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FILOSOFÍA

7 de octubre de 2022

LA CAÍDA EN EL TIEMPO de CIORAN por Ana de Lacalle

"Querer significa mantenerse a cualquier precio en un estado de exasperación y de fiebre. El esfuerzo es agotador y no está dicho que el hombre pueda sostenerlo siempre. Creer que le está asignado sobrepasar su condición para orientarse a la de superhombre es olvidar que apenas puede resistir en tanto hombre, y que sólo lo consigue a fuerza de tensar su voluntad, su resorte, al máximo. Ahora bien, la voluntad que contiene un principio sospechoso e incluso funesto se voltea contra aquellos que abusan de ella. No es natural querer, o, mejor dicho, habría que querer apenas lo justo para vivir, desde el momento en que se quiere más o se quiere menos de la cuenta, tarde o temprano acaba uno por perturbarse y caer. Si la falta de voluntad constituye en sí una enfermedad, la voluntad en cuanto tal es aún peor: es a causa de ella, de sus excesos, más aún que de sus debilidades, de donde derivan todos los infortunios del hombre. Pero si en el estado actual en que se encuentra ya quiere demasiado, ¿qué sería de él si adquiere el estado de superhombre? Estallaría y se derrumbaría sin duda sobre sí mismo. Y sería llevado entonces, a través de un grandioso rodeo, a caer del tiempo para entrar en la eternidad de abajo, término ineludible donde, a fin de cuentas, poco importa que llegue a causa del deterioro o del desastre."
Cioran, E. La Caída en el tiempo. Tusquets.1993. pg. 175-176.

Este fragmento pertenece a una de las obras más desconocidas de Cioran “La caída en el tiempo” de la cual, el mismo filósofo, destaca sus últimas páginas calificándolas de las más personales y en las que ha expresado lo que está más próximo a su corazón.[1] Que prestemos atención a estas hojas escritas responde precisamente la importancia que les concede el propio Cioran. A veces, tendemos por una suerte de arrogancia, a interpretar lo escrito por alguien sin escuchar lo que quien lo escribió dice sobre ello. Siendo la quinta obra -de cuarenta- publicadas por Cioran que, al cabo de los años, continue remitiéndonos a ellas no puede ser ignorado. Por ello, intentaremos entender algo de lo que el filósofo franco-rumano enfatiza de su amplia obra como de algo que no podría prescindirse.

Inicia el fragmento ocupándose del querer. Como lector de Schopenhauer, Mainländer y Nietzsche parece que Cioran se refiere a la voluntad, ese concepto que tanta variedad de matices ha alcanzado en palabras de diversos filósofos. En el caso de Cioran, la voluntad no es ese deseo insatisfecho de los dos `primeros autores mencionados, pero tampoco exactamente ese poder querer y en consecuencia actuar nietzscheano. Podemos identificar una diferencia que demarca la actitud pesimista, o tal vez muy realista, del francés: Querer es un esfuerzo, derivamos de sus palabras, más que una pulsión inevitable y, es más, no solo no debemos orientar nuestra voluntad como en sus antecesores, sino que parece que esta acaba desvaneciéndose; ya que no es pasión sino esfuerzo. Inclusive afirma que hay que querer lo justo para vivir, porque el exceso o el defecto provocan la caída y la perturbación.

Es decir, esa caída del tiempo de la que habla el título de esta obra es precisamente ese quedar fuera de la vida, con indiferencia a causa precisamente, más que por debilidad de la voluntad por exceso o intento de ensalzamiento de esta de la que se derivan todas las desgracias del hombre. Y aquí hay una referencia, quizá poco rigurosa o sesgada, al superhombre nietzscheano al que se le atribuye la capacidad de querer más allá de lo humano, ficticia en cuanto no somos más que humanos, y desbordarse de ansiar más de lo que ya se ansía es caer en la eternidad de abajo, y poco importa ya la causa. ¿A qué se refiere con la eternidad de abajo? A salir de la eternidad edénica o el tiempo histórico, ese periodo en le que la creencia de que hay algo hacia lo que avanzamos es lo que nos sustenta. Por el contrario, la caída en la eternidad de abajo, que nos distancia de todo, es un estado de imbecilidad en el que nada acontecerá, porque la conciencia de ser humanos nos condena a la constante paradoja de preguntarnos y no tener respuestas. Quizás por ello sugiere Cioran que hubiese sido mejor no haber nacido o habernos mantenido ignorantes, ya que la conciencia no ha sido más que fuente de mal y de angustia.  

