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ANÁLISIS

26 de marzo de 2020

La paradoja del Covid-19.

Así como el físico y filósofo E. Schrödinger, afamado por la paradoja de su gato, en donde demuestra, para explicar el mundo cuántico, que otro ser puede estar vivo o muerto al mismo tiempo, de acuerdo o merced, al que lo mira y lo ve, y desde allí se determina su condición existencial y existenciaria (es decir sí continúa o no viviendo) y no antes (cuando de acuerdo al austríaco, las dos formas podrían convivir en multiversos paralelos, vía superposiciones) el despliegue sin parangón de la pandemia que se empeña en atacar a los privilegios del sistema, precisa de atemorizar al vulgo o la plebe, mantenerla encerrada en sus propios hogares, para que no se contagien, pero en verdad, para que tal contagio no complique la mayor posibilidad de sobrevida de los primeros.

Los pobres, marginales, excluidos y desplazados del sistema, los que permanecen aislados y son presos cotidianos de sus limitaciones y de sus carencias, a las que siquiera le pueden poner puertas o divisiones para encerrarse o delimitar un espacio propio o privado (no lo pueden hacer ni en sus casillas, habitáculos en donde conviven promiscuamente hacinados) no aspiran a mucho más que a sobrevivir. Despojados de casi todo, desguarnecidos en su condición, desnudos y a pelo ante la intemperie, o los fulmina el presente virus, el próximo o el anterior. Sin que sepan la máxima de aquello que “no los mata, los fortalece”, la intuyen y por ello seguirán, darwinianamente, adaptándose, instintivamente a los cambios y en el peor de los casos, jamás morirán ni cinco segundos antes de sus muertes. 

 

Los que seguimos de cerca las cifras, de esta gripe que puede derivar en neumonía fatal, debemos sin embargo revisar sí estuvimos previamente en alguno de los países en los que el virus señoreó previamente, fortalecer la fe ante la deidad o la idea de ello, y no morir tantas veces, ante las informaciones, las suposiciones, las conjeturas y el terror que nos paraliza cuando damos cuenta que todo lo que habíamos construido, artificialmente, para precisamente no tener miedo o tener menos de ello, no nos termina garantizando, más que dudas e incertidumbre, en una larga noche de invierno, de la que, como nunca antes, dudamos ciertamente, de que pueda acabar, junto al amanecer, tan deseado, como inseparable de la ruindad, de una pesadilla. 

 

Por supuesto qué al dolor, no lo podemos mitigar, lejos de querer convencer de que no lo padezca quién pudo perder un familiar, ser querido o conocido por esta pandemia, el aislamiento o la distancia con el otro, de la única manera que se rompe, quiebra o vulnera, es mediante, la palabra. 

 

Transgredir la cura posible, que es distanciarse, ponerse en cuarentena, no tiene otro fin, que no sea el paradojal. Esta cura no nos basta, ni tampoco nos puede bastar. Nos acostumbramos al resultado, a la pastilla, a lo sumo, a la prevención, a la vacuna, al préstamo y al valor de intercambio de la acción atesorada, de las leyes de mercado. De esas que hoy, cotizan poco porque no tienen en stock un respirador. Mutilado el futuro, de los viajes en crucero o avión, el turismo como edén y a la pobreza como infierno y disvalor, reina la peste como el pulmotor del cuerpo político y la cura democrática. 

La afección al no distinguir ningún sistema inmune de otro, se constituye en un virus democrático.

 

Todos lo podemos tener y en esto radica el horror. Imaginémos sí en clave política, los que manejan los recursos públicos, creyeran que cualquiera lo puede hacer (el principio supuesto de lo democrático) caerían en pánico y con ellos, medios de comunicación mediante, todos y cada uno de los expectantes y espectadores que somos parte de lo mismo que en verdad no lo es (como la paradoja del gato del austríaco, en el mismo momento). 

 

El no moverse poco, significa y representa, la pausa, la epojé, ante el sistema que desde lo micro (el virus) como desde lo macro (el sistema) pide, exige y demanda, reproducción al infinito, multiplicación ilimitada y en serie. No es de extrañar tampoco, que se empeñe y se lleve, a quiénes por edad y salud no pueden seguir produciendo, como una suerte de descarte, de aquello que no le sirve para su omnívoda y omnisciente lógica. 

A los que la desgarradura nos interpela (de la que provenimos por otra parte), a los que no estamos preparados para lo incierto, a los que creímos en las bondades del mercado (siempre en retirada) en el paraíso de las vacaciones con seguro médico, la tos del otro de enfrente, nos sentencia a muerte, a diferencia del terrorista y sus bombas, del represor y sus arbitrariedades, ese otro que no sabe (que esta enfermo) que tal vez nos quiere, en su inocencia insolente, se convierte, como el gato del físico, en víctima o victimario, dado que podemos ser nosotros, quiénes le estemos infectando al sano que creíamos o sentíamos enfermo.

Y aquí viene la preocupación por el pobre, que llamamos acto solidario, el responsabilizarle que su no lavado de manos o su no restricción de salida, lo expone a muerte, a nosotros como a ellos, en el gran espacio democrático, que la enfermedad, por ello pandemia, a generado en los campos de un invierno perpetuo.  

Somos más responsable, pero no lo reconocemos, salvo que venga un tercero (el virus) y con sus acciones nos diga, quiénes ponen más muertos (esta sería la lógica de la guerra con la que se declararon la mayoría de los jefes de estado de occidente) nosotros que nos creíamos dueños de las acciones, de las vacunas, de los respiradores y medicamentos, o ellos que nunca tuvieron otra chance o expectativa que seguir sobreviviendo y que ahora tienen una posibilidad única de ser iguales ante la muerte, la que cruelmente siquiera nos da tiempo que nos despidan o duelen. 

No estamos ni sanos ni enfermos, el día que entendamos lo que significa ser humanos, ya nos habremos ido de este plano, y con ello el resto de las especies, tendrán seguramente, un mundo más a tono y acabado, en el caso de que convivamos en multiversos superpuestos, seguramente la mayor cantidad de posibilidades y probabilidades de otras realidades, nos tendrán en una versión, algo más integrada, sentida y valorada, de lo que se siente y significa, disfrutar de una noche de invierno, sin tener que preocuparnos por tener para la cena o de contagiarnos un resfriado. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

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