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ACTUALIDAD

9 de junio de 2017

¿De qué hablamos cuando hablamos de una cultura social y política feudal?

Hace tiempo que desde algún lugar se introdujo como variante de análisis, sobre todo en terrenos geográficos en donde la pobreza pega fuerte, una suerte de “revival” del feudalismo. Supuestos personeros de las libertades, en verdad para prohibirlas, se adueñan de dar la posibilidad de libertad para que no las tengan a aquellos que la desean, negociando con esta energía o lo que se produce con ellas, para que no exista posibilidad real de tal libertad. Son pocas las personas que por ejemplo pueden decir su nombre y apellido manifestando una posición política, dado que en la ficción normativa de la libertad de expresión, los traficantes de la posibilidad le garantizan por la letra muerta y fría de la ley que tiene tal posibilidad y derecho, y al unísono, sin embargo y en un antológico caso de perversidad, mandan a sus cancerberos, a sus amigos, familiares o entenados, a que los intimiden, que los ataquen, que los sindiquen, por hacer uso de tal libertad supuestamente garantizada. Es tan fuerte y contumaz este comportamiento, esta acción, que se extiende, en la iracundia de la violencia, cuando las guardias pretorianas de los feudales, también se las agarran con quiénes le tienden una posibilidad de expresión, un canal de comunicar a los que desean, tan solo y simplemente ser libres, sin tener una jauría de perros rabiosos tratándole de morderle alguna parte del cuerpo al osado, al que se atreva al arrojo de pensar, de ser y actuar con criterio propio, por fuera del circuito feudal.

Aprovechando que el imperio del poder, es decir lo que se impone por la fuerza de lo que fuere, introduce su largo y grueso falo en el cuerpo de la historia, el pensamiento imperante en la edad media denominada Escolástica, ha quedado en los anales como una corriente oscurantista que ha sometido a la razón a ciertos argumentos de intenciones menores, un símil metafórico podríamos aplicar para lo que vivimos en la atosigante cultura de la correntinidad.

 

Juan Domingo Perón, poseía una visión clara con respecto a un período de la historia; la edad media, el medioevo o la época feudal. En contraposición de lo que expresan algunos catedráticos (Como Huitzinga), el General pensaba que en tal momento la humanidad vivió a oscuras o en penumbras.

Nosotros no sólo coincidimos con esto, sino que vamos un poco más allá, dado que consideramos, que en nuestra provincia, el feudalismo, social, político y cultural, aún perdura.

Citamos un extracto de lo que decía Perón con respecto al Feudalismo y luego de ello, nuestra posición, acerca de porque consideramos que aún se vive en tal periodo en nuestra provincia.

 

“La edad media es de dios, se ha dicho, y en este hecho, en este paciente y laborioso mantenerse al margen de sus tinieblas, debemos ver la lenta y difícil gestación del renacimiento. Fue una edad caracterizada por la violencia desmedida. No nos es posible hallar en ella las formas del estado ni contemplar al hombre. La edad produjo santos y demonios, pero en su desolación, en su pobreza, con el horizonte teñido siempre por los resplandores de los incendios, no le quedaba al hombre otro escape que poner sus ojos y su esperanza en mundos superiores y lejanos. La fe se vio fortalecida por la desgracia.

Sobre las ruinas de los castillos feudales edificaron sus tronos las nuevas monarquías.

La verdad socrática, platónica y aristotélica, no fueron textos prácticos para el medioevo, que había perdido, en el fragor de una terrible crisis, todo contacto con la continuidad intelectual del pasado.

No es frecuente hallar seres que posean una perspectiva completa de su jerarquía. La conquista de derechos colectivos ha producido un resultado ciertamente inesperado: no ha mejorado en el hombre la persuasión de su propio valer.

Caracteriza a las grandes crisis la enorme trascendencia de su opción. Sí la actual es comparable con la del medioevo, es presumible que dependa de nosotros un renacimiento más luminoso todavía que el anterior, porque el nuestro, contando con la misma fe en los destinos, cuenta con un hombre más libre, y por lo tanto, con una conciencia más capaz” (Juan Domingo Perón, la Comunidad Organizada).

