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ANÁLISIS

17 de abril de 2020

Estamos enfermando por la idea de poder enfermar.

Es algo más complejo aún de “el remedio es peor que la enfermedad”. Nos estamos enfrentando a enfermedades múltiples, producto de la irrupción del virus, de la falta de preparación de la clase dirigente, y de la parálisis que genera en la multiplicidad de los seres comunes a los que nos acostumbraron a obedecer, a quiénes hoy, no demuestran ninguna respuesta, seria, concreta y específica. Ya lo sabemos hasta el hartazgo. Se cumple el maleficio socrático. Sólo sabemos que nadie sabe nada acerca de la pandemia.

Llevamos semanas encerrados, para escuchar a ciencia cierta, que debemos lavarnos las manos y evitar el contacto con todo otro ser humano. Todo lo demás, de lo que se dice y se sigue diciendo, son meras conjeturas, que se contradicen entre sí, en nombre de una ciencia, qué en el pináculo de su perspectiva soberbia, deja caer su ropa interior, para entregarse al goce, del barro carnal, de hacerse penetrar por el falo, turgente, erecto de la incertidumbre más burda, pueril y rudimentaria. Es que sólo somos eso, el milagro o lo inexplicable de una cópula, que generaciones tras generaciones, se construye relatos medianamente verosímiles, para hacer más soportable, que en un momento dado; sanseacabó. Cada cierto tiempo, producto de sucesos, que se nos presentan como imposibles de no reconocer, se nos caen los velos, de nuestros supuestos manejos, de las construcciones, destinadas a ejercer el control de lo que nunca será controlado. El estado gestionado y administrado por nuestros manuales teóricos, por las batallas de quiénes le pusieron el cuerpo a las diferencias y por todos y cada uno de los credos sufragados, de repente, no nos puede brindar salud, educación, seguridad, ni trabajo, siquiera la libre circulación por fuera de lo que sería la propiedad privada. Los hombres y mujeres que tácitamente brindamos nuestro consentimiento a este contrato social, hemos sido, en su mayoría, enajenados de la posibilidad de pensar, nos formaron, para obedecer callando, para cumplir el recado y el mandato. El problema, es que los que mandan, dudan, básicamente, o exclusivamente, porque el mundo de la transacción, del tener y acumular, para cambiarlo por algo, ha dejado de existir y con ello, las falsas certezas, ineluctables hasta ayer, perdieron toda razón y sentido. La acción, la aceleración, el número, dará paso, a la reflexión, a la pausa, al concepto. Nos estamos enfermando, no sólo por el temor y el pánico, que se propala, como el último bastión, de un sistema agonizante, sino por lo que vendrá después. Se nos dice que es fácil, que nos quedemos en casa, sin tocarnos, sin preguntar y creyendo (o en la obligación de) en quiénes nos vivieron engañando y en los que no nos dicen, otra vez a ciencia cierta, que no tienen respuestas concretas y específicas. El remedio, la cura, del cuerpo social, que nos permitirá, luego de atravesar un desierto, un descampado a la intemperie, tiene como desafío lo que se le presentó al jinete en el Lago Constanza. “Atravesar el lago Constanza significa en Austria y Alemania pasar por un peligro sin darse cuenta. Peter Handke rememora esta leyenda en El cruce del lago Constanza: a media noche un jinete va en su caballo por un bosque y empieza a nevar. Se baja, camina jalando al caballo con la rienda y atisba a lo lejos la luz de una cabañita o una venta. Sigue en esa dirección y al llegar toca la puerta en busca de cama y comida. Cuando el ventero sale le pregunta: —¿Y usted por dónde venía? —De allá —le dice el jinete—. Y le señala el lago. —No puede ser. El lago Constanza nunca tiene más de tres centímetros de espesor. Entonces el jinete se cae muerto”. Hace tiempo que el trabajo, el empleo, la ocupación rentada, se muestra como uno de los síntomas más contundentes, de que estamos viviendo de la carroña, del dios, al que hemos matado, en nombre o en razón de, supuestamente, protegerlo. Escribir por ejemplo, no significa más que el ejercicio determinado y expreso para un fin. Así lo estableció Hegel, G. “La razón es la actividad conforme a un fin”.  (Fenomenología del espíritu. Prólogo. Pág. 15. Editorial Gredos. Madrid). Es decir, sí a usted le llega este manojo de palabras, y no cumple los requisitos formales para publicarlo en el sitio en donde se desarrolla, lo descartara, in límine, sin perjuicio que le pueda parecer razonable, interesante o comunicable. El espíritu absoluto, del historicismo que se develará más luego, indica la lógica del telos, de la finalidad, que en términos relativos, podríamos estar desconociendo, circunstancialmente. Sin embargo, no son estos tiempos, los de aquellos significantes. Probablemente, no tengamos más elementos, que los inciertos, a los que nos enfrentamos o enfrentaremos. O a las conjeturas, como las que venimos sosteniendo, al menos desde esta pluma, que comunica, ciertos razonamientos.  