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ANÁLISIS

14 de noviembre de 2015

El último tango en Paris.

Tras los recientes acontecimientos que tiñeron, como en los tiempos de la revolución francesa, de rojo carmesí las calles de la capital simbólica del conocimiento moderno de nuestro occidente, creemos atinente el seguir insistiendo en nuestras peticiones teóricas, ahora ya a modo de súplica humanitaria, partiendo de la base argumental de que la última ratio, de las cuestiones jurídicas y normativas que sostienen un sistema, es la irracionalidad de la violencia (como la vida misma, que surge desde la irracionalidad del acto sexual, o desde la irracionalidad de un acto de fe que dan en llamar amor) que vuelve a golpear en el centro de nuestra occidentalidad, para enrostrarnos que todo lo acopiado desde la guillotina a esta parte, ha dejado de constituir un sitio seguro para cualquiera de los mortales. La arrogancia y la pedantería, que obnubila a otros tantos que razonan de buen fe, para creer que aún el mundo es un lugar en donde caben todos los mundos, caen mortalmente como los cuerpos inertes disparados por el odio y la violencia en cualquier parte del mundo.

Creer o querer que este tipo de acciones se correspondan con acciones de naturaleza aislada, episódica o desentendida de los aspectos histórico-culturales y filosóficos, no sólo es un craso error,  sino también es una gravosa omisión que en un tiempo futuro podría considerarse complicidad.

La dirigencia política occidental, ha demostrado, persistentemente que tiene como respuesta, unívoca, como errónea e inmediata, la devolución de la violencia, con operativos tan o más violentos como sofisticados (una suerte de ley del Talión pero remozada), como sí esto fuese poco, la cuestión no finaliza acá. Producto de esta guerra preventiva, o de responder al horror de los que matan en nombre de, estos reaccionan con el blindaje semántico y de la aprobación de resoluciones internacionales de contestar la matanza, con cruzadas violentas en nombres del bien, la libertad o las garantías conculcadas previamente. Para ello, y tras el fracaso de no haber garantizado lo imposible (es decir la certeza y la seguridad) conculcarán aún más las libertades de sus propios ciudadanos, a expensas de una defensa, que es en verdad otro capítulo de la violencia y la irracionalidad, para simplemente erradicar a los otros ciudadanos, los que previamente llevaron el horror de sus guerras a la centralidad occidental.

No son tiempos, para que sigamos obcecadamente, los guiones preestablecidos de los medios de comunicación, los resúmenes simples y llanos de tantos libros, tan mal leídos, comprendidos y razonados. La persecución racional de un lugar en el mundo que nos brinde seguridades, debe ser dejada de lado por los que promueven esta idea como la central de la mano de la democracia expectativa, de expectación o incierta. Convivir con la incertidumbre de nuestra “africanización del ser” es la huella que nos llevará al no lugar, que la vida también puede ser entendida, como danza y poesía, como todo aquello que no tenga que ver con la lógica ciencista y de acumulación occidental.  

Quizá sean postulados en abstracto y lo que arquetípicamente nos determina, nos pida respuestas, soluciones, acción o un hacer instrumental. Erradicar este primer paso es lo saludable, entender que todo lo que hagamos o dejemos de hacer, para cambiar el concepto con el que nos hemos encontrado en el arrojo de la existencia, será mucho más de lo que imaginemos y probablemente con tal determinación, empecemos a sembrar ese mundo en donde quepan todos los mundos posibles, sin que nuestros temores proyectados, nos hagan ver en el otro, el medio por el cual podamos vivir mejor a expensas de su sufrimiento, inventando dioses y dogmatizándolos, para justificar nuestras iras de sabernos limitados y despojándolos de la reacción violenta como mecanismo de defensa por un supuesto honor o dignidad vulnerada.

Es imprescindible señalar, el lugar desde el que se escribe, pues sí bien, pertenecemos (nos guste o no) a este espacio occidental, la habitación que nos ha tocado, algo puede tener que ver con lo que digamos.