 

La historia nos narra que en la Edad Media la estructura económica y predominante era el feudalismo, que consistía en un acuerdo entre dos nobles, uno el señor y otro el vasallo. El vasallo prometía obediencia y fidelidad a su señor y se comprometía a cumplir una serie de funciones en su nombre. Por su parte, el señor se comprometía a dar protección militar a su vasallo y a proporcionarle los medios de subsistencia. En el interior de nuestro país, las provincias se manejan con un sistema tan parecido y similar, que el feudalismo no sólo es económico y político, cómo lo hubo de ser en el medioevo, sino que se extiende en la identidad cultural y en la acciones diarias de los hombres, que conforman una condición feudal y que hacen que esté sistema de vida no sólo no se haya extinguido, sino que tenga, por el contrario, una saludable vigencia, cómo veremos que sucede en todo el Norte de nuestro país.

En la famosa oscuridad de la Edad Media, los vasallos tenían deberes tales como reclutar soldados para el ejército de su señor y proveerlo de ingresos. Con ese fin, el súbdito recibía el control de un feudo que normalmente consistía en una gran extensión de tierra, aunque también podía tratarse de funciones lucrativas y de responsabilidad, como recaudador de impuestos, acuñador de moneda o agente de aduanas. De ese modo, un señor con muchos vasallos disponía de fuentes seguras de ingresos además de un ejército. El contrato feudal era de por vida. El señor podía arrebatarle el feudo a su vasallo si éste incumplía sus obligaciones. En cambio, para el vasallo, dejar a su señor era tarea más ardua.

Es muy difícil no tener alguna relación, laboral, sentimental o social, con la clase política o los políticos, en una provincia que se sostiene básicamente del empleo público (se estima en un 70% del total de ocupados) y que lo poco que queda afuera de ello, iniciativas privadas de un precapitalismo, aún sigue dependiendo de influencias o cuñas que se puedan lograr con los arriba mencionados. Sí a esto le agregamos un mercado, o público que en su mitad está sumido en la pobreza, el escenario se vuelve aún  más complejo.

 

Por tanto, y desde este enfoque estructural, y más allá de las reiteradas argumentaciones de porque uno continúa, hasta obstinadamente sí se quiere, confirmando nuestro detenimiento cultural de base, en la oscuridad del feudalismo, se suma este ingrediente “estructuralista”, para reafirmar, como si fuera necesario, nuestra entidad identitaria, anquilosada, en principios que nos subyugan al perimido sistema que primaba en el medioevo.

 

Sin entrar en la historia pormenorizada, es de común dominio que los señores feudales eran unos pocos, por lo general grupos de familias, que ante el dominio de extensiones de tierra, desde donde edificaban castillos atemorizantes, brindaban protección al resto de los mortales, a cambio de la entrega laboral, física y hasta espiritual de los mismos.

 

Los vasallos, espantados por un afuera, donde el pleno dominio aún se encontraba en la madre naturaleza (desde fieras, pasando por tormentas y desamparo generalizado) no tenían ni opción, ni posibilidad de pensar la misma, se entregaban a la seguridad inhóspita del microcosmos de un castillo, a cambio de no padecer la incertidumbre de un mundo que aún no se encontraba domado por la técnica.

 

El concepto de “división del trabajo” que sería eje central de modelos económicos centurias luego, se evidenciaba por la naturaleza misma de la ocupación; por tanto, existían, dentro del vasallaje, diferentes trabajos, que caracterizaban a quiénes lo ejercían.

 

Nos ocuparemos de uno de ellos, trátese de los “pajes”, Huelga aclarar, que fijaremos el análisis en este tipo de trabajadores, no sólo por el rol que tenían, sino también por la onomatopeya, que nos referencia, inmediatamente, como apócope de aquel que posee contracción hacia el onanismo.

