Sábado 21 de Marzo de 2026

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21 de marzo de 2026

La filosofía es para pocos desde siempre.

Los que nos dedicamos al ejercicio del filosofar en tiempos democráticos, debemos reconocer que tal contexto político-cultural nos determina, nos impone ciertas condiciones, desde las cuáles nos es imposible pensar apartados de tales disposiciones que nos inclinan en un sentido determinado.

Seducidos, cautivados o secuestrados (o la mezcla de todos y cada uno de los condicionamientos posibles) lo cierto es que los filósofos en tiempos democráticos, contamos con el defecto de época de pretender ser afamados, masivos, populosos y aupados por las masas para que vitoreen nuestros nombres o cómo mínimo que nuestros libros agoten las publicaciones y que nuestros auditorios se colmen de un público que desborde en número y entusiasmo.�

Esta suerte de ulterioridad impuesta por la corriente mayoritaria, finalidad social de aprobación y soporte de contar con millones de seguidores en las diversas redes sociales, de tener la agenda detonada para que la mayor cantidad de medios de comunicación requieran de tu voz y de tus posiciones, o que al menos tus cuentas bancarias desborden de depósitos y transferencias por actividades varias, disputa palmo a palmo la otra ambición del intelectual de acumular titulaciones, diplomas y reconocimientos de prestigio otorgados sea por unidades académicas, como de instituciones públicas y asociaciones y fundaciones varias que den por cierta la capacidad del reconocido o considerado.�

Sin embargo, en el caso puntual y específico del filosofar, desde su inicio e historicidad (el sentido de lo que ha sido y por tanto es) nunca estuvo destinado a ser una actividad para el público en general, para las masas o las mayorías. Podríamos afirmar, todo lo contrario. La filosofía es una disposición de orientar el ser, el alma o la esencia más profunda de lo humano, para la cuál se requieren condiciones que muy pocos pueden poseer y que adquirirlas no constituye una empresa de resolución fácil, inmediata o sujeta únicamente a una acción transaccional.�

Lo más sugestivo y sugerente, es que la mayoría de los que hacemos filosofía (por no decir todos) en tiempos democráticos, no terminamos de reconocer esta obviedad notoria al punto de tratar de revertirla, en forma expresa o simulada. Consciente o inconscientemente, torcemos la disposición natural de las cosas, por el condicionamiento político y cultural de época, pretendiendo lo imposible, como contradictorio de una filosofía para las masas, para el pueblo, para las mayorías y todo ese romanticismo que no es más que una petición de principios impuesta por la democracia.�

Partamos de la base, del sentido común que para abstraer uno debe tener resueltos aspectos elementales de lo cotidiano en cuanto a haber comido bien durante años, horas diarias suficientes para descansos reparadores y la disposición más luego de un largo tiempo de formación, que implica lectura, reflexión, producciones sintéticas y demás ejercicios durante años que fortalecerán la musculatura mínima e indispensable para finalmente estar en condiciones de filosofar.�

El tomar este camino, una consagración que para algunos colegas renombrados, es ni más ni menos que vivir la vida auténtica, se incardina en espacios que van más allá de unidades académicas, por más que en la historia de occidente surgieron desde escuelas, tal como la fundada por Platón y que ofrecieron a sus alumnos, el caso de Aristóteles la posibilidad de educar a hombres de poder político como lo hizo con Alejandro Magno.�

Más allá de que la filosofía en su repetición disciplinar alcanzó a más almas, desde la traducción de los papiros, la invención de la imprenta, la universalización positivista de cierto saber y el imperio de lo democrático,¡ a nuestros días dónde se pueden encontrar divulgaciones de lo filosófico en imágenes, montajes, "reels" o memes, lo cierto es que no es operativa para ser funcional a las masas, a lo colectivo o lo común indeterminado.�

La filosofía es una herramienta para la imposición, sutil (al estilo seducción semántica o convencimiento dialéctico), de decisiones sobre otras y por ello mismo no está ni estará al alcance de muchos, dado que las mayorías discurren en la supervivencia diaria, los que escapan de ella, no logran salirse de las redes que imponen el logro de lo material, o el resultante de poseer bienes tangibles y se debe contar además no sólo con un mínimo de inteligencia o capacidad, sino por sobre todo, ganas y predisposición para el ejercicio constante y rutinario.�

Difícil no carecer de recursos, de contar además con cierta capacidad, haber sido entusiasmado para tal ejercicio (muchas veces el supuesto saber escolarizado va en detrimento de esto, ayuda a lo contrario, a la obediencia obcecada) y disponer de tiempo, ganas y valor para llevar una vida en plenitud.�

En los tiempos democráticos, en la displicencia de creer que somos todos iguales o parecidos, y que la única regla válida es la del intercambio, el político carente de poder, pero plagado de posición y de bienes, desechará casi siempre a la filosofía por no comprenderla de base, sentir temor ante ella por considerarla extraña y en el mejor de los casos, condenarla a ser tratada por sus colaboradores o funcionarios, que al haber sido estimulados únicamente para obedecer, creen que los únicos libros válidos son los que leyeron obligados por los dispositivos académicos, que como dijimos, muchas veces están formulados para obstaculizar el pensar.�

Es momento de que se diga y se sostenga esta verdad que como todas las que rozan lo profundo, suelen ser más que incómodas. Sí del lado de la filosof�a, lo reconocemos y lo tenemos claro, ya vendrá el entendimiento con esos pocos que pueden tener la posibilidad de relacionarse con lo filosófico para generar un verdadero y saludable provecho, en tiempos en dónde las respuestas, maquinales y repetitivas, como accesibles y mayoritarias, están en programas de inteligencia artificial en cualquier servidor.

Sí usted no invierte en su vínculo con la filosofía, paga con la mudez disfrazada de indiferencia ante estos temas, o diariamente resuelve mayores aspectos de su vida, preguntándole a un programa de computación, es porque su vida se transformó en una rutina tan espantosa y predecible como vacía e insustancial.�

Por Francisco Tomás González Cabañas.�

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