Tal como el título del artículo, que hace referencia a una película afamada (un culto a la violencia de género por otra parte), en estas pampas, el tango se construyó como rito, como eufemismo ante posibles disputas por la mina (mujer) o poder en el barrio, como cualquier otra danza significativa y emergente de lo social, nos sigue sirviendo, como para sublimar, para evitar el pasaje al acto, de hechos irracionales o que nos lleven a ello.  

Los pocos datos, medianamente objetivos que se pueden extraer de la carnicería de París, es que uno de los atentados fue en un teatro en donde actuaba un grupo musical y que en otro de los lugares del baño de sangre, el estadio de fútbol, los sobrevivientes salían cantando la Marsellesa.

Nuestro occidente, necesita de otros acordes. Incorporar tal vez los sonidos de otras partes del mundo, donde no solo suenan balas, peligro, violencia u horror. Despojarnos del legado ancestral de querer tutelarnos, manejarlo todo, sea por la vía del conocimiento o del de este, devenido en avance tecnológico o bajo marchas de soldados de fuerzas que se dicen representativas de lo universal.

Aquí dejamos algunos acordes, que casualmente, venimos trabajando desde hace un tiempo a esta parte, a modo de contribución con nuestro mundo que tiende a universalizar su perspectiva más violenta y paradójicamente, a la vez,  diáfana.

Desde el contrato social, la propia definición de América Latina, los principios de la revolución, de libertad, igualdad y fraternidad, pasando por todas las constituciones y códigos normativos que se inspiraron en sus legalidades, hasta los postulados de sus intelectuales que han sido y lo siguen siendo obcecada y dogmáticamente seguidos por la patria académica-intelectual, el insoportable sopor de seguir siendo tutelados por la razón iluminada francesa, imposibilita que razonemos desde nuestras perspectivas, desde nuestras realidades, tanto las profundas, como las superficiales; la concepción errónea desde la que se parte, la asumimos tanto en el pupitre universitario, como en el espacio público. Vana y absurdamente quiénes siguen mirando a Europa, dando las espaldas a su propia tierra, son los que se erigen en doctos vanguardistas que postulan categorías como democracias agonales o populismos, que exacerban aquello que nunca ha sido nuestro; ni deísmo, marxismo, neomarxismo, ni derechas ni izquierdas.

 

No es fácil ni sencillo, pensar desde nuestra categorías, de hecho existe toda una corriente filosófica que lo viene realizando con aplomados pasos y cientos, por no decir miles con más talento que uno, que consagran su vida a esto. Sin embargo, es conveniente separar la paja del trigo, y no que en nombre de esas buenas intenciones, todo sea, o valga lo mismo. Esto ya lo padecieron nuestros ancestros, el genocidio perpetrado por tipos que se decían apañados por un dios benévolo, que en su buen nombre y honor, autorizaba a los enajenados de los barcos  a que nos roben, mutilen y cojan (es paradigmático el giro que dio este término, que en el viejo mundo sigue significando agarrar, y en esta parte del mundo, es inequívocamente agarrar con finalidad sexual) ya lo padecimos y debemos aprender de ello.

Es decir, los profesores eurocentristas, o los artistas eurocéntricos, que acaban cuando pronuncian con la nariz arrugada términos como “diferrance”, o hacen largos ensayos con acepciones como proletarios, rizoma o biopolítica, deben continuar su exitoso peregrinar en la vida que piensan que han escogido, pero sus cucardas académicas no los habilita a que nos digan, como si fuesen la expresividad unívoca de la pachamama, que tipo de procesos político estamos viviendo bajo la argucia, eurocentrista, de la construcción de un nuevo sujeto histórico que nos liberara de nuestras sujeciones, contradicciones y temeridades.

Precisamos  redefinir el contrato social, de rencontrarnos y de abrevar en nuestras raíces más auténticas nuestra vinculación genuina con los más humildes, la opción por los pobres, como no casualmente lo refiere, como uno de sus objetivos irrenunciables, la filosofía de la liberación latinoamericana, que mediante su existencia, continuidad y avance, continuara evitando que muchos tantos de esta parte del globo, crean, mediante la indignidad y el oprobio del sometimiento, que la salida, para encontrar el mundo donde quepan todos (o la tierra sin mal como creían nuestros hermanos originarios) pueda ser armada.

 

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