 

Los paje, era una denominación, para todo joven que estaba al servicio de un noble o de un rey. Este servidor se ocupaba del servicio interno de la casa. Todos estos muchachos recibían una instrucción especializada en el mismo palacio, y eran adiestrados en las distintas disciplinas que se les exigían.

En el presente y lúgubre Feudalismo Provincial, los señores que aglutinan vasallos, no sólo poseen tierras, para adquirir la condición señorial, también lo pueden hacer desde la acumulación de dinero, o desde el atesoramiento de poder político. Un señor feudal, puede ser un hacendado, un empresario o un político. El resto de los habitantes que no poseen estos condimentos, son meros vasallos, envestidos de comerciantes, profesionales, o empleados públicos.

La delimitada y encumbrada clase de actores sociales, o señores feudales, manejan a diestra y siniestra las acciones que se llevan y llevarán a cabo, tanto en el campo político, académico, mediático y social. Estos ilustres, conocidos por todos y criticados por pocos, que poseen la concepción cultural del feudalismo provincial, plantean las relaciones desde una óptica, en donde se arropan la propiedad de lo que administran, lo que aleccionan o lo que transmiten. Se manejan a sus anchas, en una sociedad empobrecida y nutrida por ejércitos de vasallos, alimentando un círculo vicioso, que suscribe la necesidad de esclavos, para tener amos y viceversa.

Desde el terreno político, es sabido que la mejor manera de acceder a una posición expectante, se constituye en la entrega de lealtad al jefe o patrón. Sí alguna duda nos invade con respecto a esta afirmación, preguntemos a cualquiera de los legisladores, provinciales y nacionales, intendentes y dirigentes políticos, sí las acciones que llevan a cabo, la realizan desde el convencimiento propio o desde la opinión de sus votantes. La mayoría responderá que obedecen, obcecadamente, a sus jefes políticos, en el mejor de los casos, a sus partidos. Encontraremos, además de lástima en estas respuestas, que la política es cosa de una veintena de hombres, que lapicera en mano, definen las acciones públicas.

Desde el político que para ascender posiciones, tiene que claudicar, durante años, ante el capanga, pasando por el académico preso de sus propias limitaciones, llegando al periodista, subyugado por el peso de las pautas, y finalizando con el patricio que reprime sus verdaderos deseos por un esclavizante que dirán.

La historia nos indica que el feudalismo histórico, hubo de ser superado por la aparición de la peste negra, que arrasó con la población y eliminó las conductas señoriales por la necesidad de contar con hombres que trabajaran la tierra, sin necesidad de que se suscribieran tratos que brindaran protección. Los señores no habían podido ni siquiera defenderse ellos mismos de la epidemia que aniquiló a un tercio de la población mundial de aquél momento. Sin embargo, señalamos, amparados en sólidos argumentos, que el Feudalismo Provincial que nos imposibilita a acceder a la condición de ciudadanos, ha extendido sus dominios. No sólo acapara lo económico y lo político, cómo la vertiente originaria e histórica del sistema mencionado, sino que se sustenta en el aspecto cultural y esencial del espíritu de los habitantes.

No podríamos sentarnos a aguardar que un fenómeno endémico se lleve un sistema, que esta afincado en nuestra identidad, en nuestras acciones diarias que nos llevan a sostener la condición de feudales. La providencia no enviará alguna catástrofe inesperada, no sólo porque no tengamos la precisión correcta de que exista tal providencia, sino porque en el caso de que exista, no podríamos determinar con exactitud la fecha en la que será enviada. Sumado a la particularidad que el feudalismo provincial que nos afecta, no tiene una consistencia externa o que este por fuera de nosotros, cuál si fuera un sistema que se nos impone. El feudalismo que nos dilapida, reina en nuestra identidad, en nuestras formas, en nuestras costumbres, en nuestro accionar diario. Por tanto es un mal cultural, que sólo puede ser desterrado desde la voluntad interna, desde la decisión cotidiana de modificar nuestra condición vasalla.

