Acción de amparo para evitar la obligatoriedad del voto.
El mito democrático.

  ANÁLISIS  27 de febrero de 2017
La democracia idílica.
Hemos aceptado que los partidos políticos sean los sellos de goma que se agolpan tras un frente electoral, en donde no se practica ningún tipo de accionar democrático interno y los candidatos se eligen por obra y gracia del poderoso de turno; damos por sentado que lo que elegimos, obligados y condicionados, sea nada más qué facción, que se diferencia de las otras por los hombres y nombres que la componen, nos gobierne prometiéndonos aquello que sabemos que nunca cumplirán; no más pedimos que nada empeore, de lo que viene empeorando por más que nos prometan que las cosas mejorarán, haciéndoles creer que les creemos sus promesas. Necesitamos, aún, que nos guarezcan ficticiamente de la intemperie en la que hemos sido arrojados, asegurándonos que existirá algo más allá de esta temporalidad en donde todo lo que no se acomodó aquí, se acomode por arte de magia allí, en una suerte de democracia idílica o paradisíaca. Nos persignamos, ante las santas escrituras republicanas, que nos dicen que está garantizada la integridad física de nuestros cuerpos, como de nuestros bienes, mientras en las iglesias y capillas de tal institucionalidad, en tales tribunales, los santos y mártires de tal justicia, no hacen más que reinar en sus privilegios y prodigarnos olvido e indiferencia, cuando no, injusticia. Leemos, como acto de fe, la carta magna de este milagro consensual, deliberativo, o desiderativo, le dedicamos oraciones y rezos; a diario, los apóstoles, como correas de transmisión, como medios de comunicación, solo estampan los relatos afines, excluyendo y segregando a todos aquellos que no comulguen con sus postulados sacrosantos.

Nuestros dioses, en el olimpo gobernante, bajan en los tiempos electorales, a convencernos que ellos tienen que seguir allí, porque están tocados o porque se esfuerzan por nosotros, por más más que no lo entendamos o no nos demos cuenta.

Merecemos una respuesta, como Yahvé se la dio a Job, ante tanta confusión, tanto desorden y desesperanza, camuflada en todo lo que supuestamente son sus contrarios. Aquí seguimos profiriendo propuestas, para mejorar aquello que nos dicen que es lo mejor para organizarnos en esta tierra, abonando proyectos para que lo mejor, se note, se traduzca en lo cierto. En esta oportunidad, creemos necesario que nuestras sagradas escrituras democráticas establezcan por ley, que los candidatos a un gobierno, debaten públicamente sus propuestas, proyectos e ideas. Amén.     

En tiempos electorales, escuchamos a los diferentes candidatos en casi todos los medios, muy pocas veces refiriendo acerca de sus proyectos, propuestas o convicciones. Para combatir ese flagelo que desnuda debilidad institucional y democrática, se podría establecer por ley provincial, que todos aquellos que se propongan como candidatos, debatan sus propuestas en un ámbito neutro, tal como se realiza en otros países del mundo, o como esta establecido en otros distritos del país como Buenos Aires.

Nuestra historia política y social nos señala que la tradición siempre estuvo guiada por la fuerte militancia de los ciudadanos en determinados partidos, guiados por diferentes líderes populares, y por tanto la disputa ideológica se dirimía en formas varias. Como la concurrencia masiva a actos públicos verdaderamente multitudinarios, o la actitud sentimental y emocional de cada ciudadano, que hacia expreso su apoyo mediante el uso de banderas, remeras y demás atuendos que señalaban a las claras su opinión política. Durante años, el fervor de la adhesión a un partido político signo la vida social de nuestro país. Razones varias podemos encontrar ante este fenómeno, de todas maneras la presente argumentación no pretende incursionar por lo campos de la sociología o antropología. Podríamos señalar, sin embargo, que los duros y horrorosos años de dictadura militar, sumados a la participación de líderes naturales y populares que dividían la opinión pública en forma contundente, forjaron una exaltación del sentimiento y la emoción partidista por sobre otros aspectos como el intercambio de ideas o la exposición contrapuesta y racional de ideas. Reafirmando una tendencia a nivel mundial, como los años del idealismo o romanticismo social (finales de la década del `60 y los `70).

