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ANÁLISIS

24 de agosto de 2015

La pelota no se mancha, pero la política sí

La primera parte de la frase se la debemos a quién muchos, jocosamente llaman “el filósofo” Diego Armando, a quién buena parte de la sociedad le perdona su violencia manifiesta hacia las mujeres y su público rol de “padre abandónico” por sus maravillas deportivas, algo que no debería asombrar, pues el mismo perdón público, buena parte de la misma sociedad, se lo obsequio al condenado por violación de menores, el sindicado como “Bambino” (que paradoja, el término es infante en Italiano…) a cambio de menores y más efímeras supuestas glorias deportivas que compensarían el haberle roto, el alma a, al menos, un adolescente. De todas maneras el astro tiene razón, la redonda no se mancha, más la actividad política, en cambio vive enfangada, obturando la sanidad democrática. El vínculo o el lazo de ambos mundos, fueron estrechados recientemente por las “declaraciones” de otro, y actual, astro boquense, quién, puso por intermedio de lo que dijo y cómo lo dijo, fue el epicentro de la campaña presidencial los últimos días.

Deberíamos dejar de rasgarnos las vestiduras, sobre todo, quiénes podemos gambetearle a la seducción de la dádiva, de la prebenda, a los que en esta injusta existencia nos ha tocado la posibilidad de generar sinapsis neuronales, porque nuestros estómagos siempre han estado llenos y los temores del afuera, reinan más en nuestras incertidumbres existenciales que reales (es decir, los que no somos parte de los millones de refugiados en el mundo, los que no habitamos en villas miserias o casillas marginales) debemos dejar de estar siempre en posición adelantada, señalándole el error al juez de línea o al árbitro. Los pobres, los súbditos de quiénes manejan los recursos públicos para perpetuarse en el poder, a costa de perpetuar a estos en la pobreza, no son, ni nunca han sido nuestros enemigos. Este principio ramplón, como aquel que dice que la mayor virtud del demonio (entendido como mal) es el hacernos creer que no existe, es la base nodal y neurálgica de que estemos como estamos, hace décadas, por no decir siglos, o desde que el Homo Sapiens paso a ser otra cosa. No podemos seguir tirando la pelota fuera de la cancha, y vindicar como votan los esclavos modernos y democráticos de un sistema que les da la libertad condicional, y con tobillera, para que cada dos años, re-suscriban lo que conceptualmente desterró la Asamblea del año XIII, el hacer o no el gol, es de pura y única competencia de quiénes podemos, pensar, leer y más luego actuar, entendiendo que no hacer nada es consabidamente, aceptar lo dado, sigilosa y calladamente.

El punto pasa por tratar de entender que nos ha ocurrido, para que el jugador de fútbol, como en el caso presente, sea el actor principal, por días, de una campaña presidencial. Ni siquiera se tratara aquí de desentrañar supuestos aspectos menores y nimios, para los cuáles abunda cierta mansalva de gente escudada en el genérico de medios de comunicación. Que la agenda política la pueda determinar alguien que se dedica profesionalmente a unos de los deportes más populosos y rentables, puede hablar bien del jugador en cuestión (tema que también se lleva casi el 90% de los análisis o comentarios que se hicieron y hacen al respecto) pero muy pocos, se dedican a profundizar, que a contrario sensu, esa misma y posible “positividad” habla muy mal de cómo se tratan los temas públicos, entendido lo político y su administración como lo político por antonomasia.

 Sí como sociedad fuésemos un equipo de fútbol, nos estaríamos yendo al descenso, y no tendríamos la posibilidad de ser alentados por nuestra parcialidad, pues hace rato tendríamos la cancha suspendida por mal comportamiento de nuestros hinchas.

Que la pobreza de cierto sector del país, y su contracara, derivando de ello, las formas posiblemente feudo-democráticas de ciertas provincias, nos la enrostre un jugador de futbol, y que sea contestado por autoridades políticas y gubernamentales, aumentando la réplica de memes o emoticones, que nosotros los que comimos y podemos pensar, dispersamos como actividad pública en nuestras redes sociales, es sencilla y lisamente la democracia que nos merecemos.

Somos nosotros los que queremos culos, tetas, o en el mejor de los casos, payos, payaseando en los medios de comunicación, somos nosotros los que preferimos buscar el amigo o conocido, antes que se nos evalúe por nuestra capacidad o sacrificio, somos nosotros los que priorizamos quién nos lo dice, por sobre lo que se dice, somos nosotros los que antes que comprometernos con algo que nos demande esfuerzo, preferimos la inercia de que quede todo como esta, somos nosotros los que no nos animamos a jugar el partido, a quedarnos en el mero rol de espectadores, de allí que siempre los goles, los hagan o se los pierdan, otros, que obviamente, tendrán también  otros intereses que no necesariamente serán los nuestros, dejándonos el espacio virtual de la red social, para que nos extasiemos con la cantidad de “me gusta” que cosechemos ante una foto o cartelito que posteemos o subamos, la realidad, claro seguirá pasando por otro lado, dejándonos la posibilidad de comentarla.

 

 

 

 

 

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