Mas nada es tan fácil ni simple en Cioran, porque precisamente por ser un iluminado, un humano caído en el tiempo, no puede volver atrás. Quien ha visto, no puede ya vivir como si no hubiese visto, con lo que esa imbecilidad es en realidad, y paradójicamente, el estado más desarrollado de la conciencia. Ni más ni menos que esa disposición que nos angustia y genera odio, tedio y se maldice por ser un humano caído en el tiempo.

El escepticismo no puede ser ajeno al pesimismo, es decir, el no hallar nunca respuestas ni certezas nos conduce inexorablemente esa visión tétrica de la existencia humana. En este punto, y más allá del fragmento que comentamos, Cioran vuelve a sorprendernos porque asegura que es capaz de sostener la vida a sabiendas de que puede quitársela. Esa es su idolatría, la capacidad de autolisis opera en la mente de Cioran como una especie de deidad que le permite sostenerse en el mundo. Y la califico de deidad idolatrada porque nunca optará por esa opción, aunque esté en sus manos realizarlo, para el filósofo es el consuelo que le permite vivir. El suicidio es para él lo que para otros puede ser un dios, una especie de horizonte que alivia.

Las lecturas de los textos de Cioran son inagotables, precisamente porque no constituyen ningún pensamiento sistematizado que tras formular cuestiones se afane en la búsqueda de respuestas. Su idiosincrasia es la duda constante, que aflige, aburre y asedia, pero de la que no puede zafarse porque no cree que honradamente pueda haber certeza alguna que dé un sentido a la existencia. Y esa es la cruda realidad que en bruto afronta Cioran, entiendo que de una forma más desabrigada que sus antecesores, y muestra de ello es que, a pesar de la carga no deseada de vivir, es capaz de sostenerla. Schopenhauer rechaza esa opción y Nietzsche también, el primero porque lo considera un exceso de voluntad que determinados individuos no pueden soportar en cuanto deseo insatisfecho, y curiosamente quien se quita la vida es porque la desea en demasía. Nietzsche por su parte entiende la huida de la vida, que es para él el único valor, una debilidad de la voluntad por no haber aprehendido que dolor y placer constituyen en núcleo vital, y no es el dolor una negación de la vida, sino uno de sus elementos constitutivos. El único predecesor que admite el suicidio como una salida digna es Mainländer, ya que, si vivir no es soportable para los que han visto, renunciar a ella es una opción ante ese sufrimiento que implica vivir. De esta manera, y coherente con su convicción de que el destino de lo humano era desintegrarse, puso fin a su vida en 1876.

Me resulta oportuno añadir una reflexión, para finalizar respecto de la figura de Cioran. El filósofo es quien sitúa toda posible certeza en el abismo, en la nada y el sinsentido; lo cual no significa que el hombre en el que se encarna esa habilidad y destreza filosófica deba realizar o actualizar todo cuanto constata o considerable razonable. Cioran dio cuenta en reiteradas ocasiones de por qué no se suicidaba y siempre afirmó que la idea de esa posibilidad le bastaba para seguir viviendo. Hay quienes lo han considerado una burda excusa. Sin embargo, la honradez intelectual del filósofo era perfectamente congruente con el hecho de que decidiera seguir viviendo mientras la idea de poder dejar de hacerlo cuando quisiera, le bastara para querer sostener su existencia. Sin juzgar a unos con varas distintas que a otros, cabría reconocer que los motivos que llevan a alguien a mantenerse vivo, aunque considere u acto de valentía no hacerlo, pueden ser muy diversos y, me atrevería a decir que válidos y legítimos si cumplen la función que el individuo desea.

Sugiero a los que se sientan seducidos por la obra de Cioran que no se amilanen ante la posibilidad de verse contagiados por un pesimismo, que en su cotidianidad era a menudo un estar con otros en un diálogo irónico y estimulante. Para ello quizás resulte de utilidad leer a Savater en su tesis doctoral que fue editada como libro, que lleva por título “Ensayo sobre Cioran”[2], porque, si alguien puede dar testimonio de quién fue Cioran, es precisamente ese discípulo que se sintió gratamente sorprendido y que decidió traducirlo por primera vez al español.

 

 

 


[1] Cioran, E. (2005) Conversaciones. Tusquets. Barcelona. Pg.179

[2] Savater, F. Ensayo sobre Cioran. Ed Austral. En su primera edición 1974,

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