Que pensemos en aguardar una solución que no dependa de nosotros, tiene que ver con una de las armas más eficaces y contundentes que utiliza el régimen, para seguir reinando en los amplios campos del vasallaje, consistente en postergar, aletargar y adormecer a la plebe y sus ambiciones republicanas.

Los sectores menos pudientes y más empobrecidos, incorporaron a tal punto este mensaje, que ellos mismos, cuando son visitados por diferentes políticos en busca de votos (obviamente en turnos electorales) lo que reclaman, en muchos casos, imploran, es un futuro para su descendencia, para sus hijos. Han asimilado, cruelmente, que ellos mismos ya no tienen posibilidad alguna de salir de la condición de pobreza extrema, donde nacieron y morirán.

Los sectores medios que participan en política, aquellos que engordan los números de la plantilla del empleo público y que se constituyen en los multitudinarios ejércitos de los partidos políticos, aprendieron, tras años y años de espera, que la única manera de progresar, ascender social y políticamente, consiste en rendir pleitesía eterna a sus respectivos jefes, aguardando la llamada divina, que lápiz mediante, premie tanta adulación, lisonja y claudicación, para seguir obedeciendo, desde algún cargo, obcecadamente a sus hacedores.

Los sectores medios que no participan directamente en política, profesionales, comerciantes, productores, medios periodísticos, saben que el mejor negocio se encuentra en arreglar con el régimen, aguardando las mejores condiciones (la candidatura de algún conocido o amigo), para finalmente, llegar a la espera final, de una dádiva o prebenda, para engordar, astronómicamente, las ganancias .

La sociedad en general, confunde la espera perniciosa, que culturalmente alimenta él régimen, con la esperanza. El hombre que aguarda de la virgen o del gauchito el ansiado trabajo, en vez de ir a buscarlo. La mujer que aguarda mediante el gualicho que su marido deje de serle infiel, en vez de plantear directamente el tema. El joven que aguarda la muerte de sus padres, cómo para tener una casa propia, en vez de trabajar vigorosamente para lograr su fin. El adulto mayor, que aguarda, resignadamente que se apiaden de él, en vez de agotar las fuerzas y las energías, como para hacer oír sus reclamos.

El chamamé (música folclórica), Pedro Canoero, grafica con perfección taxativa, lo letal y poderosa que resulta el arma de la espera, inoculada en los ciudadanos comunes, recordemos la letra: “Pedro Canoero, todo tu tiempo se ha ido...Sobre la canoa se te fue la vida...Pedro Canoero la esperanza se te iba sobre el agua amanecida. Tu esperanza Pedro al fin no tuvo orillas.”

De aquí se puede entender, como los elementos simbólicos-referenciales del Chámame y el carnaval, no sólo que son sagrados, sino que además el hacer uso de ellos en el sentido político, mueve las fibras más íntimas de esa correntinidad que la conforma.

La grandilocuente fuerza del arma de la postergación o de la espera, se encuentra en que se la intenta confundir, ávidamente, con la esperanza.

Tener esperanzas no significa esperar nada de nadie, ni siquiera de una divinidad. Porque el creer en algo o en alguien, es un acto de fe o un acto de voluntad, movilizada por una convicción. Pero para creer en ese otro, por más que sea divino, primero hay que creer en uno mismo.

La única forma de contrarrestar el poder, que inocula el régimen, mediante la postergación y la espera, es tener esperanzas en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer.

Esta no es ni una batalla electoral, ni tampoco puede ser reducida al mero campo de lo que se haga o se deje de hacer, esto se trata de otra cosa, que no tiene tiempo, ni espacio, tiene que ver con un estado y con una posibilidad; la libertad.

Así lo expresa el propio Perón cuando inmortalizada una de las frases como la siguiente;

"Quien quiera oír que oiga, quienes quieran seguir que sigan: mi empresa es alta y clara mi divisa, mi causa del pueblo. Mi guía, la bandera de la patria"

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