Domingo 20 de Septiembre de 2020

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¿Cúan Macrista será el gobierno provincial?


En tiempos donde, la educación en todos sus niveles, la justicia en casi todas sus áreas, las administraciones gubernamentales y muchas empresas privadas, menos las de servicios turísticos, se toman el tiempo de descanso o de vacaciones, el final de año, deparó para la administración Colombi, un mimo simbólico, una caricia al alma, con chanza chipacera y chamamé entre hombres, el Presidente fue al pago chico del gobernador, no le regalo designaciones, como las que entrego en la vecina Resistencia para la ex Intendente y su ex hombre fuerte, pero hablo unos minutos acerca de esa reparación tan seductora del federalismo de promesa, o federalismo de expectativa, las usinas gubernamentales, aprovecharon para pegar el grito en el cielo, ante el posible Paso Surú, del ex medallista olímpico qué pensaría en pintarse de amarillo, y la pregunta obligada, sobre todo en estos tiempos de ocio, de calor y fiestas, es en verdad la pregunta fundamental, que al responderse, podría poner claridad, acerca de cómo le pagaría el Presidente el acompañamiento político del gobernador y si seguiría el mismo tutelaje electoralista para que el mismo no derrape en arrepentidos K o figuras lejanas a Colombi. Se sabe que la administración Macri, avanzará con reformas concretas y específicas, además de la electoral, otra de las claves, pasa por la mediática, que ya levanto reacción, sin embargo, desde el oficialismo nacional ya se dijo que trabajaran por una ley (algo incluso reclamado en los fundamentos de un fallo de la corte por el caso Clarín) de distribución de pauta oficial. Bien podría Colombi en el atardecer de sus mandatos, hacer lo propio en Corrientes.

A propósito del Dengue.

Sí desde aquella primera vez, que al humano se le ocurrió pensar que existiría una suerte de avance o progreso de su prole, mediante la tecnificación de los saberes, y le hubiesen profetizado que en pleno siglo XXI comunidades enteras, permaneceríamos en vilo por un virus, cuyo vector es un mosquito, automáticamente hubiera renunciado a tal hipótesis. El problema de aquel pretencioso, ya no es tal, sino es un problema de todos lo que habitamos estas vastas zonas, en donde el estado ha sido usado para las prebendas y prerrogativas de los que detentan poder, en detrimento de políticas que prevengan este tipo de situaciones, situación que agrava el cuadro ante las adversidades que naturalmente debemos sortear como humanos arrojados a un mundo complejo del cuál solo somos una parte. Sin embargo, el virus, como lo es la falla en un sistema estandarizado de computadoras en red, como nos ha demostrado Hollywood con sus películas, es una anormalidad, es un evento no previsto o no deseado, la noción de lo virosico, como aquello que escapa a la media, al hastío a lo monótono, es una forma de salvarnos de los términos inhumanos en los cuáles somos sometidos quiénes se nos exige obedecer, obcecar y no preguntar, cuestionar o pensar como el poder, o en su deseoso reinado donde nada se piensa, y todo lo que se dice es a partir de ese no pensamiento. El virus, como el Dengue, se transforma en un arma, de todo un ecosistema, que se defiende de su hostigador.

Pornografía Democrática.

Tal como si fuese el Barrio Rojo de Ámsterdam, o una muestra verdaderamente vanguardista y artística, se inicia la temporada alta del intercambio, crudo, puro, duro y lujurioso, entre los sectores minoritarios que tutelan (por acción u omisión) a los vastos bolsones de pobres, marginales y excluidos. En nombre del velo protector de lo democrático, a resguardo de ese látex, símil al preservativo y que se traduce en lo cotidiano de la danza grotesca, envalentonada por expresiones guturales que invitan a jornadas dionisíacas completas, para que estos grupúsculos ensimismados en la envergadura de sus colectoras, de la erección de sus vanidades, de sus postureos, de sus candidaturas obturadas de la convicción de representar, cojan, las voluntades diseminadas por los latifundios en donde sobreabundan las necesidades insatisfechas, enquistadas en cuerpos inanimados, cosificados y reducidos a la mínima expresión de receptores de efluvios, en una suerte de eyaculación sempiterna o de nunca acabar, el clímax del goce, se escuchará no sólo en el cuarto oscuro en donde se lleve a cabo el acto lascivo, sino en toda la extensión de la comarca. La repetición, el llevarlo al estadio pornográfico, nos corresponderá a quiénes comunicamos, lo que nos transforma, en más cómplices de lo que pensamos, creemos e imaginamos, de tamaña inmoralidad que en tiempos electorales perpetramos en nombre de la sacrosanta, sagrada y totémica democracia actual.

