de campañas, en donde los verdaderos protagonistas son ellos mismos, reconociéndoles la virtud de que no se jactan de esta estelaridad. Esto mismo los hace poderosos, no muestran ni dejan ver, hasta qué punto sus predicamentos, improbables e incomprobables, sin embargo se transforman en una suerte de protocolo estricto a cumplir para que el producto sea más producto, se venda más o el político deje de ser tal para transformarse en el representante dilecto de las masas. Lo que llamamos “despersonalización de la subjetividad” es una frase conceptual totalmente anti publicitaria, anti comercial y anti mediática. En verdad es anti comunicativa, pero aquí radica la razón por la que consideramos indispensable su uso. En el ámbito de la comunicación, la lógica bizarra de los publicistas, llegó hace tiempo para quedarse. Aún más, en lo cotidiano, pandemia mediante, la despersonalización de la subjetividad está en su clímax. No se trata de un diagnóstico, sino de la norma o de lo común. Los sujetos dejamos de ser tales. Nos desamarramos de nuestra propia subjetividad. Subsumidos en la hegemonía cosificadora del objeto, valga la redundancia, somos la cantidad de me gusta que nos dan en la red, los pulgares levantados en la aplicación del móvil, los corazones de colores diversos y la indispensable necesidad de ser parte, precisamente de esas máquinas deseantes en que se han transformado los dispositivos de lo colectivo. El sobrante y excedente de este circuito en que hemos convertido al fenómeno de lo humano, son los pobres y marginales, que perviven para día a día ser el espejo perverso en donde los triunfadores se regodean de la riqueza material para no ver la carencia esencial o espiritual de las que están presos como objetos. No existen acciones individuales, en donde sujetos determinados decidan per se, algo, así fuese incluso el beber determinado líquido. Las decisiones, las corrientes que se imponen desde otro lugar, sólo están para ser acompañadas en la cresta de tal ola (quienes se sientan seguros o exitosos) o debajo de las mismas (excluidos). No existe necesidad de convencer de nada, a nadie, porque no elaboramos discursos. La discursividad en la propuesta de la palabra, se encuentra herida de muerte y con ella el entendimiento y la comprensión. Las supuestas conflictividades que exteriorizan los medios de comunicación, no dejan de ser, disputas prefabricadas donde en verdad nada está en debate o discusión. Son manifestaciones de un algoritmo que en vez de correlatar O y 1, propone pañuelos verdes o celestes, machismo o hembrismo, neoliberalismo o populismo. Los cisnes negros (como teoría de Taleb) o deja vú de la Matrix, se dan precisamente en el campo de la individuación que exalta y ratifica la despersonalización de la subjetividad. Son las mega estrellas creadas (de alguna u otra manera) por tales mercados como objetos referenciales para que las masas quieran ser eso y no sujetos. Cristiano Ronaldo, un jugador de fútbol, en una conferencia de prensa tras un partido, al despreciar la botella de Coca Cola, y expresar “Coca no, agua” le hizo perder a la compañía tantos dólares como supuestamente le harán recuperar con campañas publicitarias ante un producto que pretenden que sea el resultante de una publicidad. En la escala, es el político (sobre todo el oficialista) el que contrata a bandas diversas de encantadores de serpientes, para que lo ratifiquen en la confianza al mismo contratante que ganará y que no necesita discutir nada con nadie, así sean estos sus socios, correligionarios, compañeros o camaradas. La política en los tiempos de la despersonalización de la subjetividad, encantada por los publicistas bizarros y despolitizada. Tal como las personas que venden las imágenes sexuadas de sus cuerpos, que proponen una sexualidad virtual como relación, mediante un pago determinado y que no se consideran trabajadores sexuales por la mera semántica desaprensiva que puede tener el significante; prostitución. La huella no puede ser borrada, ni tampoco totemizada, dado que no hay huella originaria porque todo comienza por ella, nos decía Derrida.    La muestra cabal y fehaciente son los terruños donde el hambre y la miseria, someten a la mitad de la población. En tales lugares, aún no es delito, al contrario, da prestigio y valor, el plantear que un color más o menos, hará ganar una elección, cancelar las discusiones tácticas o estratégicas de la política, por el supuesto temor a perder una disputa electoral donde se dirimen en el mejor de los casos aparatos administrativos de distribución, circuitos robotizados para que al pobre, al croto, le llegue lo que tenga que llegar en la medida y tiempo justo para que vote como tiene que votar. El próximo gran éxito será la constitución de estas fábricas de líderes, escuelas de reproducción, viralizaciones de seres despersonalizados que terminen de hacer añicos los restos de la poca humanidad en términos de sujetos que aún nos queda. Esta será la gran elección que dirimiremos muy pronto, y en donde seguramente los publicistas, o muchos de ellos, podrán hacer sin dudas campañas con sentido, apego y responsabilidad para aportar al gran desafío de los tiempos actuales con los que nos toca lidiar y de que todos somos responsables. 


Por Francisco Tomás González Cabañas.  

 

 

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