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ACTUALIDAD

11 de noviembre de 2020

El problema es el sistema, no sus integrantes.

La síntesis informativa, la que prescinde del análisis, de la reflexión y del pensamiento (en parte por falta de pensadores) dirá que producto de los acontecimientos últimos producidos en Perú, Bolivia, Chile y Estados Unidos, la democracia y su institucionalidad, gozan de buena salud. En el transcurso de un año, Evo Morales que violentó la institucionalidad de su país (poder judicial mediante), presentándose a un nuevo período, tras perder un plebiscito para continuar en el poder, fue destituido. A golpe de gracia, lo cierto es que una mujer al mando de facto, generó las circunstancias para una nueva elección, donde terminó triunfando un partidario de Morales, pero no Morales. La democracia, golpeada y zaherida, por derecha y por izquierda se las “arregló” para cambiar, varias veces, para que nada cambie, en definitiva, cambió nombres pero nada más (pese a las harto trilladas lecturas de las élites de sangre azul que tienen el poder sagrado de interpretar y tutelar a los pobres que siempre son muchos y nunca dejan, o muy pocos, dejan de ser tales). En Perú, acaba de acontecer algo semejante. Martín Vizcarra fue destituido como presidente, tras suceder al anterior Pedro Pablo Kuczynski, quién dimitió por negociaciones políticas, con el sector Fujimorista, que engloba al otrora presidente Alberto Fujimori y a su hija Keiko, candidata vencida por Pedro Pablo por escaso margen.

El parlamento peruano, volvió a cambiar nombres, con la destitución de Vizcarra, y pretenderá con ello, una mínima consolidación institucional. Seguramente el pueblo peruano pretenda otra cosa, pero la democracia, demuestra nuevamente que no está para tales y vanas interpretaciones. En la democracia con mayor tradición y jamás interrumpida, el triunfo (aún entre algodones) del demócrata, Biden, demuestra a las claras el siniestro juego de cambio de nombres o figuritas. Con casi medio siglo de entronizarse como representante y demás cargos, el presidente electo, le dice al mundo occidental, al mundo democrático que no miremos, ni observemos su figura preponderante que confirma la tesis de las oligarquías políticas en el poder. Para ello nada mejor que haber convocado como vice, a una mujer afrodescendiente, en la que todos y todas, depositamos las esperanzadas miradas, democráticas. Sí con esto no nos alcanza, nos dirá qué gracias a su victoria, pudo con Donald Trump. Nuevamente el valor del cambio nominal por sobre lo otro, que es ni más ni menos en donde debieran producirse los cambios o las modificaciones. En Chile, el plebiscito para iniciar un proceso constituyente, más allá de la aprobación que se descontaba y su propia dinámica aún en proceso, quedó sintetizada en dejar atrás la rémora de Pinochet. Probablemente, sí la lógica de nombres por sobre principios o conceptos, se vuelve a imponer como en la mayoría de las aldeas occidentales, los chilenos tendrán una constitución que tenga como principio del dejar atrás el nombre nefasto y no mucho más. Esperemos en este proceso en curso, que las cosas no se terminen de dar tal como la pensamos o inferimos mediante el análisis que compartimos y al que dotamos de los siguientes fundamentos teóricos.       

 

Como si aún viviésemos en pleno auge del jansenismo, una de las problemáticas clave de la tarda modernidad es la predilección del hombre —sobre todo, del hombre de poder— por las cuestiones terrenales (o materiales) antes que por lo trascendente de un acto de bien. El poder debe ser entendido como la posibilidad de aquel que accediendo a tal espacio —sea por izquierda o por derecha—, modifique, primero, única o primordialmente, su realidad material a expensas de no cambiar la de los otros a los que, previamente, había prometido cambiarles su realidad colectiva. 

