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FILOSOFíA

25 de mayo de 2020

LOS SEÑORES SOFISTAS Y LOS CORNUDOS



El adjetivo y sustantivo “sofista” inicialmente era un elogio. Heródoto de Halicarnaso ( Los nueve libros de la Historia, I, 29 - IV, 95) saluda los nombres de Solón y de Pitágoras con este adjetivo elogioso que después Platón convirtió en vituperio. Los términos griegos sophia (sabiduría) y sophon (astucia) que prefijan la palabra permiten esta iridiscencia de significar lo digno junto con la indignidad, con solo mencionar ‘soph’.

 

 

El adjetivo y sustantivo “sofista” inicialmente era un elogio.

Heródoto de Halicarnaso ( Los nueve libros de la Historia, I, 29 - IV, 95)  saluda los nombres de Solón y de Pitágoras con este adjetivo elogioso que después Platón convirtió en vituperio. Los términos griegos sophia (sabiduría) y sophon (astucia) que prefijan la palabra permiten esta iridiscencia de significar lo digno junto con la indignidad, con solo mencionar ‘soph’.

Platón escoge seis de las definiciones más abyectas para incorporar la entrada “sofista” a su particular diccionario de diálogos, y en general asocia a los sofistas con la idea de ser fabricante de pícaros políticos y astutos oradores que tuercen la verdad por medio de argumentos capciosos. Aristóteles, que no va demasiado lejos de su maestro, admite que los sofistas son “aquellos que ganan dinero vendiendo una sabiduría falsa” (Topica, 79 A 3).

Lejos en el espacio y el tiempo de esa controversia acerca de si era buena gente o se hacían los buenos, conviene revisar sus ideas a la luz de la experiencia que estuvo cosechando la sociedad hasta llegado el Segundo Milenio.

Protágoras de Abdera habría nacido hacia el año 480 a. de C., y mereció la inquisición anticipada cuando un tribunal griego ordenó que sus obras fuesen quemadas públicamente, y su autor expulsado de Atenas, según nos cuenta el siempre oficioso Diógenes Laercio en el siglo III d. de C., aunque no indica sus fuentes, (Vida de los filósofos más ilustres, tomo IX).

Protágoras había escrito este mensaje que después recogió  Eusebio el Panfilio (Praeparatio evangelica, XIV, 3, 7) y lo difundió:

“De los dioses no puedo saber si existen o no existen, ni la forma que tienen, porque muchas cosas impiden ese conocimiento: la oscuridad del propio tema y la brevedad de la vida humana”.

Eusebio lo asigna al grupo de los ateos sin remisión posible aunque, como podrá advertir el cauto lector, la perspicaz lectora, Protágoras no se pronuncia enseñando que no existen los dioses, que sería una premisa del ateísmo. Se limita a indicar una aporía del agnosticismo: no sé si existen o no. Está de más decir que adhiero totalmente a esa idea.

Cicerón en De natura deorum I, 42 observa este exceso, pero como sabemos que los tribunales religiosos no tienen apelación ya que se fundan en cierto fanatismo inmune a la razón, Protágoras pasó a integrar la fila de los ateos.

Protágoras también afirmó que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son” y asiéndose de esta frase, Platón lo fustiga en el diálogo Protágoras, también en el Teeteto a través de la figura de Sócrates para quien (en el diálogo) existen las verdades universales que Protágoras ponía en duda con el relativismo. Sócrates le pregunta a Protágoras, no sabemos si imaginariamente o si el diálogo existió de verdad, ya que ambos se conocían en Atenas, si “¿una cosa dada es para mí tal como se me aparece, y para ti tal como se te aparece, siendo tú y yo hombres los dos?”.

El diálogo Teeteto lleva por subtítulo “De la ciencia” porque la conversación empieza planteando cuál es el criterio que debe reunir el conocimiento para ser ciencia.

En la evocación de Platón la cita tiene otra forma (Traducción de Editorial Porrúa, Mexico 1993 ISBN 968-432-310-7, no figura nombre del traductor) “El hombre es la medida de todas las cosas, de la existencia de las que existen y de la no existencia de las que no existen”.

Si en la primera forma que evoca Eusebio la frase tiene carácter gnoseológico, en la cita de Platón tiene acento ontológico. Para Eusebio el sofista cuestiona cómo conocemos, para Platón, indaga acerca de qué es lo que conocemos. Vuelvo a insistir, tal como hace el personaje de Sócrates en el diálogo: Platón necesitaba fundar verdades absolutas que fueran universales y eternas. Por ejemplo, “el Bien es bueno”.

Necesitaba instalar verdades inobjetables en el tiempo (eternas) y el espacio (universales).

Eusebio nos dice que esa “homo mensura” de Protágoras se refiere a la percepción de las cosas, es decir, es gnoseológica. Obviamente que si hay una pera sobre la mesa puede que usted la perciba verdosa y yo, en otro ángulo del salón, la perciba amarilla. Pero la materia es independiente de nuestras percepciones de las cosas. Sigue siendo igual a sí misma aunque veinte personas la perciban en forma distorsionada. Pero Platón resbala hacia otro problema. Ya no habla de peras, empieza hablando de vientos, que si uno lo percibe frío, otro lo puede percibir tibio. Y lentamente se desliza hacia los valores porque quiere torcer el brazo a los sofistas haciéndoles reconocer que existe el Bien, la Verdad, la Justicia y cada uno de ellos es uno solo, eterno y universal, independientemente de las personas que los conozcan.

No obstante, todas las religiones sembradas por el Planeta exhiben como regla de oro: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Ese es el Bien que nos es dado conocer, y de nuevo es un Bien homo mensura, a la medida humana. ¿De qué otra manera sabríamos que asesinarlo no es una idea que le caiga simpática a nuestro adversario? Porque no nos gustaría ser asesinados. O, ¿cómo si no sabríamos que ser asaltado produce angustia en nuestro vecino? Porque nos ponemos en su lugar y experimentamos una sensación incómoda al pensar que nos asaltan en la calle.  Y también, ¿por qué nuestro colega detesta ser cornudo? Porque pensamos que si nuestra esposa cobija a otro hombre en su lecho, nos disgustaría mucho, muchísimo que nos ocurriera lo mismo. Siempre buscamos impresiones humanas para conocer la respuesta del “no hagas a otro...”

No podemos, como decía Protágoras, conocer los deseos, aversiones, gustos y decisiones de ningún dios simplemente porque no los conocemos. Lo que sabemos de ellos vienen de relatos y escritos hechos por terceros hace muchísimo tiempo, e ignoramos en qué medida son divinos y en qué medida son humanos dichos escritos.

De manera que, aún para -por ejemplo- la Justicia que es abstracta e inmaterial, el homo mensura sigue teniendo plena validez. Protágoras no mentía y sus libros fueron quemados sin necesidad por un simple acto de estupidez humana, propia del fanatismo religioso de cualquier color.

Alejandro Bovino Maciel

De: "Los sueños de la eternidad" (en prensa para 2020)

 

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