Si bien, la mayoría de los argentinos, vivimos y vivenciamos de tal manera la política, un simple dato basta como muestra paradigmática, los millones de afiliados con los que contaban los partidos Justicialista y Radical.

Se podrán realizar un sinnúmero de análisis del desuso y deterioro de estas prácticas políticas, pero independientemente de las perspectivas con las que observemos la realidad, lo único irrefutable es precisamente que la sociedad toda modificó sus conductas y tiende a precisar de argumentos, de ideas y de confrontación de las mismas, como para emitir su voto.

Citamos a continuación la opinión de Sergio De Piero (Politólogo, Docente e Investigador):  “Varios autores señalan que parte de la crisis de los partidos políticos se refiere a la pérdida de capacidad y de poder para fijar la agenda política. En la actualidad ésta estaría construida desde los medios de comunicación, donde los partidos tienen una incidencia de otro tipo, la cual depende de los recursos económicos y la capacidad de presión que los líderes políticos pueden lograr. Lo que esta claro es la dificultad del ciudadano para introducir temas en la agenda, ya que los medios no cuentan con ningún sistema de representación ni de ejercicio serio de la ciudadanía, más allá de la limitada opción de comprar o no un producto.”            

Observamos que no solamente en el ámbito intelectual se posee la certeza del cambio de las formas políticas (léase crisis partidaria, crisis de representación, efectos del 20 de diciembre) de alguna manera esta certeza se transformó en una seguridad pública. Muy lejos de criticarla o alabarla, debemos aceptarla. Por tanto resaltaremos la importancia que constituye que los ciudadanos escojan a sus representantes vía o por intermedio de las ideas, propuestas o políticas de estado que en su momento exhiban.

El filosofo alemán Martín Heidegger, afirmaba que el ser (como un yo metafísico) habita en el lenguaje. Lo que consagra de alguna manera la importancia radical del intercambio de ideas y de la comunicación, pese a las diferencias expuestas. Siguiendo con el ejemplo, dentro del campo mismo de la filosofía, uno de los desafíos capitales consiste en aceptar y convivir con las diferencias. El ser humano, con millones de años en sus espaldas, encuentra en el lenguaje, y por consiguiente en la comunicación su más alto punto de razón.

La necesidad de refrendar por Ley, un debate entre los candidatos que se postulen para algo, podría ser positivo para al menos intentar generar el hábito, se palpa desde todos los puntos en donde se expresa la ciudadanía; encuestas de todo tipo, notas periodísticas, contacto diario, etc.

A nivel internacional,  existe en Estados Unidos, desde 1987, la Comisión para Debates Presidenciales. Dicha organización (sin ningún tipo de afiliación partidaria ni ayuda gubernamental)  fue creada con el fin de reglamentar e instituir el debate presidencial como una obligatoriedad más en la campaña electoral.

En 1985, varios paneles integrados por personalidades de diversos medios fueron reunidos con el objetivo de discernir acerca de la necesidad de implementar el debate en las campañas presidenciales. Al finalizar las reuniones, se decidió unánimemente en favor de esta herramienta ya que vislumbró su utilidad, tanto para el público como para los candidatos, a la hora de contar con un sistema organizado en el que todos puedan escuchar y, más importante aún, comparar ideas y proyectos de la forma más civilizada existente. 

Su accionar se pudo observar en las elecciones presidenciales de 1988, 1992, 1996 y 2000 con resultados exitosos. El debate en Estados Unidos se ha convertido en una herramienta tan fundamental que, muchas veces, se espera a la realización de estos para definir los resultados de las elecciones.

También en otros países los debates se comienzan a realizar con creciente frecuencia y, sobre todo, ante circunstancias tan importantes como estas. Aunque aún no están reglamentados su importancia crece día a día. Ejemplos de esto son: Brasil (que utilizó el formato en sus últimas elecciones) al igual que en Sudáfrica. Cierto es también que existen tantos modelos o formatos de debate como países donde se aplique. En Estados Unidos se suele utilizar un estudio de televisión donde los candidatos se reúnen y cuentan con un determinado tiempo para presentar sus propuestas y luego pasan a contestar preguntas realizadas por un tribunal y el público oyente o televidente. Por otro lado, en Brasil, el debate fue igualmente mediático a pesar de no contar con tanta experiencia y se realizó en teatro para poder contar con público presente también.  

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