La utilidad, del trabajo, del empleo, de la producción a mansalva, ya huele a cadáver fétido. Los siguientes párrafos, por ejemplo, lo suscribimos hace tiempo, parecen proféticos, pero por tu indiferencia y descreimiento, nos encontramos en la obligación de rescatarlo del olvido de lo técnico, en tiempos en donde la única vacuna o remedio, será el pensamiento. No debe haber oportunidad en la que no haya escuchado, casi en todo inquisitorio, sí lo que está usted haciendo o dejando de hacer, sirve efectiva como fehacientemente para algo o alguien. El totalitarismo de esta concepción de las cosas, alcanza grados irónicos, o los pretende, suavizándose bajo tal barniz de la humorada, para descansar en frases harto repetidas como “agarra una pala o ponete a laburar”, cómo si, precisamente ese hacer algo que demanda, la sociedad de consumo, no sólo que tenga que ser tal, es decir incuestionable, sino además, casi exclusivamente, construida bajo el categorial de un supuesto trabajo sacrificial que demande un enajenamiento suyo, para que finalmente le corresponda algo por tal entrega a título de ofrenda. Los países, sin embargo, que demuestran, salir del molde, es decir de las crisis de hambre, ajuste y falta de inclusión, son las que apuestan, precisamente a las aventuras de lo más auténtico, como esencial de lo humano, sus vetas intelectuales, sensoriales, artísticas y que promueven las ideas fuerzas creativas que más luego, se exportan, con éxito en las sociedades condenadas, a esos trabajos forzados que tienen  a sus ciudadanos bajo trato esclavo, labrando tierras o haciéndoles cumplir horario, para confirmar lo innecesario de pretender acotar el tiempo a una escala de reloj. No debe ser casual, que las comunidades tanto con índices económicos como sociales y con escenografías urbanísticas más desarrolladas y modernas, le ofrezcan a sus integrantes, formas más amenas o relacionadas con lo más auténtico del ser humano, para ganarse la vida, que en los otros sitios, en donde la pobreza y la marginalidad, golpea tanto al que no tiene como al que tiene. Abundan, no solo los trabajos informales o sin ningún tipo de garantías sustentables de lo jurídico, para los que viven en comarcas medievales en donde hablar de capitalismo no sólo que es ilusorio, sino conjeturalmente impreciso y escasean, las posibilidades de ofrecer maneras de conseguir el reconocimiento social, por intermedio de la expresividad, del pensamiento o de la proyección, más allá de lo establecido. En sentido contrario, en las aldeas, en donde la declaración de los derechos humanos, de siglos atrás, se aplica un poco más ajustadamente, aquel trabajo, pasa a ser una suerte de arcaísmo refractario, dejando a sus masas de proletarios en las instancias de la reproducción en serie de los bienes en serie (valga la redundancia), quedando, como desde la época de su descubrimiento, la discusión en la plusvalía. Que las clases dirigentes de ciertas comunidades, se pongan a la vanguardia de las necesidades que están al porvenir, determinará la suerte que corran tales sitios en el futuro inmediato. El diagnóstico es unánime, todos reconocen que nadie sabe cuáles serán los trabajos más rentados o precisados dentro de un par de lustros por delante. Un primer paso, podría ser este, es decir, cambiar la perspectiva de creer que tendríamos que tener certezas unívocas en relación a lo humano. Que no sirvamos para nada, para nada de lo que precisa un sistema de no inclusión y de desigualdad, debiera ser no sólo una posición, sino una obligación. El tener hombres y mujeres que se puedan encumbrar en posiciones de pensamiento y de reflexión, debiera ser un derecho que tengamos los ciudadanos para que desde tal atalaya, nos iluminen con tales pliegues de la razón y la sensación de lo humano, que a los gritos pide, dejar de servir, y sentir a flor de piel, algo más que las culpas y los azotes del látigo y las exigencias que a lo único que nos han conducido es al presente averno en donde somos cada  vez menos humanos, cuando más obcecamos ante esos supuestos trabajos que nos denigran en grado inversamente proporcional al que nos dedicamos. 

                                                                                                             

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

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