14 de julio de 2026
De la resistencia filosófica a la escuela chaqueña de pensamiento,
“Proponemos una filosofía de la resistencia, inquisitiva, indiferente así se hace en las aulas o en la calle, a la intemperie. Una filosofía, en fin, sin recetas ni dietas intelectuales, construyéndose palmo a palmo, trabajosamente, sin concesiones. Filosofar así es vivir. Y vivir de esta forma es resistirse al sometimiento o a la exclusión con el mismo énfasis con que nos resistimos a la muerte”. Fracchia, E. “Apuntes para una Filosofía de la Resistencia”. Resistencia, F.M.G., 2001. p., 7).
Platón en el diálogo “Crátilo” se encargó de pensar, por vez primera, la relación entre las palabras y el significado de las mismas. En la hasta entonces, impensada posibilidad de que el sólo hecho de la mención produjese la cosa o que estás refracten su esencia mediante formas de mencionarlas, se fue tallando el pensar que se esculpiría bajo la tradición occidental, dónde la piedra fundacional sería la griega.
Sí algo genera la palabra en su acontecer es el lenguaje, que por definición es entrópico. De hecho Wittgenstein afirmaba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Roberto Pereira, director de la revista “El candelabro” lo explica de la siguiente manera : “Wittgenstein construye un edificio lógico impecable para, finalmente, invitarnos a trascenderlo, comparando sus proposiciones con una escalera que debe ser arrojada una vez que se ha ascendido por ella. Esta metáfora sugiere que el lenguaje mismo debe ser superado para acceder a una comprensión más profunda de aquello que no puede ser articulado proposicionalmente. El lenguaje funciona así como una prisión de doble naturaleza: por un lado, estructura nuestra experiencia del mundo haciéndola inteligible; por otro, nos confina dentro de sus límites, excluyendo dimensiones fundamentales de la existencia humana que permanecen inaccesibles al análisis lógico-proposicional”.
El secreto del Chaco, que busca ser develado, mediante el cincel en la bienal, en el candor eterno del fogón de los arrieros, “iuennataxan” como lo estamos haciendo en idioma qom, a los efectos de buscar la densidad, la hondura, del deseo de ser, en un sitio determinado, que tuvo a quiénes pensaron desde tal lugar, o se atrevieron.
Eduardo Fracchia desde su Resistencia natal, propuso una filosofía de la resistencia “interrogativa y crítica”, bajo estiletazos conceptuales alumbró sentencias como “el lenguaje es la morada del poder”. Reconocida su formación intelectual como su sensibilidad poética y su perspectiva política, instó también a que salgamos de los “aguantaderos filosóficos” dado que no hay camino seguro o cierto a seguir, sino uno a construir. Antes que estudiar la filosofía propuesta, Fracchia plantea involucrarse y comprometerse”. No podemos dejar de soslayar el compromiso con lo humano que anexa, indiscerniblemente el autor con la filosofía entendida y ejercida desde está posición, dinámica o de sobrevivencia. Martha Bardaro, otra ,de los íconos del pensar chaqueño en su texto “Filosofía y poesía en Eduardo Fracchia” realiza la invalorable labor de introducir la obra del autor, dejarla al descubierto (por tanto en tiempo y espacio) más allá del propio sujeto, de su finitud y transformar el infierno satreano de la otredad en la validación correspondida y merecida de un pensador singular, resistenciano, resistente y promotor de una resistencia filosófica, mundana, comprometida, política, conceptual, estética y poética.
Eduardo Fracchia, inicia su camino ensayístico en 1983 con “Sísifo, apuntes de un deicida”, una obra considera por críticos como Rolando Cánepa una suerte de manual ordenado, prolijamente presentado para la aceptación académica, añadiríamos, vista en perspectiva la vida y obra del autor, que salió de tal recinto de la seguridad del pensar, mediante su propuesta de los apuntes para una filosofía de la resistencia, poco antes de su muerte.
