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12 de diciembre de 2021

“Nada” de Carmen Laforet: la mugre y la furia…

Reminiscencia un tanto acre de la gran novela de la pacificación de la España franquista, en el centenario de su autora, ganadora por aquella proeza del premio Nada...l de 1944.

 

 

Angustias me miro furiosa.

-Perdidas, ladrones y el brillo del demonio, eso hay.

(Y yo, en aquel momento, me imaginé el barrio chino iluminado por una chispa de belleza).

Nada, Laforet.

 

 

 

Cuando hoy en nuestro país tanta gente ha acudido de nuevo al reclamo de la España pre-democrática es porque tiene mala memoria o porque no tiene memoria en absoluto. En el primer caso, se trata de aquellos que tal vez echen de menos su juventud, pero pasando por alto cuánto les echaron a ellos mismos de esa juventud para hundirles en una vida de conformismo y privaciones (si no materiales, a partir del abrazo de Eisenhower, de las otras). En el segundo caso, se trata de adolescentes a los que, en mi opinión, la falta de incentivos de una vida adulta en la que -como leímos en la prensa- el 98 % de su sueldo se irá en el pago del alquiler les hace desear un padre fuerte, un padre renovado y con puño de hierro que les infunda confianza y les diga algo así como “hijo, vas a salir adelante en este mundo confuso, mestizo y globalizado aunque tengamos que abrirnos paso a cuchilladas”. Ni unos ni otros van a realizar el auténtico ejercicio de anamnesis, que sería leer la novela que Carmen Laforet, un genio de 23 años a la sazón, urdió en el año 1945, uno de los ejes axiales del pasado siglo. Y no lo van a hacer porque “Nada” ya no es más que un sepulcro cuya necrológica figura en los libros de texto de Lengua y literatura de la Educación Secundaria Obligatoria, y además también porque resulta amarguísimo leerlo. Yo nací cinco años antes de la muerte del dictador y creo que todavía me alcanzó algo del tufo de los años que describe, con el valor de quien abre y atisba el fondo de una sentina, esta escritora excepcional. Hay quien califica a “Nada” de novela existencialista, sobre todo por los tiempos de su producción, pero me parece que eso no tendría mérito, como no lo tendría si Franz Kafka fuera literatura fantástica: lo grande, lo pavoroso tanto de la una como del otro estriba en que los interpretemos como hiperrealismo puro…

No pienso contar aquí ni una coma de lo que se relata en el libro, es cosa de cada uno volver a él o interesarse por su trama, a la que encuentro un poco arbitraria y folletinesca al final. Me absorbe y me acojona mucho más el ambiente, ese ambiente de puchero, remiendos, mal humor y bajeza incluso en la gloria de un puerto de mar como lo es Barcelona, me es incluso familiar tantas décadas después, como le es familiar a un preso cierta peste contemplando el mar desde el muelle. Laforet comienza pintándolo así:

 

Con frecuencia me encontré sorprendida, entre aquellas gentes de la calle de Aribau, por el aspecto de tragedia que tomaban los sucesos más nimios, a pesar de que aquellos seres llevaban cada uno un peso, una obsesión real dentro de sí, a la que pocas veces aludían directamente.

 

Yo lo llamaría mugre, la mugre de la España victoriosa, que todavía hay tantas personas mayores aquí que portan carcomiéndoles el alma. Hace tanto de aquello y todavía les pesa, les mina como a los personajes de Laforet. Ella lo denomina “tragedia”, pero ojala lo fuese de verdad. No es una tragedia a la manera de Sófocles, que se eleva hasta oscurecer el cielo y abochornar a los dioses, es una tragedia a lo Buero Vallejo, pequeña y triste, como una zanja de obra que provoca un escape de gas (natural, como cantaba Antonio Vega). Algunos aún la hemos visto, la hemos sufrido todavía de niños y seguimos advirtiendo sus signos por aquí y por allí. Pero tampoco era sufrimiento, exactamente… ¿quién sufre de verdad en el país del sol, de la palabrota fácil, del vino con tapa, de Berlanga y de Torrente el brazo facha de la Ley? Los nórdicos sufren mucho más que nosotros, son unos expertos en sufrir con entereza y abrigo de piel. Era más bien el mal, un mal asequible, doméstico, ese que se puede hacer sin esfuerzo a alguien más débil que tú y que vive en tu misma casa o en tu mismo vecindario sólo porque la vida ha sido injusta contigo y hay que continuar la cadena descendente de collejas (escuché eso cuanto era niño, precisamente, creo que fue a un ex militar borrachín muy salao, en Bermeo o en el Puerto de Santa María, es decir, también en un puerto de mar: cuando mandaba Franco, el tío Pacheco, decía, las hostias caían escalonadamente desde el caudillo hasta el soldado raso o al policía o al cura y de estos al mero civil, que se las trasladaba generosamente a su mujer o a su hijo, y este al gordito de la clase, etc.: había, pues, perfecto derecho y un timbre de gloria en cascar a tu inferior, y nadie se lo tomaba a mal, siempre y cuando en su momento conquistase el privilegio a hacer lo mismo sobre dos o tres víctimas inocentes, aunque fueran moscas o lagartos; algo de esto todavía puede verse en las viejas Historias de la puta mili de ese ilustre muerto sin homenajear y con nombre de impuesto, Ramón Tosas Ivá). Simone Weil lo decía mejor:

