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ACTUALIDAD

17 de septiembre de 2021

Chantaje.

“¿Pero qué es un chantaje? Es un poder sobre el otro, pero un poder cuyo término está marcado de antemano (cuando se consigue lo que se quería o en todo caso cuando se hace uso del poder) esta definición del chantajista implica la cuestión del tiempo durante el cual no hace uso de su poder. Un chantajista es aquel que para conservar poder no debe usar aquello que se le da, porque en el momento que lo usa, cae fuera de la estructura, cae fuera del interés del otro…”(Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Paidós. 2015. Buenos Aires).

El Presidente, en el caso de haber resultado elegido por sus condiciones políticas, por sus méritos electorales o por su idoneidad ideológica o carisma personal, y que en tal debilidad pueda sortear, favorablemente la intriga palaciega que le suscita el responder, ciegamente, como chantajear a la vez, a su mandante (o evitar el chantaje), que es la Reina (quién lo puso y que por esta decisión de poder la pone por encima de la institucionalidad, de la república y del sistema democrático en sus formas), que no es quién manda, final ni eternamente (el Rey o el pueblo soberano consultado y que se expide únicamente en forma electoral o en las elecciones), jamás podrá dar lo mejor de sí, que sería su conocimiento, su asesoramiento o su capacidad, dado que trabaja en relación directa con alguien, (la Reina o el gobernante) de quién se puede presumir que trabaja a favor del Rey (el pueblo) pero sin que esto quede clara o expresamente acendrado (por esto mismo hizo circular un audio por intermedio de una diputada que le responde ciegamente y que luego suscribió bajo epístola pública, que en cualquier país con valores e instituciones democráticas le hubiera correspondido un juicio político). En el mejor de los casos, la relación entre gobernante (reina) y pueblo, es una vinculación íntima, marital, en donde el Presidente opera como una suerte de tercero en discordia, una transición a ser usada o ser superada en caso de que se presente como obstáculo en aquello relación de poder perversa y pervertida en términos democráticos e institucionales. 

Sí alguna inscripción como lección nos tiene la novela funesta de la que somos convidados de piedra es la del destino funesto, para Atreo o Tieste (obra de Racine, una tragedia de hermanos que se hacen a la fuerza de matanzas y que finalmente se matan entre sí a sus propios hijos, habiéndose perdonado mutuamente por ofensas previas) que vendría a ser algo así como la representación del tercero excluido (dos proposiciones en las que una niegue lo que se afirma en la otra, una de ellas es necesariamente verdadera). 

O manda el pueblo o manda la reina, pero nunca mandará el presidente. 

Sí algo pretende la reina, o quién gobierna realmente por intermedio de quién puso o pone (el Presidente), para seguir haciéndole creer a sus gobernados, que trabaja para este, debiera más temprano que tarde, disponer de un sistema, sobre todo en gobiernos de coalición, en donde la ciudadanía tenga algo que ver con la elección de los ministros (gabinete ciudadano por ejemplo, o evitar las transfugaciones de poder real travestido en poder simbólico) de lo contrario se continuara con una relación  “patológica” entre estos tres que no es beneficiosa para nadie (al menos en el plano real, donde las democracias occidentales demuestran severos problemas para encargarse positivamente de resolver problemas urgentes y acuciantes, como la pobreza y la marginalidad) o solamente para la reina en busca de solucionar sus problemas personales o palaciegos (aunque ni siquiera, dado que de haberlo podido conseguir no hubiera realizado el pasaje al acto del chantaje institucional, que bien podría ser encuadrado como una asonada o desestabilización institucional). 

Desde estas columnas insistimos incansablemente, no sólo en diagnósticos sino también en propuestas debidamente argumentadas. Una de tantas es que los vices (a nivel nacional, provincial y municipal) sean elegidos proporcionalmente. Es decir que quién quede segundo en una elección ejecutiva, sea consagrado e integrado como vicepresidente. Con una cláusula que no pueda reemplazar al titular en caso de imposibilidad o muerte, dado que no sería del mismo partido o expresión política. Esta propuesta, no sólo que se correspondería con una idea acabada de respetar la voluntad popular (¿cómo un candidato con un respaldo de un 49,9% de votos , vencido por ejemplo en una segunda vuelta electoral, no va a tener un rol de gobierno o de representación?) Sino que además no debiera ser descartada in límine. 

Se piensa que de esta manera tendríamos problemas de convivencia política y de alteraciones institucionales. Sí repasamos nuestra historia nacional e incluso en la provincia desde que esto se escribe, encontraríamos las siguientes “perlitas” que nos brindó la historia política reciente bajo este sistema que propende a todo lo contrario de lo que plantea en sus presentación o forma.  

Isabel Martínez sucedió a su esposo muerto, que la ungió discrecionalmente, período en el cuál se inicio la guerra civil que se agravaría mediante el último golpe institucional. De la Rúa, fue socavado por la renuncia de su vice Alvarez y meses después se despidió, helicóptero y muertos, mediante. Néstor Kirchner también enfrentó una crisis severa con su vice Scioli. Lo mismo le sucedió a Cristina Fernández, con el voto “no positivo” de su vice Cobos. Ahora la situación por todos conocida a nivel nacional. En el distrito Corrientes, ya llevamos dos vicegobernadores que antes de finalizar sus mandatos institucionales se candidatean por la oposición. Sucedió con Rubén Pruyas como vice de Arturo Colombi, ambos se proponían para sus reelecciones por coaliciones o frentes políticos distintos. Recientemente la decisión política del actual vicegobernador de Valdés, de ir por la intendencia capitalina por el frente opositor. Si bien en ambos casos, las decisiones políticas no llegaron a crisis o cismas institucionales, nada garantiza (sólo decisiones personales, discrecionales, humores momentáneos) que la próxima sea la vencida. 
Cuando se nos pregunta por el rol de los que pensamos la política en términos teóricos, brindando diagnósticos y propuestas o proyectos para mejorar la “politeía”, no lo hacemos, como lamentablemente algunos piensan, por “operar” políticamente para uno u otro, por aspectos venales o pingues intereses económicos, académicos  o caprichos para fastidiar a los que administran poder u ocupan lugares de representación. Tal vez lo hagamos en el afán de un reconocimiento que tenga que ver con aspectos psicológicos y por ende individuales, pero esto no sólo que no es prioritario en nuestro proceder (en el caso de que tal sea la motivación será una cuestión a resolver con nuestros terapeutas) sino que además no es lo que debe ser valorado por la sociedad a la que se le brinda, cotidianamente, esta energía, esta entrega, revestida de palabras. Estas alguna vez, deben ser consideradas, tal como salen, como producto o resultante de un pueblo que también alumbra, da a luz, a intelectuales que encontramos en el pensar, el enhebrar conceptos, palabras, para diagnósticos (fundamentados) que más luego concluirán en propuestas para que tengamos una comunidad mejor. Sí bien no debe serlo todo, el pensar, tampoco debiera estar excluido u ocluido, en la organización de nuestras reglas de juego para vivir en comunidad. Así nos va y esto no es casualidad, ni una mera circunstancia del azar, como lo acabamos de expresar, desde la humildad de nuestro razonar, alejado de chantajes o de especulaciones de la baja política de la que lamentablemente nos acostumbramos hace tiempo, haciendo peligrar nuestra república, nuestra democracia y nuestra institucionalidad. 

Por Francisco Tomás González Cabañas.    

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