Sin embargo, tal vez el valor más caro, tenga que ver con las antipoesías de Fracchia, resaltando el derecho que nos asiste de pensar estética y conceptualmente, aún para comunidades sumidas en la sobrevivencia, podemos afirmar con la misma autoridad racional e intuitiva que elevó al Olimpo occidental a poetas Europeos de la talla de Hölderlin, Rilke, Baudelaire y Mallarmé, que así como Corrientes alumbró a Oscar Portela, y nosotros a partir de tales peculiaridades, dimos a luz la escuela correntina de pensamiento, el Chaco parió a Fracchia, en el norte argentino, patio trasero latinoamericano, desde donde uno de los tantos síntomas que caracterizan nuestra ruindad, es que tengamos que esperar que nos permitan filosofar o poetizar filosóficamente, desde esos lugares extraños y lejanos que antes que asimilarnos, buscan tutelarnos para enajenar nuestro derecho y posibilidad a pensar, a intuir, a ser desde nuestro lugar en nuestro aquí y ahora, hacia el resto y la extensa otredad.
De allí que entendamos la necesidad, para la validación ante lo otro que aún nos pretende sojuzgar, cultural o económicamente, que se reafirme la tradición que posee el Chaco y por ende los chaqueños con el pensar. Una que firme y singularmente, inició con Eduardo Fracchia que sí bien fue profesor en la universidad no quedo preso de tal institucionalidad.
Hablamos de la identidad. De poder seguir ejerciendo el derecho a preguntarnos que deseamos, independientemente de lo que seamos y que no se acallen las voces de quiénes puedan expresar términos ininteligibles, tal como lo sucedido en Napalpí y que el conjunto de colonias, además del producido que sostiene generaciones, pueda ser auscultado más allá del color de sus singularidades gastronómicas y de sus aportes al fisco. Que sea tan duro como el quebracho y reconocible a nivel internacional como la miel o el algodón, Chaco pudo siempre y nunca necesitó de la obediencia debida, violenta y cegadora de lo racional, que alguna vez pretendió hacerla eslogan y borrar con ella la historia de sus tensiones en pugna.
Fracchia diagnosticó con precisión cartesiana (por lo general son una de las tantas virtudes que no se les reconoce a los filósofos o los teóricos que etimológicamente ven o miran antes de que acaezca el hecho) los tiempos actuales, dejando en sus apuntes lo que consideraba, a decir nuestro, la posibilidad de fuga:
“La arrogancia y desmesura científicas que violentaron esa ‘mismidad’ del hombre, ese ser íntimo y fugitivo de toda categorización racional, dieron pie para la proliferación de las filosofías de la desesperanza y de la nada, el fatalismo y la resignación, la obediencia y la entrega…Vivir en estos ‘aguantaderos’ filosóficos es admitir que ya no existen el sentido ni los valores, como si el sentido o los valores fuesen dádivas o premios llovidos de quién sabe qué cielo. El sentido de la vida y los valores que la acompañan son de nuestra exclusiva responsabilidad. No existen como tales. Debemos construirlos (...) De hecho, esta construcción exige dos condiciones básicas: abandonar los ‘aguantaderos’ filosóficos y mucho, mucho más que un solo hombre” (Ibídem. 16)
En una de las tantas formas de recordar su legado, pusieron su nombre a un instituto de educación superior en el Chaco, en la charla respectiva, el licenciado José Francisco Caravaca sentenció “Fracchia en sus Antipoesías, nos dice: Yo seré puente, o yo seré abismo, está desnudando no solamente su razonamiento, está desnudando su sentimiento más profundo. Porque realmente Fracchia lo que nos está diciendo es: Yo quiero ser puente, yo quiero pasar por la vida dejando algo… Un puente que tal vez no lleve mi nombre, y no importa, un puente que tal vez lo inauguren cien veces y no importa, pero un puente para que otros lo atraviesen evitando los obstáculos que yo tuve”.
Los puentes existieron antes de ser construidos, jamás fueron cerrados. La palabra antecede al hecho y al número, y en el caso de ser poética es filosófica, como de tanto en tanto, en los lugares más insospechados nos lo hacen ver sujetos como Eduardo Fracchia, que sin lugar a dudas, deja cómo legado que a partir de su paso por el Chaco, tal lugar tenga como nombre definido para quienes quieran pensar en tal lugar y seguir construyendo con ello, las posibilidades de lo humano, la escuela chaqueña de pensamiento, tan distinta de otras, como elementales y necesarias para que nunca dejemos de ser, y la palabra siga significando, infinitamente, tal como lo humano.
Por Francisco Tomás González Cabañas.
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