¿De qué sirve estar cerca o al lado de la gente?

Desde todos los partidos, diversos candidatos y referentes vienen señalando su preocupación y ¿ocupación? Ante el clima gélido del proselitismo que no logra entusiasmar a la pueblada, que siente la obligatoriedad, sin que se le muestre su condición de derecho cívico o político de elegir a sus representantes. Sí bien es un tema conceptual y profundo, que lo venimos analizando desde hace tiempo, lo cierto es que desde la política, se precisa combatir, en forma inmediata contra esta afección, contra este virus que ataca la democracia (tal como la entienden) y para ello, algunos recurren a la vieja táctica de candidatear a lo imposible a alguien que sale por televisión, otros a apurar incentivos puntuales (las efectividades conducentes, para no decirle dádivas) y los menos a pensar la cuestión desde otra perspectiva, tal vez el virus invasor, sea la expresión de libertad, la única, del cuerpo enfermo que ni siquiera en forma autómata puede crear defensas o anticuerpos. La solución no pasa por derogar las PASO, tal como se sostiene que hará la mayoría oficialista, dando como prueba, precisamente, un desinterés social, para ordenar la vida interna de los partidos que son los pilares de la democracia. El problema no se suscita en las formas, en lo metodológico, en el envase, en lo nominal, que vendría a ser la cuestión de los partidos y la norma electoral; lo central, basal y neurálgico es la política comprendida desde la lógica de la representación. De hecho sí usted, se tomó el trabajo de acopiar todo aquello que expresaros los diversos candidatos (muchos de los cuáles si quiera tienen posición propia, sino que son reflejos de maquinarias de coaching) se desesperan, temerosa y temerariamente, por estar en contacto con la gente, con el ciudadano, con el pueblo o como lo quieran llamar. Es tan craso el error conceptual que poseen, que sí se postulan como representantes no tienen que exagerar esa representación que van a ejercer. Es decir, es ridículo que planteen que quieran tomar contacto con todos y cada uno de los ciudadanos, o que traten de visitar a la mayoría de las personas reunidas, para expresarle que quieren ser sus representantes. El hecho político de la representación, o el concepto clave de nuestras democracias actuales, tiene que hacerse desde la distancia del pensamiento, de la prudencia que impone la lejanía, de la templanza que acendrar el no estar al lado del que sufre y padece, dado que de tal manera, el sentido a aplicarse para resolver ello no sería ni el adecuado, ni el correcto ni el conveniente. Lamentablemente nuestros políticos creen, consideran que lo importante es estar cerca, día a día, momento a momento en una suerte de orgía de la proximidad. Dios, es tal, y la mayoría cree en un dios, porque se maneja en esa lógica de la abstracción, de la distancia, de lo paradojal de la distancia-cercandad.

El tema es el conchabo.

Muchos hombres de acción política (que la ejercen, que la leen, que la comentan o que la desean), equivocadamente, piensan y sienten que los cuestionamientos del pensar, son dardos teledirigidos hacia sus cabezas, y con el manejo, mediático y sobre supuestas usinas intelectuales, quieren dejar en evidencia, que el pensamiento crítico es sólo la jactancia de las minorías, el inconformismos de infantes sociales, que tendrían que agarrar una pala para no pensar, dado que esta actividad no generaría, para sus conceptos, nada redituable, socialmente hablando. Que el acceso a lugares de la administración, sea del orden que fuere, sólo debe ser atendido en función de una suerte de algoritmo en donde el resultante sea revisto por palabras que sostengan lo constitucional de la idoneidad o lo políticamente correcto de la meritocracia (habría que ver desde donde se parte y con qué elementos se compite) no deja de ser un cuento, que bien podría ser Chino, pero es el más verosímil de los cuentos occidentales. El conchabo, el útero político-social que da a parir a los ciudadanos gobernantes, que los sitúa en el plano distintivo del funcionariado, sea administrativo como representativo, siempre debe ser selecto, reducido, agonal en su definición (todo lo otro o los otros que bajo argucias técnicas refieren que todos tienen que acceder a, que el estado no es un botín de guerra o que esconden sus intenciones políticas y hacen informes a medida), ir en contra de esto, es como no aceptar la ley de la gravedad. Sin embargo, el pensar que las reglas del “econchabamiento” o de cómo se enconchaba no puede ser mejorada, es como mínimo tozudo y poco inteligente. A esto, a perfeccionar estas reglas no escritas, pero sagradas, es lo que se debe dedicar la clase política que pretenda seguir permaneciendo en la cresta de quiénes determinan los que están dentro del exoesqueleto del molusco (llamado concha) que los protege del afuera o de la presencia del estado en sus vidas.