 

Si se le hace mal a alguien, el mal penetra verdaderamente en él; no sólo el dolor, el sufrimiento, sino el horror mismo del mal. Igual que los hombres poseen el poder transmitirse el bien los unos a los otros, poseen también el poder de transmitirse el mal. Puede transmitirse el mal a un ser humano al adularlo, al proporcionarle bienestar y placeres; pero lo más frecuente es que los hombres transmitan el mal a los hombres haciéndoles el mal.

 

Yo -perdón por este segundo Ego de entrada que perpetro- lo tengo en mi sangre así, lo huelo todavía así. Mis hijos, en cambio, no sabrán nunca nada de eso, a no ser que unos malnacidos consigan que vuelva parcialmente. No sabría definirlo, es algo así como envilecer al pueblo, tal vez para hacerlo cómplice, o en la misma operación en la que se le hace cómplice. Como decir: han muerto un millón de compatriotas, también eres culpable tú por asumirlo sin rechistar. Y, a partir de ahí, cómete con alegría a Manolo Escobar, a Paco Martínez Soria y a la Ley de Vagabundos y Maleantes. Pues de eso va el “Nada” de Laforet, si no me equivoco, engendrado justo en el filo que va del fin de la esperanza al comienzo de la paz (Ha estallado la paz, como tituló Gironella: cosecha de grandes escritores de ambos bandos, Barea, Aub…; pero que tampoco leerán los patrioteros, aunque igual hasta sí…), de esto mismo que escribió ella:

 

Y los tres pensábamos en nosotros mismos sin salir de los límites estrechos de aquella vida. Ni él, ni Román, con su falsa apariencia endiosada. Él, Román, más mezquino, más cogido que nadie en las minúsculas raíces de lo cotidiano. Chupada su vida, sus facultades, su arte, por la pasión de aquella efervescencia de la casa. Él, Román, capaz de fisgar en mis maletas y de inventar mentiras y enredos contra un ser a quien afectaba despreciar hasta la ignorancia absoluta de su existencia.

 

El tal Román ni siquiera se ampara en la virtud para hacer el mal, ese es si acaso el subterfugio de las mujeres en “Nada”. Román es simplemente el resentido en una tierra de resentidos, de modo que no tiene ni por qué disimularlo. Es la mugre, pero también es la furia, como en el documental de Julen Temple del año 2000. La protagonista, Andrea, detecta perfectamente el destino que la aguarda si se queda en esa casa, de la que poco a poco termina por no soportar a nadie. Hay que romper, hay que marcharse, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. No para hacer vida de guerrillera, de partisana, sino seguramente tan solo para olvidar la génesis de tanta roña aunque se siga construyendo sobre ella, que es lo que ha hecho España desde entonces. La posguerra española fue espantosa, pero muchos supieron aprovechar la oportunidad. Luego vino un largo periodo de tranquilidad y penoso crecimiento, puesto que tranquilidad viene de tranca. La población común se acostumbró a la desdicha, y, como dice de nuevo Simone Weil, ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia ni a la verdad ni a la desdicha (las dos citas son de La persona y lo sagrado). Desdicha que no es infelicidad -¿cómo se va a ser infeliz de verdad en el país del sol, de la palabrota fácil, del vino con tapa, de Berlanga y de Billy el niño el brazo facha de la Ley?-, sino derrota interior irremisible. Bueno, pues todo esto es quizá lo que no recuerdan bien nuestros mayores, y de lo que no saben nada los adolescentes. El modesto libro (digo modesto porque no es trilogía ni pretende aprehender la guerra como los mencionados antes) de Laforet sigue ahí, pero nadie lo va a leer ni por mandato gubernamental. Total, ahora lo tenemos de vuelta y completamente normailzado en los debates, redes e informativos de la península…

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