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ANÁLISIS

23 de abril de 2021

Nos urge contar con la primera vicegobernadora de nuestra historia política.

Una de las deudas estructurales que arrastramos desde hace siglo y medio atrás es no haber generado las circunstancias de paridad y condiciones de equidad para que una mujer forme parte de la formula gubernamental que termine arribando al poder de la provincia. Creemos que sería más determinante, a nivel simbólico, que presida el senado provincial antes que se siente en el sillón de Ferré. Desde 1865, Vidal mediante, han pasado más de 40 hombres como vicegobernadores y ninguna mujer. La sociedad en su conjunto, seguramente no tendría problema alguno en consagrar a una dama como gobernadora, dado que desde hace tiempo se ponen en cuestión y se destierran los viejos y anodinos privilegios del machismo más recalcitrante. Lo que sí, aún falta, es en la dirigencia política en general, en el pináculo de la institucionalidad, que se entienda y se comprenda, que una mujer como vicegobernadora enriquecería desde el vamos, a nivel simbólico, la democracia parroquial y enviaría un mensaje a la sociedad todo en el sentido de contar con una sociedad más ecuánime y que brinde oportunidades más equitativas, sin privilegios para clases, condiciones o género alguno.

Compartimos junto a Tierra del Fuego y Tucumán, la carencia normativa, síntoma de nuestra falta de calidad democrática, de no contar con una ley de paridad de género como la imperante para espacios nacionales desde la sanción de la ley en 2017. 

 

Sí a esta situación embarazosa (utilizamos está metáfora machista que devela el uso problemático del embarazo dado que lo cursa una mujer) le agregamos que desde otro poder del estado provincial, como el poder judicial, en el Superior Tribunal de Justicia, su máximo órgano, ninguno de sus miembros, es ni ha sido, al menos en los últimos tiempos, integrantes al menos una mujer, entonces podemos darnos una cabal idea de lo imperioso que resulta que tengamos en el núcleo de la “cocina” de la política, del centro de la rosca, como primera vicegobernadora de nuestra historia política, a una mujer.

 

Sí repasamos incluso, las principales autoridades políticas (presidentes) de los más de 40 partidos políticos habilitados para competir electoralmente en las próximas elecciones encontraremos que apenas un puñado de los mismos (10% del total) está presidido por una mujer.   

 

Puede ser entendible que, en el horrendo hábito, paradójicamente antidemocrático de no propiciar internas partidarias para elegir los cargos partidarios y electivos, dejemos el reclamo en virtud de los tiempos pandémicos. Se podría comprender también incluso, que producto de nuestra cultura ratificatoria y reeleccionista, un gobernador o un intendente, habilitado para su segunda reelección, no pueda interponer su deseo de se reelecto para que lo supla una mujer. Ahora bien, lo que resultaría inadmisible, para la sociedad en su conjunto y sobre todo para los miembros de la dirigencia política es que no puedan otorgarnos tras siglo y medio de postergaciones, tras arrumbarnos al triunvirato decimonónico de provincias que no adscribieron a la ley de paridad de género, la primera vicegobernadora mujer de nuestra historia política.

La importancia del plano de lo simbólico, que interactúa con el real y con el imaginario, crearía condiciones más saludables para la sociedad en su conjunto para que mitiguemos la tragedia social de los feminicidios, de los abusos y de maltrato generalizado a los que, por acción u omisión, seguimos sometiendo a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestras hermanas, a nuestras amigas, a nuestras hijas, a nuestras nietas, a nuestras políticas y a nuestras mujeres en general. 

 

Así como desde las entrañas desgarradoras de la necesidad de justicia, de implorar por paridad, surgió el grito, que ya es de todos de “ni una menos”, con una vicegobernadora mujer, no sólo lo potenciaríamos sino que podríamos establecer en tal sitial de la política y de la institucionalidad al “menos una mujer” que desde tal condición enriquezca desde el pináculo de la dirigencia a la sociedad toda. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

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