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ANÁLISIS

29 de agosto de 2020

Con el culo fruncido.

Hace medio año que vivimos así y lo único cierto es que no nos dará el cuerpo para seguir de tal manera durante mucho tiempo más. La metáfora puede resultar escatológica o pecar de mal gusto, pero preferimos caer en estas licencias poéticas, antes que derrapar en “instantes psicóticos” como el sitio en donde volcó un ex senador a cargo de la presidencia o permitirnos actividades que innecesariamente pongan en riesgo la salud pública, como los encuentros sin barbijo y a la luz del día del presidente con individuos de “riesgo” o las otras reuniones entre gallos, lobas, gatos, zorras y toda la terrible fauna de humanoides que prescinden de tal condición, y pese a tener mayores responsabilidades, como el funcionario provincial, cometen crasos errores.

A todos nos comprenden las generales de la ley. Por más que no lo queramos recordar y deseemos jamás volver a vivir tal situación, alguna vez nos habrá pasado aquello de querer ir de “cuerpo”, necesitar un baño en forma inmediata y por diversas circunstancias no poder desagotar la necesidad en tiempo y forma. Activamos la contracción de los glúteos a la espera que lo que clama salir, sea en todo caso en estado gaseoso y no sólido ni líquido. Es de una incomodidad tan grande y de un padecimiento tan solitario, que lo único que nos interesa en tal momento es terminar con tal “asunto”, hacer lo que tenemos que hacer en el sanitario y volver luego del episodio a nuestra normalidad.

Tan mortificante es ese momento, que nos alienta el saber que seremos felices cuando nos desagotemos, cuando despidamos a esos amigos del interior que no tienen ningún empacho en anunciar que desean irse por más que estemos haciendo lo que fuere en cualquier momento dado.

Existen conclusiones, mediante casos comprobados por la cada vez más jaqueada medicina cientificista, de que la acción, en caso de que sea demasiado prolongada de fruncir el culo, para no evacuar, genera una descomposición mayor que puede complicar la salud de los que lleven a cabo este proceder. 

A tal punto el acto de fruncir se constituye en un accionar de cierta habitualidad, que se toma también como metáfora para señalar a quiénes prefieren la prolijidad de las formas o la hipocresía de los protocolos, de los rigores disciplinares de lo educativo, por sobre lo intenso o impetuoso de quienes se posicionan en la ortodoxia de decirlo y expresarlo todo, a cómo dé lugar. 

En las reuniones sociales los que se adscriben a vivir “con pedos atajados” seguramente no dirán todo lo que piensan o sienten, con el argumento de que pueden molestar a los otros con sus consideraciones y a los efectos de no correr el riesgo de ellos mismos ser molestados por lo que esos otros digan. Trasuntan los discursos bajo estas características, en lo que no se dice, en lo gestual, en lo chistoso, en lo simbólico. Seguir la linealidad de lo que dirán, los que nada dicen en forma directa, no reportará ningún acto comunicativo, sino en todo caso, un código a decodificar bajo parámetros no escritos en tal grafía. 

Decir y expresar todo, bajo el compromiso de ser sinceros, podrá sostenerse hasta cierto punto, que más temprano que tarde, acabará. Lo haremos bajo la irracionalidad, ya sea de lo sexual o de la agresividad. La razón del hombre no es el único pliegue en donde nos constituimos en tales. No sería imaginable que todo se resuelva o se consensue por conclusiones lógicas que arribemos a través de diálogos. Por lo general, se interponen, aspectos, basales, por donde transita el poder de ser uno con respecto al otro con mayor dinámica y agilidad. Dispositivos tales como los expresados de la sexualidad y la violencia, son canales en los que arribamos casi sin pretenderlo y sin querer.  

 Hace seis meses que estamos viviendo con esta sensación de que nos estamos cagando, que nos estamos haciendo encima y que no tenemos un sanitario apropiado que pueda saciar nuestra cada vez más urgente e indetenible necesidad de evacuar. Es más sano ponerlo en estos términos, que tal como nos venimos torturando con los números de contagios, de enfermos, de muertos, de camas ocupadas, de fases, de encuarentenados, de hisopados y la catarata enfermiza de cifras que no hacen más que generarnos más ansiedad ante nuestro cada vez más desesperado estado. 

No podemos controlar, siempre y terminantemente nuestros propios cuerpos. Habitamos incluso un ropaje que nos hace sentir cada tanto, que estamos de prestados. 

Es natural que vayamos a cagar. Que nos caguemos, que estemos cagados y que tengamos como herramienta el fruncir el culo como recurso momentáneo.

No podemos, sanamente o en sanidad, extender mucho más el atajo. 

Si no logramos ver más allá del síntoma jamás podremos tratar la enfermedad.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

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