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CULTURA

8 de diciembre de 2020

Razones para declarar a la pobreza estructural patrimonio intangible de la humanidad.

Sí “París bien vale una misa”, cómo no valdría el oxímoron que desde la ciudad luz, con uno de los estándares más altos de calidad de vida, y menos pobreza (entendida y soportada como la que nos afecta por estos lares), se nos otorgue el “caramelo de madera” de que acunemos un patrimonio intangible de la humanidad, que generará entre tantos beneficios, que estoicamente, sigamos cantando y bailando, en la anuencia cómplice y mordaz, de que “así no más” la correntinidad, el placer de regodearnos en la franciscana pobreza de que debemos ser felices por mandato del “tupá” blanco y la virgen morena a la que bajo su manto, los “gurises” soldaditos, juegan a escaparle al horror de la miseria, haciéndose laderos de los narcos.

Y tal vez no tenga que ver una cosa con la otra, o sí. Para ello, hemos estudiado casi doscientas letras, que avalan, promocionan, sostienen y subyacentemente inoculan, el precepto, como “percepto” en el sentido deleuziano, de qué, cómo condición necesaria entronizar un himno, distintivo de una comunidad dada, tenga estrictamente que ver, con realzar los valores de la pobreza, miseria y de la marginalidad, para de tal forma, hacerlas substancia indiscernible de los gobernantes que tendrán, mediante ello, las manos atadas para mitigar lo que ya no será un problema.

 

A diferencia de los que se nos viene “vendiendo” desde hace años atrás, la declaración que ensordecerá nuestros sentidos en poco tiempo más y que nos ofrecerán cómo un hito sin precedentes, lo será, sin ningún lugar a dudas, a los efectos principales de que el pobrismo quedará consagrado como filosofía musical que nos impedirá pensar más allá de tal estar siendo en el mundo. 

 

Seremos catalogados a la luz del mundo occidental, bajo sus égidas eurocentristas, cómo los pobres felices, los que abnegadamente, renunciamos a pensarnos y sentirnos de otra manera, a cambio de la palmada en la espalda, que recibirán entre otras cosas, nuestros gobernantes, ya erigidos en nuestros representantes naturales e incuestionables. 

 

De esto se trata. La mitad de nuestra población, que no es arreada únicamente por la música sagrada (reivindicando el “pan y circo romano” como el axioma, en este caso reconvertido que la música será el opio de nuestro pueblo) escapa de la pobreza, pero no a una de las tantas trampas en las que nos engrampan nuestros “empobrecedores”. 

Una de las más rutilantes que suceden en paralelo tiene que ver con la guerra de los pañuelos. Cómo sí la vida se tratase del color verde o celeste, tropillas de fundamentalistas de la fe o de la ideología, se tensan en una fuerte disputa de la escena de lo público, para relinchar por esa vida por nacer o por el deseo de gestar, olvidando, merced a este debate, a esa misma mitad, condenada al oprobio de la pobreza y la marginalidad, anestesiada con la música irredenta, que mata complacientemente al pobre, otorgándole esos instantes homeopáticos de placer, para que jamás nunca, pueda reconstruir su dignidad y poder pensarse más allá de cómo lo han pensado, y bajo esta caracterización le vienen “cantando”.

“La vida sin música sería un error”, afirmaba Nietzsche y a tal punto lo es, que una expresión tan auténtica de un pueblo empobrecido no puede ser usada, con tanta impudicia y desfachatez, como una herramienta política, cuál placebo salvífico que requiere para su imposible “actuación” que nos desposeamos, precisamente de lo esencial a lo que apunta la música como expresión humana; la dignidad misma.

Es decir, ni los acordes, ni las composiciones, ni los rasguidos, ni cualquier sonido o vibración, habrá logrado, lo que un conjunto de notables pertenecientes al cenáculo de los privilegiados pudo obturar, traficando influencias para un certificado que no sólo que no ayudará a reducir la pobreza ni la marginalidad, sino que la amalgamará en ese inconsciente colectivo, que ya a nivel internacional nos consagrará a los pocos que comemos y que pese a tal tragedia, cantamos entrañablemente a favor de la romantización de tal pobreza o el fanatismo de un deseado pobrismo. 

La política, es decir el campo en donde este tipo de cuestiones debieran discutirse, no sale, ni saldrá, del laberinto de lo electoral. Habiendo reducido la democracia al fenómeno (ni justo ni igualitario, en sitios en donde la mitad come poco, no come o come mal) de la votación, ya no es novedad que ante cada turno, se vuelva a batir el parche de los cambios en las reglas de juego, que únicamente hacen y harán mención, a la elección. 

En tal lógica binaria, en tal reproducción de vivir a expensas del que al otro le vaya peor que a mí, la música oficial, la que se apoderaron de un pueblo, al que empobrecieron, y con certificados internacionales, le pretenden enamorar de tal pobreza para que nunca salgan, ni se cuestionen en su condición de tal, tendrá su blasón, se constituirá en una suerte de arcano mayor, de una religión que hace culto al pobrismo, que no viven ni vivencian sus dioses y santas, a los que debemos adorar cada tanto, hincándonos de rodillas, para suplicarles el mendrugo mensual, en símbolo dorado y no criticando nunca la matriz, o como en el presente caso, haciéndolo a sabiendas que a vos que esto te llega, en el hipotético caso de que lo leas, no harás nada para cambiarlo, ni modificarlo.   

 

En la teocrática comarca donde hemos transformado a la maldición de la pobreza, en la bendición de una canción oficial, a pocos días de diciembre de 2020. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

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