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ACTUALIDAD

11 de julio de 2022

"No hay democracias que lo sean realmente".

Responde al ciclo "tres preguntas a filosofers" Ana Lacalle. Licenciada en filosofía por la Universidad de Barcelona, autora de “Híbrido” Ed. Adarve, 2018; “Relatos y Aforismos” Célebre Editorial, 2019; “Existo, para vivir” Terra Ignota Ediciones y “El mal que nos hacemos” Terra Ignota, 2022. Secretaria académica del centro de estudios políticos, sociales y filosóficos "Desiderio Sosa". Miembro fundacional del "Club Mundial de Filosofía" e integrante del consejo de redacción de la revista de filosofía, humanidades y coso "Angaú".

¿Es posible pensar desde la singularidad del uno, sea la conciencia, el yo, el cuerpo, los agenciamientos de la partícula elemental o lo que fuere, dada la interacción obligada a la que estamos impelidos, condicionado, sujetos y hasta condenados en lo múltiple o las multiplicidades? 


El humano solo puede pensar y percibir el mundo desde su singular subjetividad. Ahora bien, la condición humana pone en conexión a toda conciencia como entes en relación con lo Otro, el cual nos constituye precisamente como humanos. Así, pensar desde el yo no debe entenderse desde un egoísmo casi solipsista, sino como la condición misma del pensar, en términos kantianos. De tal forma que el sujeto humano no se completa más que en la interdependencia con los otros y, por ende, su discurrir es siempre una interpelación continua que va del sujeto singular a lo Otro, y viceversa. Matizaría, sin embargo, que en el humano siempre ha surgido una necesidad de hallar una unidad en la multiplicidad -desde los griegos- que nos permita aprehender aquello último que subyace, aunque entiendo que esa necesidad ontológica es humana, y que no poseemos argumentos a partir de los que inferir que hay una ontología que dé cuenta como una unidad a lo que todo es reductible. Así que diferenciaría entre el sujeto humano como unidad interdependiente -lo cual no es condena alguna- y la necesidad cognitiva de ese sujeto de hallar una supuesta unidad en la diversidad.


 ¿Cómo cree que es, que debiera ser y que le gustaría que fuera el vínculo entre filosofía y política?


La política como praxis comunitaria no puede prescindir de la Filosofía, ya que esta puede discernir las condiciones y exigencias para que la vida humana se dé, ciertamente, en comunidad. Es decir, con vínculos que obligan moral y fácticamente a los individuos a velar por la dignidad de cada uno y de todos. La realización práctica corresponde al arte de gobernar con una sensibilidad y un desprendimiento de los intereses particulares que no se dan actualmente en ningún ejercicio político. Hemos experimentado en los últimos siglos cómo paulatinamente lo político se zafaba de lo filosófico, y cómo a su vez los filósofos adoptaban la actitud de observadores pasivos. Sea tal vez, ahora, en estos momentos de cambios vertiginosos, que parecen desarrollarse sin más criterio que el lucro económico de unos pocos, que debemos exigir a la Filosofía que su análisis y desvelamiento de lo que sucede estructuralmente sea denunciado, a fin de que los ciudadanos dispongan a su vez de discursos argumentados -no de ideologías- que avalen sus acciones en la lucha por una vida comunitaria digna.

Dada la indignidad de la pobreza y marginalidad, que asolan a tantas personas a lo largo y ancho del mundo, ¿No cree que el anclaje simbólico de seguir considerándolos con las mismas responsabilidades y exigencias (políticas) de quiénes nada les falta o todo les sobra, se constituye en un ariete profundamente antidemocrático y con ello en el deshilachamiento de reconstituir el lazo social?  


Mi percepción es que no hay una igualdad de derechos de facto porque no hay justicia, y sin estas no hay libertad. Lo que creo que se produce en muchos lugares es un desprecio o ninguneo de los que viven en la pobreza, por parte de las instituciones políticas, y no exigiendo precisamente las mismas responsabilidades políticas, sino jactándose discretamente de que esos grupos marginales no tengan las condiciones de participar plenamente en política. La razón es evidente: si el pobre no tiene voz de hecho, dominará la voz de los más ricos y poderosos, con lo que la democracia servirá fraudulentamente para legitimar el poder del pueblo, sin la parte más significativa del pueblo. Este fenómeno con lo marginal considero que es universal y, en ese sentido, no hay democracias que lo sean realmente, porque los derechos civiles, sociales y económicos deben ser una condición sine qua non para poder hablar de una democracia o una comunidad en la que todo individuo tenga las mismas posibilidades de participar en la vida política. De este modo, el lazo social o los vínculos que mencionaba no se han construido nunca, más que como hipotéticas tesis contractualistas que servían para legitimar un poder del pueblo, nunca legitimado por este.

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