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ANÁLISIS

30 de junio de 2020

¿En qué fase de nivel de pobreza estamos?

El problema es la pregunta ausente. Tal vez, el efecto más devastador de la pandemia tenga que ver con la práctica de contar, muertos, enfermos, contagiados, hisopados y testeos, obturando de este modo que nos preocupemos, a expensas de lo urgente, por lo importante. La función principal de los políticos encaramados en el poder, es la de responder a las contingencias. En un segundo orden el de evitarlas, prevenirlas o retrasar las mismas. Esta prioridad, se encuentra subvertida, peligrosa y perversamente. Nuestras autoridades políticas, se muestran, en la comodidad sanitaria de la distancia, por intermedio de sus redes, atentas, prestas, dispuestas para la narrativa, focalizadas en evitar la propagación del virus, cómo si fuese esta la acción por la que han sido votados o elegidos.

En todo caso debiera ser una parte, secundaria, de sus responsabilidades y obligaciones, pero hacen de la misma el nudo gordiano de sus gestiones y acciones de gobierno como representativas. 

Sí la política se resolviese mediante una ecuación matemática, tal como nos lo quieren hacer ver, mediante gráficos y estadísticas, todo sería, fantásticamente más sencillo y maravilloso. La ciencia ficción que travestida de ciencia exacta, nos propone el eje de los asuntos humanos en el número, cómo si fuese este algo real, comprobable o asequible, nos brinda niveles de fase, en lo que se da en llamar “nueva normalidad”. 

Funcionarios, políticos y todos sus subproductos, es decir nosotros mismos, como contraparte obligada, replicamos los partes oficiales, que nos dicen la cantidad de enfermos, muertos, aislados, hisopados y demás categorías, ante las cuales, observamos, absortos y perplejos, esperando que no seamos, nosotros ni los nuestros, parte de la fantasía, en tal caso pesadilla, de lo numérico. 

Insistimos, sí tal lógica matemática prevaleciera, bastaría con que nos pregunten, cuántos estamos dispuestos a morir hoy, sí tal muerte signifique y represente, que nuestros hijos y nietos no sean pobres mañana. Seguramente seríamos muchos, los dispuestos a ofrendar nuestras vidas, para que nuestros continuadores, no tengan la penosa existencia de vivir solamente, es decir sobrevivir, para evitar caer en la pobreza y la marginalidad. 

Precisamente en este imposible se devela la trama. El virus, cómo si fuese una bendición divina, de un dios maligno, le viene de perillas a nuestros gobernantes. En razón, de no caer en el contagio de la enfermedad, nos suprimen la posibilidad de que vivamos, nos condenan a la sobrevivencia o supervivencia. 

Por acción u omisión el funcionariado político, se escuda maligna y enfermizamente en la pandemia, reducen su campo de acción en lo narrado y en lo que observamos a diario. Los más fundamentalistas, talibanes, ultramontanos, incluso exageran la reacción. Liberan bajo estas restricciones, sus sueños más totalitarios. Patrullan las redes sociales, para ejercer una suerte de terrorismo psicológico, para basados en la generación del temor y del pavor, indicarles a los ciudadanos que estarán allí, para aplicar el código penal y los corpus normativos sancionatorios, en el caso de que te atragantes y tengas que sacarte por unos segundos el tapaboca, quedarás registrado por alguna cámara, te verá algún vecino “consciente y responsable” para que te mueras atragantado o de cualquier otra forma, prevenible, pero nunca tendrás la posibilidad de “poner en riesgo” la supuesta tranquilidad sanitaria, en que nos quieren hacer sobrevivir. 

Tienen la suma del poder público para ello. Incluso, esto mismo, una serie de reflexiones y preguntas, difícilmente te lleguen, porque en nombre de las noticias oficiales y la circulación de lo que se debe decir, estas palabras, en el caso de que se filtren, serán demonizadas, como provenientes de la pluma enferma e interesada de quien pretende simplemente de que vivamos y que cada quien cumpla con sus deberes y obligaciones. 

No fueron votados para que prevengan contingencias, sino para articular estructuras, métodos y reacciones que las resuelvan y que las mitiguen. Para muestra basta un sencillo ejemplo.

Es cómo si pagáramos a un médico, clínico, generalista o de cualquier especialidad y en vez de brindarnos un tratamiento o una cura, nos diga que la responsabilidad de enfermar es nuestra, porque no llevamos a cabo una vida saludable o porque tuvimos la desgracia de enfermar. Puede que, como sucede, muchos médicos nos brinden el sermón de la prevención, pero además nos dan también, para ello les pagamos o para ello estudiaron, algún tipo de respuesta concreta y efectiva ante la problemática. 

En muchas aldeas occidentales, cómo la que desde donde esto se escribe, el principal problema comunitario o colectivo, consiste en los escandalosos números o cantidades ingentes de pobres y marginales, a los que condenamos estructuralmente a una cruel y penosa supervivencia. Para seguir legitimando la barbarie, el sistema acude, a sus mejores poetas, en su sentido peyorativo. Los dedicados a la ciencia ficción del número, que travestidos en economistas, dibujan lo que no tiene sentido ni explicación. Para qué diez vivan eligiendo todo lo posible, haciendo de la experiencia de la vida, un canto a la libertad, se condenan a miles a que no puedan elegir nada, transformando el vivir, en una execrable supervivencia. Acuden para sostener y fundamentar esta sinrazón, a curvas, gráficos, estadísticas, pobladas de números que pretenden transformar la miseria y el hambre, en un asiento contable, en una ecuación matemática que imponga lógica y razón, convirtiendo la experiencia de lo humano, en lo inhumano. 

Realizar preguntas es la acción más saludable que podríamos proponernos. No debe esta, quedar subsumida, al ejercicio filosófico, al encierro dogmático, académico, altruista o elitista, en que muchas veces cae, o se la confina. 

Tampoco nos debe interesar demasiado obtener respuestas, sí en todo caso, realizarlas y enviarlas a quiénes hemos votado, que muy cómodos están “informando” aquello que nos aturde y por lo cual nos han encerrado. 

Cumplí mi parte haciendo una pregunta que lleva esta propuesta como título. Espero la tuya, y para esto, no es necesario, que te mantengas aislado, lo podes hacer a distancia, con el tapabocas y lavándote las manos. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

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