13 de julio de 2026
La bienal talla la identidad chaqueña
A pocos días de una nueva edición de uno de los acontecimientos más determinantes de un circuito de arte-participativo y su respectivo y casi inmediato, resultante efectivo (la escultura que formará parte del patrimonio resistenciano, también a cielo abierto y al alcance de la mano) cada obra que se realiza, interacción mediante entre el artista y el espectador, cincela una forma de ser ante el mundo que, cómo muy pocas, se expone a una transformación permanente en la concepción dinámica del tiempo del lugar dado
Una composición musical es la alegoría mediante la cual, el francés nos invita a que vivamos nuestro “yo profundo”, entendiendo que el pasado es una parte indiscernible de nuestro presente, que conformará lo que vivamos sucedáneamente. Podemos diseccionar una parte de la melodía, pero no tendrá sentido sin su totalidad, sin esa duración dinámica de sucesos que se prolongará indefinidamente, mediante sus composiciones heterogéneas. El espacio, aquello que ocurre por fuera de nuestra conciencia, es una composición homogénea, a la que mediante el instrumento número, forjado para conocer lo extenso, nos genera la otra experiencia de la duración impura, la que también nos podrá, determinar, llevándonos al yo superficial, donde finalmente emparejamos, maridamos o mixturamos al tiempo con el espacio, confundiéndolos y confundiéndonos.
Ninguna de nuestras experiencias, que nos constituyen y nos seguirán constituyendo, pueden ser dimensionadas por una realidad contada, en la repetición de los movimientos de una aguja girando sobre un eje. Tal colección de unidades idénticas sitúan lo escenográfico, como un elemento secundario, como un fenómeno posterior, donde se vuelca el contenido.
En el fluir constante de nuestra dimensión de los hechos, los situamos a estos como diacronías, es decir que se suceden en una suerte de espiral en donde constituimos el pasado, el presente y el futuro. Sin embargo, los mismos nos habitarán en nuestra conciencia de un modo no espacial, sino sincronico. Kant hubo de encontrar la metáfora del mito griego de Gea y Urano, separados por la acción violenta de Cronos (castra al padre), que precisamente es el tiempo físico, que surge, en el entre, el cielo y la tierra (que constituían sexualmente lo homogéneo e indiscernible). Bergson, sin refutarlo expresamente, nos dirá que esa separación no ocurre dentro nuestro, sino en un afuera, que debe ser mensurable por una determinación temporal-numérica, pero que no modifica sustancialmente la “durée” o duración. “Se espera que la experiencia futura sea como la pasada” nos alecciona y el sentido más cabal y cotidiano lo narrará majestuosamente, un pariente político suyo, Marcel Proust en su obra “En busca del tiempo perdido”. Mediante actores como la fundación Urunday, el pueblo del Chaco, los límites necesarios de Resistencia, tendremos la oportunidad, quiénes estemos cerca o nos podamos acercar, de ser parte de una experiencia tan profunda como inigualable, siendo parte de la historia, tallándola casi sin darnos cuenta, mientras pasa el invierno. Por Francisco Tomás González Cabañas.
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