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ANÁLISIS

4 de septiembre de 2020

“Francisco en la estancia de Ricardo”.

Así cómo Lewis Carroll escribió “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, tuve la mala fortuna reciente de toparme con la novela de Francisco Tomás González Cabañas, “El hijo del pecado”, que bien podría renombrarse y con ello resignificarse, como “Francisco en la estancia de Ricardo”.

En relación a la obra y su vinculación con el tópico del suicidio

Una vez más Albert Camus con aquello de “el único problema filosófico serio es determinar si nos suicidamos o no” y en verdad en tiempos del estado presente, se podría demandar al mismo o las administradores del poder de turno, no sólo por no dotar de sentido a la vida del ciudadano común, sino de por pretender vaciar el sentido, quitarle legitimidad, bastardearlo, presentándonos un estado de cosas, de una supuesta mayor apertura, inclusión, participación, en una comunidad democrática tan cerrada como proporcionalmente inversa se declara o manifiesta desde sus núcleos de poder. 

Nuevamente el sentido invertido, por ello, la invitación al suicidio (que es cuando todo ha perdido sentido o nunca se le ha encontrado), declarando esta vez, taxativamente, que nada uno tiene en contra de, o caracterizando a, simplemente es el nombre y el apellido de un estado de cosas, un estado, que precisamente se encarga de destruir el sentido que los libros de ciencia política y de instrucción cívica en verdad, nos aleccionaron acerca de la comunidad y de la ciudadanía. En esa contradicción, abismal, petulante, entra a tallar, fino, el que uno acabe con sus días. No porque no se tenga desde lo individual que apreciar, que vivir, que extrañar o que disfrutar, sino como bandera, o en verdad como bisagra, porque desde Durkheim a esta parte el suicidio es una cuestión social, es el hiato inasequible entre esa vida vivida y esa viva pensada, como lo decía Cesare Pavese, que termino suicidado.

Es el hastío, ante algo que molesta, que puede ser una enfermedad dolorosa (como le paso a Gilles Deleuze) como un desamor letal, como al parecer ocurrió con varios mimetizados por “La fiebre de Werther” tras la obra de Goethe.

Y si bien Alejandro Casona, mediante su obra teatral nos prohíbe “Suicidarnos en Primavera”, no menos cierto es que se le podría endilgar al corpus social y a quienes administran poder, una cierta instigación a, no por casualidad, y no tan sólo, por cuestiones económicas, se estima que son otro millón de correntinos, que viven fronteras afuera de la geografía provincial.

Por esta exclusión, que perversamente se disfraza de inclusión, para mostrarse más altisonante, más inexpugnable, más inabordable, porque el fenómeno, por sí no quedo claro, trasvasa todo el corpus social, de hecho la oposición política o la política misma, no se trata de hombres ni de partidos, sino de una cultura galvanizada. O quiénes no arribaron al gobierno, se manejan no sólo igual, sino peor que quiénes lo hicieron, dado que sólo pretenden estar en el lugar que otros ocupan, para cambiar nada más que un nombre, una designación, un nominalismo, el color de una lapicera que dirá quién cobra más y quién no cobra, y pérfidamente para ello, necesita, precisa de un artificio, de una quimera, que es, diabólica, dado que invierte el valor, planteando luchar contra lo que consolida, el reparto de paracetamol como acción social, de semillas de girasol como distribución de la riqueza, de la elección cada dos años a los mismos de siempre como símbolo de una institucionalidad democrática.

Hablamos de una rebeldía, que nos ni romántica, ni combativa, no es la del barbado bien parecido, estampado en remeras o en boletas electorales de quienes se han servido, también de llenar de parientes, las asesorías que le corresponden, hablamos de la rebeldía del señalado, del ninguneado, del frustrado, del resentido y de todos los epítetos más abyectos que se encargan de buscar los esbirros de los patrones, que esperan la muerte de estos para repartir las migajas entre su prole. Francisco toma, si mencionar o incoscientemente la figura deleuziana del “Cuerpo sin órganos” su subjetividad está en movimiento continúo, es un devenir pensable.

 “La Figura no es solamente el cuerpo aislado, sino el cuerpo deformado que se escapa. Lo que hace de la deformación un destino es que el cuerpo tiene una relación necesaria con la estructura material: no solamente ésta se enrolla a su alrededor, sino que él debe rejuntarla y disiparse en ella, y para eso pasar por o dentro de aquellos instrumentos-prótesis, que constituyen pasos y estados reales, físicos, efectivos; sensaciones y no del todo imaginaciones” (G. Deleuze, Francis Bacon. Lógica de la sensación, Arena Libros, Madrid, 2002, p. 28 ).

 Nos señala en su propuesta novelística, que funcionamos bajo la égida de una fusta, a la que suplicamos que nos pegue más, ante cada deseo inconfesado de tratar de ir más allá de la alambrada que nos animaliza como organismos destinados a ratificar las ensoñaciones democráticas de patrones de estancia más allá del nombre y lugar”. 

 

Por Hernán López. Reseña de la novela “El hijo del pecado”. Septiembre de 2013. Páginas 147.

  

 

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