ACTUALIDAD  16 de enero de 2019

La Ciudadanía no existe.

Todos somos miembros, activos o tácitos, de alguna de las tropillas o facciones, que tienen una vinculación directa con el poder político y económico que construye como destruye al estado a la misma vez. Es decir que no podemos considerarnos solidarios, sin reconocernos previamente como responsables por los cambios climáticos (como por la falta de ganas o de visión de trabajar para anticiparnos a estas consecuencias) que desnudan o que inundan con imágenes y testimonios, el barro marrón caca o el cloacal en el que habitamos y que algunos sienten como la tierra sin mal.

Debiera ser además, precisamente el sitio, en donde no se puede pensar la ciudadanía, sino lo es desde un espacio, partidocrático, que tiene una parcela del poder, desde donde se determina, por la discrecionalidad de los popes que manejan tales espacios políticos (o en donde se gangrena la política) a quiénes les cabe cuanto y de esos, cuantos quedan completamente afuera, de los círculos de poder, de los conchabos más jugosos, de las avenidas céntricas, del asfalto, de la dignidad de poder comer.

Nos ocurre, sucede, acontece, mal que nos pese,  a los que con el estómago lleno podemos arribar a la sinapsis neuronal,  que no tenemos ni un concepto, ni una elaboración del ser ciudadano. En verdad, no tenemos deseo de tenerlo, de formarlo, de adquirirlo o de ir por él.

Nos gusta, sea porque nos han acostumbrado o porque no conocemos otra cosa y tememos lo incierto de pensarnos en salir de nuestra zona de confort (en verdad nuestro síntoma de Estocolmo, en que creemos ser felices estando encadenados, queriendo a nuestro opresor) en ser el ganado vacuno, llevando la marca en el cuero de nuestros patrones, arreados a la marcha y contramarcha de los señores feudales, de quiénes siquiera nos molesta el tener que cederles el derecho de pernada que nos siguen imponiendo, sea real o simbólicamente, como desde los tiempos en que esta degradación se ejecutaba con normalidad en el medievo europeo.

Es que la tierra sin mal, el concepto Guaraní, fue tomado, conquistado, por sus opresores, quienes a rezo y fuego (¿no sería lo mismo?), como trabajo y educación, entendiendo a estos conceptos como los que nos dejan sin libertad, como sin el dinero que prometen y sin la educación con nuestro medio o con el prójimo, es un eufemismo que contempla ese destino utópico para que un grupo de privilegiados usufructúe el esfuerzo de otros, se sienta superior a este, y encima lo haga responsable, o le recrimine o exija, solidaridad o esfuerzos, ante cambios climáticos y sus consecuencias.

No existe espacio y por ende, no se puede dar el tiempo para que se alumbre la ciudadanía. Lo que surge en el medio, en una relación que propone amos y esclavos, es lo que se puede observar en sociedades, de las que no casualmente, somos furibundamente críticos (desnudando nuestra envidia ante el coraje que han tenido en tales lugares. Verbigracia “Los porteños”) y lo que la teoría da en llamar, ciudadanía, o independientes en clave de análisis electoral (de todas maneras esta definición es discutible y requeriría de mayores perspectivas).

Nosotros somos, apenas o gracias, una cosa, un objeto, para el mandamás que nos ha tocado, una pieza más en el engranaje destinado a saciar sus apetencias más personales, que no son más que las necesidades de estado.

Nos dan el Chamamé, el Carnaval, las fiestas de los santos, de las fundaciones de cada pueblo y nos pagan el sueldo a término. ¿Qué más podríamos pretender?. Como sí nos mereciésemos…

  

  

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