 

Si no leemos a nuestros antecesores, a quienes escribieron antes, nos estaremos perdiendo de muchas cosas valiosas, entre las que se encuentra la vida misma; solo valoramos la vida, en su real dimensión, cuando muere alguien cercano o se enferma un conocido. Esa disrupción es liberadora. La muerte, sobre todo en circunstancias trágicas —como las de un accidente o un atentado multitudinario—, muchas veces resulta reveladora. Luego del dolor inconmensurable del impacto, llega la estupefacción; la situación límite nos conduce, inevitablemente, al absurdo y, luego, al pensamiento o a la reflexión. En esos instantes es cuando vemos y sentimos que nada subsanará esa absurdidad y que solo aquellas cuestiones vinculadas a lo religioso, a lo filosófico o a lo trascendental pueden funcionar. Es por esto que decimos que se sigue en aquella aporía jansenista, que surgió de una aporía anterior entre Agustín y Pelagio. El tema que tratamos subyace bajo este dilema, tal como lo expresa José María Pérez Gay:

 

La aparición de la conciencia, esa confrontación íntima donde el yo se sabe otro para sí mismo, abre el espacio para la libertad y, con él, un vacío que el ejercicio de dicha libertad obliga a llenar una y otra vez. Sócrates y Platón postulan al hombre como señor de tan urgente actividad; el cristianismo postula a Dios. Tanto los griegos como los hebreos responden al anhelo de unidad trascendente que ha marcado dos mil años de metafísica occidental. Agustín, en particular, señala que la renuncia a la trascendencia, la reducción del hombre a ser unidimensional es, ni más ni menos, que el mal, el pecado contra el Espíritu Santo.

 

Rüdiger Safranski, para explicar que el hombre traiciona lo universal porque ‘la angustia de la vida’ lo expulsa del propio centro, ese centro que es el espíritu del amor, cita a Albert Einstein:

 

Un ser humano es una parte del todo que llamamos universo; una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sus sentimientos, como algo separado de todo lo demás que constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones o inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Nuestra tarea es liberarnos de esta prisión.

 

Al final, sin la unidad de la naturaleza ni la unidad de Dios, solo queda la organización del Estado. En ese Estado se debe velar por hombres que, más allá de gestos, de palabras o de acciones políticas, abracen las causas transcendentales y no las terrenales. Eso los hará libres, cercanos a Dios e inmortales. 

 

Una de las verdades de la política en su hacer—no desde su perspectiva de ciencia—es que el poder no puede anidar eternamente en las mismas manos por la finitud del sujeto. Para poder legitimarse como gobernante, se construyen razones, argumentos o representaciones que lo validan. La construcción de una autoridad de poder se sostiene en principios de autoridad; si este principio hace referencia a situaciones poco racionales, basadas en la informalidad de caprichos y de decisiones de quien esté a cargo, su permanencia o latencia en el poder será mucho más circunstancial, puesto que tendrá que ratificar sus principios con un incremento de la fuerza irracional de su poder que, al acrecentar su nivel de presión, se convierte en opresión y culmina en el estallido de las normas hasta entonces aceptadas .

 

Ciertos sistemas políticos se edifican desde la identidad cultural de los pueblos a los que conducen (de allí, su permanencia por períodos considerables). Otras veces, son desplazados por grupos que reinterpretan los cambios o ajustes que esa cultura precisa en relación a su identidad cultural, social y política. 

El sistema político avanza hacia lugares en donde el soberano electo posee un poder cada vez más limitado; esto se debe a la participación de los ciudadanos que, incluso, pueden elegir a los colaboradores o ministros; pueden elegirlos programas de gobierno que tiene que ejecutarse y las prioridades en la agenda pública. El avance de la tecnología, el furor de la comunicación instantánea, colabora con estos fines al ajustar los relatos de las polis griegas y de las ágoras de discusión política a las redes sociales o interfaces virtuales. De aquí se deduce el axioma de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Hasta que no forjemos sociedades democráticas, trabajos democráticos, familias democráticas, muy difícilmente tengamos un corpus social democrático. Solo entendemos esta cláusula por la aplicación de la imposición circunstancial de una mayoría, que no deja de ser un pedido de a quienes se les entrega el poder soberano (a contramano de lo que proponía el contractualismo, del cual nos decimos herederos).Tenemos que abandonar esta perspectiva y dar a luz a políticos que piensen en la generalidad y en las verdaderas prioridades; mientras tanto no dejarán de ser vanos y nimios reflejos de un espejo que, como en el cuento de Blancanieves, siempre nos responderá que somos los más plurales y democráticos.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

 

 

 

 

 

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